Capítulo 4: Unión de Ley

Unión de ley

Cuarto capítulo de mi novela:

4
Resultados

   Arturo y Esther fueron convocados por el oficial Samuel en su despacho tras realizar su informe. En primer lugar, el oficial leyó a sus subalternos las declaraciones del tipo al que detuvieron.
   –Bien... Agentes Deleón y Salazar... Escuchad esto que es importante –empezó a decir, con desaprobación en su semblante–. “La rubia psicópata me acorraló contra la pared y me amenazó apuntándome con su pistola en el estómago mientras me preguntaba dónde estaban las pastillas que llevaba. Cuando se las enseñé, me apuntó a la cabeza para que le dijera qué clase de pastillas eran. Me esposó con violencia y el otro me arrastró hasta su coche”.


   Al terminar de leer, Samuel dejó el documento sobre su escritorio. Entonces hubo unos segundos de silencio, durante los que miró ceñudo a sus subalternos. Arturo apartó la mirada de él por un instante para mirar de reojo a Esther y ver la reacción de ésta antes de fijar la mirada de nuevo en su superior. La mujer parecía estar completamente tranquila, como esperando a que el oficial volviese a hablar, mientras que el vigilante estaba nervioso.
   “Lo de que lo arrastré parece algo exagerado”, caviló él.
   –¿Podéis decirme qué he leído? –preguntó finalmente el oficial.
   –La declaración del detenido –se apresuró a responder Arturo. Quiso adelantarse a su compañera para evitar la posibilidad de que ésta respondiera de una forma demasiado altiva o desafiante.
   –Y en vuestros informes decís más o menos lo mismo, aunque evitando el detalle del arma. ¿Tiene algo que decir al respecto, agente Salazar?
   –Samuel se dirigió ahora a la aludida–. ¿Hay algo que no se ajuste a los hechos?
   –Es todo correcto –confirmó ella, impasible–. Aunque el imbécil ha olvidado decir que me mintió sobre lo que eran las pastillas. Por eso le apunté a la cabeza. De alguna forma tenía que sacarle la verdad.
   Tras eso, Esther y el oficial permanecieron unos segundos mirándose, él ceñudo, sin mover más que la mandíbula, pensativo. La agente permaneció sin inmutarse, como esperando paciente a que terminase lo que para ella parecía ser una reunión absurda.
   –¿Le parece el procedimiento correcto, Salazar? –preguntó al fin Samuel.
   –Si no me equivoco, el comisario aprueba ese procedimiento –respondió la aludida–. Es con él con quien debe discutirlo, señor. Nosotros nos limitamos a hacer lo que él quiere: una comisaría eficiente. No somos más que instrumentos.
   –Es cierto, señor –intervino Arturo, queriendo ayudar a Esther y con ello también a sí mismo. El oficial le miró entonces a él, aún fruncido su ceño–. Si al comisario no le gustase ese procedimiento, no me habría pedido venir. Probablemente yo no estaría aquí ahora. Y mi compañera tampoco.
   –Mientras nosotros sigamos aquí, actuaremos así, señor –sentenció la mujer.
   –Ser los “preferidos” del comisario no os hace inmunes ante la ley –advirtió el superior–. Y voy a hablar de esto seriamente con él. Si por mí fuera, ya estaríais despedidos. Podéis retiraros.
   Cuando los dos agentes se disponían a salir del despacho del oficial, el comisario entró.
   –Aquí estáis –se dirigió a los dos agentes–. Habéis hecho un gran trabajo con ese camello. Y espero que sigáis así.
   –Gracias, señor –respondieron los policías, sonriendo.
   –Señor... –intervino el oficial.
   –Samuel –ahora el comisario se volvió hacia el aludido, serio y firme en su resolución–, ya sé que no apruebas los métodos de estos muchachos, pero creo que son los agentes que esta comisaría necesitaba. Si de mí dependiera, los agentes como ellos serían los agentes del futuro. Obtendremos mejores resultados y quizá inspiren al resto de nuestros hombres a actuar del mismo modo. Los quiero en activo, ¿entendido?
   –Sí... señor –aceptó el oficial, aunque a regañadientes.
   –Bien –después Cristóbal se dirigió de nuevo a los agentes–. Seguid así, muchachos –repitió mientras estrechaba sus manos antes de irse.
   Al salir del despacho de su superior, sonriendo ligeramente por haberse salido con la suya, Esther y Arturo se reunieron de nuevo con algunos compañeros más junto a la máquina de café. Mientras conversaban, llegó otra compañera más.
   –Perdonad –les dijo Rebeca, la recién llegada, a los dos agentes más recientes de la comisaría–. Se rumorea que os enfrentáis al oficial porque no le gusta vuestra forma de trabajar. ¿Es cierto?
   –Sí... bueno... en realidad creo que ella se ha enfrentado más que yo –respondió Arturo, aludiendo a su compañera, quien agudizó la sonrisa.
   –Cómo eres –le dijo Nicolás, otro compañero, a la agente, sonriendo asombrado por el carácter de ésta.
   Siendo ahora el centro de atención, Esther sonreía orgullosa ante los halagos y las miradas de sus compañeros, manteniendo una postura erguida y los brazos cruzados.
   Aquel día la pareja de agentes no fue enviada a ninguna misión, limitándose por ello a conversar con los compañeros y entrenar en el gimnasio y la sala de tiro. Por la noche fueron a tomarse unas copas, conociéndose mejor con ello el grupo de policías.
   El sábado siguiente, Esther se fue por la mañana a la comisaría y Arturo esperó en su apartamento hasta la noche, cuando debía ir a trabajar al hospital. Antes de ir a cumplir con su jornada, él llamó por teléfono a Beatriz, quien tampoco trabajaría hasta la noche, a pesar de que la posibilidad de que surgiera un romance entre ellos le inspiraba mucho respeto. Creía que eso la alegraría. Quería preguntarle si quería ir a cenar con él a alguna parte antes de ir a trabajar, pues no había olvidado la cena que, al menos para él, había quedado pendiente.
   La enfermera aceptó.
   –Creí que te olvidarías de eso –anunció llena de júbilo.
   –Ni hablar –contestó el vigilante–. Te lo prometí.
   –Ponte elegante, ¿eh? –ordenó ella, en tono de advertencia pero con humor.
   –¿Eh? –Él esperaba poder presentarse ante la enfermera de una forma no demasiado elegante, pues no le resultaban nada cómodos los trajes.
   –No te hagas el tonto –insistió ella, a quien se le notaba sonreír por su tono de voz–. Ponte elegante.
   Vestido con el único y poco usado traje negro que tenía y con unos fastidiosos zapatos del mismo color, Arturo se dirigió de nuevo a recoger a Beatriz para irse después a un restaurante que ella sugirió.
   –Me ha alegrado mucho que me llamaras –comentó la chica en cuanto le vio. Sonreía mientras le miraba a los ojos y le ofrecía una mano para que él se la cogiera.
   En aquella ocasión, la enfermera sorprendió a Arturo más que en la cita anterior, ya que se puso un ceñido vestido negro, de escote no excesivo, falda hasta las rodillas y unas elegantes sandalias de tacón. Se maquilló de forma más llamativa, al menos los labios, de un tono entre rojo y rosa. La raya negra de los ojos le acentuaba el rabillo del ojo, lo que producía una seductora mirada felina de sus ojos de miel. En cuanto al largo cabello, se lo dejó suelto, cayéndole hasta casi la mitad de la espalda.
   Mientras Beatriz se comía una ensalada y Arturo un par de chuletas, ambos se contaron lo que hicieron durante los días que no se vieron. El vigilante se interesó por los gustos y las aficiones de la mujer. Después de contarle al vigilante que le echó de menos, ella le preguntó interesada por su compañera de piso, por quien tuvieron que dejar su primera cita.
Preguntaba de forma sutil, como si tuviera poco interés, sobre cómo era la agente en todos los aspectos, sin dejar de vaciar su plato mientras hablaban. Sin embargo, el Arturo sospechaba que podía estar más interesada de lo que quería mostrar.
   “Quizá le preocupe que Esther pueda atraerme”, se dijo, preocupado por que aquello pudiese hacerse realidad. Al fin y al cabo, además de reconocer que tenía un gran atractivo físico, la agente pensaba como él, al menos en algunos aspectos. Procuró no mostrarse demasiado fascinado con ninguna cualidad de su compañera policía ante Beatriz.
   Después de cenar, pasearon por la calle mientras seguían conversando, hasta que creyeron que era el momento de volver a sus casas para cambiarse y prepararse para volver una vez más al centro hospitalario. Sugiriendo que la mujer fuera también con él al trabajo, el guardia la llevó en primer lugar a casa de ella, donde esperó que se arreglase para ir después a la de él, donde sería la enfermera quien debía esperar.
   Mientras esperaba en el apartamento de la enfermera, Arturo inició una conversación con la compañera de piso de aquella, Dafne, la abogada algo seria, de cabello negro y ensortijado, que vestía de manera muy sobria y formal y usaba unas elegantes gafas graduadas negras. Ésta le interrogó sobre la relación que había entre Beatriz y él. Como si intentase ayudar a su compañera de piso a conquistar al guardia, le comentó a éste los aspectos positivos de la enfermera.
   –Ella me ha hablado de ti –comentó en algún momento la abogada–. Está fascinada con tu actuación en el hospital la noche en que los... Albano-kosovares eran, ¿no? Cuando esos atacaron el hospital. Y está muy agradecida de cómo la apoyaste... –Después bajó el volumen de su voz hasta convertirlo en un susurro, como queriendo evitar que Beatriz oyera lo que iba a decir– cuando mató a uno de esos hombres.
   –Ya. Bueno... Lo del muerto fue un accidente. Y culpa mía además. Sólo quise que ella estuviera a salvo –explicó Arturo.
   –Ya estoy –anunció la enfermera alegremente cuando terminó de arreglarse.
   Arturo se despidió de Dafne para irse, pero antes de dejar el piso con la enfermera, ésta recordó algo y volvió rápidamente a su dormitorio mientras él esperaba junto a la salida. Cuando la enfermera se alejó de nuevo, la abogada se fue en la misma dirección, sin que el vigilante pudiera ver a dónde. Él agudizó el oído por si podía oír dialogar a las dos mujeres. Quizá hablasen sobre él y, de ser así, le interesaba saber qué decían. Fingiendo examinar el apartamento, fue acercándose lentamente en dirección a las compañeras de piso hasta que pudo oír algo.
   –Me gusta, nena. Quizá esté un poco loco, pero al menos es valiente y parece simpático –decía la voz de Dafne, aunque hablaba en voz tan baja que el guardia apenas podía oírlo. Suponiendo que hablaban de él, Arturo sonrió. No le extrañó ser tachado de loco–. Y guapo. ¿Vas a por él?
   –Ya veremos. Poco a poco –contestó Beatriz.
   La idea de que la enfermera pudiese estar dispuesta a formalizar su relación puso nervioso al guardia, quien se limitó a esperar preparado para cualquier cosa que pudiese pasar.
   Arturo fue a arreglarse en privado a su dormitorio cuando se fueron al piso de éste. Pensó que la enfermera podría inspeccionar el apartamento buscando cosas del vigilante o de Esther cuando él no la viera. No dijo nada al respecto, permitiéndole, aunque algo intranquilo, que investigara a su antojo. Procuró no hacer demasiado ruido por si podía oír algo de lo que hacía la enfermera mientras estaba ocupado.
   Al terminar de cambiarse, salió sigilosamente de su cuarto, queriendo llegar a ver lo que Beatriz hacía antes de irse hacia el hospital. Entonces vio a la enfermera frente a la puerta del dormitorio de Esther. Ella miraba al interior del cuarto con una ligera mueca de repulsión en su rostro. Arturo se acercó a ella, también en silencio, para asustarla y de paso ver qué era lo que le disgustaba de aquella habitación.
   Al situarse a la espalda de la enfermera, vio que en aquel dormitorio había varias prendas de todo tipo diseminadas y puestas de forma despreocupada sobre la cama y sobre el escritorio. Aunque por lo demás parecía estar en orden.
   “Ya se ha llevado una mala imagen de Esther sin conocerla, me temo”, se dijo.
   Antes de que sorprendiera a Beatriz, fue ella quien se asustó al verle cuando se dio la vuelta para alejarse de allí.
   –¡Oy! –exclamó la enfermera, sobresaltándose–. Qué susto, Arturo...
   –Es el cuarto de mi compañera –informó él directamente, como disculpándose por lo que la mujer vio.
   –Ya, ya. Suponía que tú no usarías ropa de mujer –respondió Beatriz sonriendo–. ¿Tienes alguna foto de ella? –preguntó interesada.
   –Pues... No, la verdad.
   –Bueno, pues nada. ¿Nos vamos?
   –Vámonos –respondió él. Y mientras se encaminaban a la salida del apartamento para irse, volvió a hablar–. ¿Te has asomado a mi cuarto también? –indagó.
   –Sí –respondió la aludida, con algo de pudor en su voz–. El tuyo está... bastante bien –comentó en tono jocoso.
   En el hospital, mientras era interceptado durante su guardia por varios de sus compañeros para preguntarle por su trabajo de policía, Arturo le devolvía a Beatriz una mirada de complicidad cada vez que la veía.
   “¿No seré demasiado violento para una chica tan tierna?” se preguntó en varias ocasiones. Temía que una relación con la enfermera pudiese acabar mal, pudiendo ser ella especialmente quien saliese dañada.

Primer capítulo aquí.
Segundo capítulo aquí.
Tercer capítulo aquí.

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