Capítulo 4: En el mundo opuesto

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El cuarto capítulo de mi primera novela En el mundo opuesto.


4
Navista

Saint Philip, Barbados, diciembre de 2007

   En el hotel de la isla caribeña, Axel inició sin demora la búsqueda de la que debía ser su acompañante.
   Había bastantes turistas en el hotel en el que debía estar la tal Navista, y la mayoría deambulaban por el recinto únicamente en bañador o en bañador y con una camiseta en el caso de algunos hombres. Axel pensó en empezar a buscar por la piscina, pues esa sería la parte más transitada del hotel. Montó guardia observando la zona desde el bar, que estabajunto a la piscina.
   Dando por hecho que la mujer debía de estar relacionada con Petrov y que su nombre le sonaba a ruso, supuso que ella debía ser también rusa o de algún otro país de la antigua Unión Soviética. Así que decidió examinar a cada mujer de raza caucásica que había o pasaba por allí. Creía sin saber por qué que, en cuanto la viera, Navista tendría algo, ya fuera en el aspecto o en el comportamiento, por lo que la reconocería. Quizá una mirada maliciosa o una actitud bravucona o altiva. Nada de eso vio durante cerca de la media hora que estuvo vigilando mientras se tomaba una margarita.
   Le irritaba la falta de información y el tiempo que debía perder buscando. Después de todo, ¿qué sabía de esa Navista? Solo que era mujer y de origen ruso o similar, una mujer a la que imaginaba de cabello rubio.
   Repasó mentalmente el aspecto que la rusa podía tener mientras seguía vigilando. Decidió ir a buscarla en otra parte del hotel, por las pistas de tenis. De camino hacia allí, dos sonrientes chicas, que al parecer venían de la playa por su cabello húmedo, una con un bikini de color granate y la otra con uno de color amarillo y cargada con una bolsa de playa, se cruzaron con el inspector. La del bikini granate se fijó en él cuando se cruzaron.
   A diferencia de la otra, que era de pelo castaño más largo, algo más delgada y quizá unos centímetros más alta, ésta tenía el cabello rubio no muy largo, con un flequillo que le caía hacia el lado derecho que casi le tapaba el ojo. No llevaba más maquillaje que en los párpados, de manera que resaltaba sus grandes ojos azules.
   Sin detener el paso, la rubia pasó a pocos centímetros de distancia de Axel clavando la miraba en sus ojos de una forma intensa y penetrante, tanto que él fue incapaz de apartar la mirada y seguir su camino hasta que fue ella quien lo hizo. Segundos después, durante los cuales sólo pudo pensar algo aturdido en aquellos ojos celestes, recordó a Denise y su búsqueda. Se dijo a sí mismo que no era momento de fijarse en otra mujer, no solo por su desesperada situación actual, sino también porque era a su antigua novia a la que todavía quería.
   Pensó en que alguna de esas dos chicas podría ser Navista aunque no puso mucho interés. Estaba casi convencido de que alguien con aquella belleza y un aspecto tan delicado no podía estar metida en aquel mundo de droga y prostitución, al menos por su propia voluntad.
   Fue por donde las chicas se fueron, pero las perdió de vista, por lo que decidió seguir con su plan de búsqueda y pasó por las pistas de tenis, y después por los restaurantes.
   En esos dos lugares apenas había gente. No tardó mucho en irse de allí para volver a la piscina y empezar a preguntar, con pocas esperanzas, a las turistas, en inglés, si respondían al nombre de Navista o conocían a ésta.
   Preguntó a todas las mujeres que allí había, sin encontrar a la rusa. Aumentando su impaciencia, le pasó por la cabeza dirigirse a la playa, junto a la que estaba ubicado el hotel, para seguir su búsqueda. Nada creía poder perder por ir a echar un vistazo a pesar de que nada le habían dicho de que Navista pudiera estar en otra parte que no fuera el hotel.
   Pero antes pasó de nuevo por el bar. Allí se sorprendió al encontrar a las dos chicas, sentadas junto a la barra tomando unas margaritas, sonrientes y conversando en un idioma que Axel no reconoció.
   Debido a que le hacía sentirse inusualmente inseguro la idea de acercarse a aquellas mujeres después de el primer e intenso encuentro con una de ellas, decidió sentarse también junto a la barra, a cierta distancia, mientras se decidía a acercarse. Pero un rato después, éstas se fueron del bar para echarse en unas tumbonas junto a la piscina.
   Observó su manera de caminar mientras se desplazaban. El paso de ambas era elegante, especialmente el de la rubia, quien poseía una forma de moverse que recordaba al de una modelo desfilando por una pasarela. El inspector se hizo una imagen mental de aquella mujer en esa situación, luciendo algún vestido de alguna de las marcas más prestigiosas del mundo.
   “O ha sido modelo o ha ensayado bastante esa forma de caminar”, se dijo.
   Empezó a maldecir de impotencia por su propia indecisión ante la posibilidad de volver a perderlas de vista. Pero siguió esperando, observando su actitud desde el bar, algo inquieto, hasta que vio la oportunidad: la del bikini amarillo se levantó y volvió al bar. Al parecer se dirigía al servicio, y debía pasar junto a Axel para ello. Éste aprovechó para detenerla en cuanto estuvo a su lado.
   –Perdona –le dijo en inglés–. ¿Tú o tu amiga os llamáis Navista?
   Aquella sonrió, como si le hubiera reconocido.
   –Ella es Navista –contestó en el mismo idioma, con un acento extranjero.
   –Gracias.
   La chica asintió y siguió su camino. A solas de nuevo, el inspector recordó las palabras del sujeto que le llamó a su apartamento: “Cuanto más atento sea con ella, más puntos ganará para recuperar a su chica”.
   Recordando también que las dos chicas se habían tomado unas margaritas, decidió pedir otra de esas bebidas para llevársela a la rubia. Se dirigió hacia ella con la copa en cuanto se la sirvieron, tratando sin éxito que su paso fuera decidido y queriendo hacer su intervención antes de que la otra chica volviese.
   La mujer rubia estaba tumbada boca arriba con los ojos cerrados. Tenía los tirantes del bikini sueltos y los bordes superiores de las copas cubrían cerca de la mitad del espacio que cubrirían en la posición correcta. Eso hizo pensar al inspector que, de no ser porque era ilegal en Barbados –y quizá también por evitar la posibilidad de montar llamar la atención en el hotel–, podría haberla encontrado con el busto desnudo. El plano abdomen y los muslos revelaban que hacía bastante ejercicio, pues su musculatura en esas zonas, aunque no era excesiva, se apreciaba bien.
   Axel dudó un instante sobre si sería de verdad aquella la Navista que buscaba, pues seguía convencido de que debía tener un aspecto algo tosco o quizá una expresión perversa. Sin embargo, la que tenía delante era una mujer de gran atractivo físico, de bellos y delicados rasgos y esbelta figura.
   Tras el examen, Axel habló con la mujer finalmente, decidido a dialogar en inglés.
   –¿Navista? –dijo mientras se agachaba junto a la aludida en cuanto llegó a su lado.
   Notó que ella tenía un suave brillo húmedo en la piel. Al oír su nombre, la chica le examinó con atención, protegiendo sus ojos del sol con una mano.
   –Hola, inspector. Al fin me has encontrado –comentó sonriente, en perfecto francés pero con acento extraño.
   Eso le confirmó al galo que era la mujer que buscaba, al mismo tiempo que le hacía saber que ella ya le conocía a él. Pero, de ser así, ¿por qué no le dijo nada cuando se encontraron por primera vez?
   “Será parte de su puto juego”, se dijo entre molesto e indiferente.
   –Eres más atractivo de lo que esperaba –volvió a hablar ella tras echar un rápido vistazo al francés.
   Él sonrió al saber que habían pensado lo mismo el uno del otro.
   –Te he traído esto –dijo ahora el inspector, hablando más cómodamente en su propio idioma mientras le ofrecía la copa.
   –¡Um, gracias!
   Navista se incorporó y se puso bien el sostén del bikini rápidamente. Por un fugaz instante, expuso la totalidad de sus senos mientras lo hacía, aunque se mostró indiferente en todo momento. Al ver aunque no directamente la uniforme tonalidad de la piel de su busto (aparentemente natural y firme cual escultura griega), el policía supo que debía de tomar el sol en topless de forma usual, si no completamente desnuda. Sin estar seguro de por qué, creyó menos probable algo artificial como los rayos uva.
   Navista se levantó para pedirle dos besos en cuanto se arregló el bikini, cogió la copa y, tras echar un pequeño trago, se sentó sobre la tumbona e invitó a Axel, a sentarse junto a ella dando unos golpecitos con la mano a su lado.
   El francés no estaba seguro de cómo debía comportarse, pero aceptó la invitación. Se humedeció los labios con la lengua para hablar y, ya sentado, indagó.
   –¿Eres rusa? –quiso asegurarse antes de entrar en lo más importante.
   –Así es –respondió la mujer alegremente.
   Entonces Axel fue al grano.
   –¿Cómo va a ser esto? –preguntó con severidad–. ¿Yo hago lo que tú digas y recuperaré a Denise?
   –No exactamente –respondió ella con la misma jovialidad–. Las órdenes importantes las dará mi jefe.
   –¿El que me llamó?
   –Sí. ¿Has traído el teléfono, verdad? –preguntó la mujer a modo de advertencia.
   –Sí.
   –Perfecto. Yo solo estoy aquí para comprobar que haces lo que se te pide. Y tendrás que complacerme con lo que te pida yo –añadió la rusa con tono juguetón.
   En aquel momento, Navista vio que su amiga volvía, por lo que se volvió hacia ella y le dijo algo en su idioma. Entonces aquella cogió sus cosas y se fue tras asentir con la cabeza.
   “¿Se va?” –se preguntó el francés.
   –En resumen: estás aquí para vigilarme –afirmó Axel, volviendo a centrar su atención en Navista cuando la otra chica se alejaba.
   La rusa esbozó una sonrisa de satisfacción, como si hubiera intentado ocultar una trampa que el francés había descubierto.
   –Sí –dijo ella, y tras un instante de silencio, volvió a hablar, como si se disculpara–. Es lo que me han ordenado.
   –¿Qué voy a tener que hacer ahora? –Axel desvió la mirada, buscando evitar que la intensa mirada de la mujer le hechizara de nuevo.
   Estaba impaciente por acabar con aquella situación y recuperar a su amiga.
   –Paciencia, inspector. Aún tenemos dos días antes de ir a Francia –Al oír que su próximo destino era su país natal, el inspector volvió a mirarla, ahora con expresión de terror–. Sí, a Francia. Iremos cuando la situación allí se haya calmado un poco. Hasta entonces me gustaría que te relajaras y disfrutaras de unas vacaciones en esta maravillosa isla conmigo.
   –¿Y tu amiga?
   –Ella ya se va. Ahora la habitación en la que estábamos ella y yo es para ti y para mi.
   “Francia...” caviló el inspector. Intentaba hacerse a la idea del riesgo al que debía someterse y quizá de huir de sus propios compañeros de oficio, como había hecho ya antes de salir de su país.
 
   Durante los dos días siguientes, Axel y Navista se comportaron como una pareja normal de vacaciones –o al menos él lo intentaba–, tras explicarle la rusa las reglas. Ella no perdió la actitud alegre, mientras que él, más serio, trataba de seguirle el juego. El inspector agradeció lo agradable que se mostraba la rusa. Había temido que fuese una mujer muy desagradable.
   Se mantuvo desconfiado por la manera tan amistosa con la que ella se comportaba. Ésta iba siempre agarrada de su brazo cuando iban a cualquier parte, y siempre iba sin más prenda que un bikini o con éste y una especie de pañuelo semitransparente que se ataba a la cintura y utilizaba a modo de falda. Además ella le compró unas bermudas para que el inspector durmiera únicamente con ellas.
   Cuando ambos estaban en el dormitorio, Axel se metía en el baño para cambiarse, mientras que Navista se desnudaba con total naturalidad frente a él, haciendo que éste se ruborizara y comprobara sin buscarlo que estaba completamente depilada. En esos momentos ella le miraba con una sonrisa pícara y le lanzaba el bikini que se acababa de quitar, en los casos en que éste estuviera húmedo, para que él, tratando de actuar con naturalidad evitando mirarla, lo colgara en la ventana para que se secase mientras la rusa se ponía otro bikini o el camisón, la única prenda que utilizaba para dormir, un fino y ceñido camisón semitransparente de color rosa. Además Navista le obligaba a dormir abrazándola desde detrás, lo que también conseguía que él se ruborizara, especialmente cuando hacía algún comentario coquetamente sobre su musculosa forma física y le acariciaba la nuca con la nariz.
   Durante el día, la falsa pareja pasaba la mayor parte del tiempo entre la piscina del hotel y la playa. Allí la rusa, colocándose boca abajo, le pidió alguna vez a Axel que le desatara la parte superior del bikini para que le diera un masaje mientras le ponía protector solar. Él accedía con sumisión a dárselo.
   Navista también le masajeó a él alguna vez, disfrutando más que el inspector, ya que le tocaba casi hasta el último rincón de su cuerpo, mientras que él, siempre tenso, la tocaba a ella de forma más suave y cohibida. Cada mañana además, antes de vestirse, la rusa dedicaba alrededor de quince minutos de ejercicios, de estiramiento sobre todo, y Axel, más avezado en esos ejercicios, le dio amablemente varios consejos e incluso le ayudó a adoptar la posición correcta de algunos de esos ejercicios, procurando evitar mirarla a la cara y tocar más partes de su cuerpo que los brazos y las piernas, sin más idea que la de “ganar puntos”. No quería que aquella fogosa mujer se pusiera demasiado cariñosa.
   En una de las pocas veces que la falsa pareja visitó el bar, al volver Axel del servicio –al que había ido dejando a Navista sola un momento–, vio a un hombre sentado junto a la rusa, hablando con ella. Así que disminuyó el paso, sin saber si le convenía interrumpir o no. Pensó que podría ser un miembro de la organización a la que la mujer pertenecía y que la conversación podría ser privada aunque él no fuera a entender nada.
   Pero cuando estuvo suficientemente cerca, oyó que el sujeto le preguntaba a la rusa en inglés por su nombre y si podía invitarla a una copa.
   “El capullo sólo intenta ligársela”, caviló.
   Caviló un momento sobre si le convenía intervenir. Pensó en que si irrumpía en la conversación con actitud protectora fingiendo ser la pareja de la mujer, podría complacerla. Pero existía también la posibilidad de obtener el resultado contrario, interrumpiendo el juego de aquella mujer que tan lasciva le parecía.
   Sin pensárselo más, dispuesto a aceptar el disgusto de su acompañante si cometía un error y pedir disculpas por ello, decidió intervenir. Dado que era ya algo normal entre ellos, la agarró desde detrás por los hombros y le besó en el cuello de una manera entre tierna y cohibida antes de preguntar si pasaba algo.
   Navista actuó con normalidad tras el gesto. Levantó una mano para acariciar el cuello de Axel.
   –No pasa nada, cariño –ronroneó.
   Explicó que aquel tipo y ella estaban únicamente hablando, pero el sujeto, como viéndose fuera de lugar, se reprimió y se dispuso a marcharse.
   –Bueno, me voy ya. Encantado de conocerte, Navista –dijo el tipo. Luego se despidió, dirigiéndose a sus dos interlocutores mientras se dirigía al exterior del bar–. Hasta la vista.
   La rusa y el francés jugaron también al tenis, donde Axel tuvo que soportar algunos potentes pelotazos de la inexperta rusa. Hicieron submarinismo y el inspector tuvo que perseguirla en moto acuática por la playa, lo que ella disfrutaba enormemente, riendo con gran júbilo.

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