Relato: Labios de sangre


   Me encontraba en la fiesta que unos amigos celebraban en su local. Yo, Ben Archer, acababa de dar un concierto en la ciudad de Nueva York. Mi equipo, mis colegas, bebían, conversaban y reían. Entre autógrafos y fotos, me planteaba dar un giro radical a mi vida, cuando me di cuenta de que una chica me miraba fijamente.


   Cuando yo la miré, sonrió. Me sorprendió que me indicara con el dedo que me acercara. Antes me habría acercado sin pensarlo. En esa ocasión vacilé. Sólo mi negativa a parecer grosero o algo similar me llevó a dejar el círculo formado por mis amigos y encaminarme hacia ella. Además yo era un artista. Tenía que cuidar mi imagen.
   No diré que me pareciera una chica fea. Debió de ser de las más atractivas con las que me había cruzado. Quizá fuera una modelo, como otras tantas de estas con las que había tenido relaciones. Cuando llegué hasta ella, estaba parcialmente inclinada sobre la barra, en una posición que me pareció muy sugerente. Todo su peso apoyado en su pierna derecha. Era una chica esbelta que rondaría los veintiocho años de edad, de largo pelo azabache, rostro afilado y labios de un rojo vivo, embutida en un vestido rojo muy sexy. El flequillo casi le cubría el ojo izquierdo. Era europea, una bielorrusa llamada Victoria.
   –¿Puedo invitarte a una copa? –me preguntó con aquellos grandes y atrevidos ojos celestes, ese acento tan dulce y esa sonrisa de ángel.
   El antiguo Ben habría hecho lo posible por cortejarla, por meterse entre esas piernas de vértigo una noche. Siempre había considerado las faldas tan cortas como aquella una clara invitación.
   Pero el nuevo Ben no. La inesperada muerte por sobredosis de mi amigo Martin, un amigo muy cercano, me había hecho ver el mundo con otros ojos. Ni siquiera sabía que el imbécil se drogaba. Un día posterior al trágico suceso, me di cuenta de que mi vida no significaba nada, de la insignificancia de mi trabajo. Me desperté harto del mundo en el que me encontraba. Ya no soportaba la fama; ligar con cantantes, actrices, modelos, bailarinas y gente similar; las conversaciones banales sobre música, películas, moda, premios, viajes, comida y demás; los focos; a los fans que pedían autógrafos o fotos; posar para los fotógrafos; los paparazzis; las miradas constantes; las adolescentes histéricas… Envidiaba a las personas anónimas. Habría dado lo que fuera por ser una de ellas. Necesitaba escapar, desaparecer, buscar otra vida más gratificante y conocer gente distinta, gente interesante y compleja. Me moría por dejar el mundo del espectáculo. Al menos por un tiempo. Pensé en esfumarme incluso sin avisar más que a mi gente de mayor confianza.
   Quería evadirme de la morena, decirle sutilmente que me dejara en paz. Únicamente me había acercado para eso. Ella sabía quién era yo. Yo no la conocía y, precisamente por eso, su atrevimiento consiguió despertar mi curiosidad.
   Me negué a la copa intentando en la medida de lo posible evitar deudas y mostrarme demasiado interesado en ella. Al menos desde un punto de vista romántico. Pero me quedé para hablar con la bielorrusa. Por conocerla algo mejor no tenía por qué pasar nada, ¿no?
   Por primera vez en mi vida, no sólo no miraba a semejante mujer como si fuera una mera muñequita más creada para llevársela a la cama, sino que lo veía como una posible asociación. No había simple deseo sexual en mi interés por ella. De hecho, ni por un segundo pensé en acostarme con ella. Era una chica cultivada, al contrario de la mayoría de las que yo solía conocer, y me pareció ver un brillo de astucia en su mirada interesada. Bebía de su copa con elegancia. Casi parecía parte de su brazo. Mis conocimientos no podían competir con los suyos, por lo que consiguió que me avergonzara de mí mismo. Fue una sensación nueva. Incómoda, aunque gratificante, debo añadir. Si el motivo fuese mi ignorancia, me habría preocupado que ella perdiese el interés en mí. Era un miedo a ser conocido por mi estupidez. A veces sólo sabía darle una respuesta que a mí mismo me parecía estúpida. A veces apenas entendía de qué me estaba hablando.
   Aun así, el brillo de sus ojos no se apagó. Mantenía el misterio en cuanto a qué se dedicaba exactamente, a qué compañía pertenecía, si es que pertenecía a alguna. Eso y su vida, las personas importantes a las que decía haber conocido, las cosas que decía haber hecho por distintas partes del mundo de forma altruista, fueron aspectos de ella que me fascinaron. Yo había encontrado un ejemplo de la vida que quería para mí.
   Después de haber estado hablando largo rato, me preparaba para preguntarle si podríamos trabajar juntos, formar una especie de sociedad. En ese momento, unas jóvenes y enloquecidas fans se me echaron encima, de esas fans que parecían ir buscando un buen jinete con su forma de vestirse.
   –¿Podemos hacernos una foto contigo? –preguntaban–. ¡Por favor, por favor, queremos una foto!
   Creo que puedo decir que, en momentos como ese, me acosaban. Casi me sentía violado. Y por encima de todo, asfixiado.
   “¡Niñas, a tomar por culo!” –quise decirles, irritado.
   Me estaba desesperando. Ni estando en la cama con la bielorrusa podrían haberme pillado en peor momento. Iba a decirles educadamente que no podía complacerlas en ese momento, que estaba ocupado. Victoria, sin embargo, se dispuso a dejarme, pero no antes de contarme dónde se alojaba esa noche.
   –Si decides venir, te estaré esperando –anunció antes de irse.
   “Espera”, estuve a punto de decir.
   No me gustaba la idea de meterme en su dormitorio, en su terreno. Mi esperanza por asociarme con ella se esfumaba. Maldije a las crías del demonio y accedí a librarme de ellas dándoles lo que pedían con la sonrisa más amplia que pude esbozar.
   Cuando me dejaron solo, dudé. ¿Debía ir en busca de la bielorrusa? No quería que me metiera en su cama bajo ningún concepto, pero estaba demasiado interesado en mi nueva vida, en lo que esa chica podría aportarme. Podría ser mi mejor oportunidad para alejarme del mundo que aborrecía.
   Ninguna mujer me había hecho sentirme tan nervioso antes, y eso que ni siquiera pretendía encamarme con ella. Al final decidí lanzarme y busqué el hotel de la morena, siempre atento a que nadie me siguiera por lo que pudiesen contar los medios.
   Cuando llamé a la puerta de la habitación treinta y siete, Victoria abrió.
   –Has venido –comentó sin sorpresa, con una sutil sonrisa.
   –Oye, sólo he venido para hablar contigo. Nada más.
   Puse énfasis en la última frase, intentando hacerme entender.
   –Claro. Pasa.
   Se movía despacio pero con elegancia. Me invitó a sentarme en una de esas sillas de diseño y ella se sentó en otra. Allí hablamos tranquilamente. Los proyectos de los que me hablaba aumentaban mi entusiasmo cada vez más. Proyectos que nos llevarían principalmente por Asia y África. Yo no podía esperar para ponerlos en marcha.
   Cuando estábamos apunto de llegar a un acuerdo, Victoria se levantó un momento para ir a por unas copas de una botella de champagne que tenía por allí.
   –Entonces vendrás conmigo –dijo.
   Sonó más como una afirmación que como una pregunta.
   –Iré contigo –asentí con convicción.
   Ella se puso en pie otra vez. Yo eché otro trago de champagne antes de despedirme para irme de allí. Cuando me volví, un tanga aterrizó en mi cara. El vestido de Victoria estaba en el suelo. Ella, tumbada en la cama con las piernas cruzadas y una mano bajo la cabeza. El tono de su piel era uniforme en todo su cuerpo salvo en la zona de las ingles, donde era algo más claro. Su busto, natural y perfecto. Vacilé ante el espectáculo. Me estaba poniendo muy difícil mantener a raya al antiguo Ben.
   –Por favor, eh…
   Quise decirle que se tapara. De todos modos, ¿qué importaba? Yo tenía intención de largarme ya.
   –¿Puedes quedarte conmigo? –ronroneó.
   –No puedo.
   –Puedes, artista.
   En ese momento separó las piernas y volvió a pedirme con su dedo y con gesto juguetón que me acercara. Estaba perfectamente depilada.
   “Joder…” pensé.
   Mi pulso se aceleraba. Mi camisa pareció estrecharse, al igual que mis pantalones.
   –Te llamaré –prometí, con prisa por salir de allí. Ya no me preocupaban los fotógrafos–. Adiós.
   –Buenas noches –En su voz hubo algo de decepción.
   Victoria se tumbó de lado, dándome la espalda, para dormir tal cual estaba. Esforzándome por apartar la mirada de aquellas nalgas de diosa, me dirigí a la puerta con decisión, sin mirar atrás, con miedo a que la bielorrusa consiguiese hacerme cambiar de idea. El antiguo ven luchaba por recuperar el control. Al asomarme al pasillo, vi a un par de hombres armados con cámaras fotográficas.
   “Mierda”.
   Eso me obligó a retroceder, a refugiarme con la bielorrusa.
   Sabía que me llevaría un buen rato poder salir del hotel con la seguridad de que nadie me esperaría en cualquier esquina. ¿Qué podía hacer entonces? ¿Quedarme ahí plantado en silencio viendo a Victoria dormir? ¿Viendo aquel cuerpo desnudo que me pedía abalanzarme sobre él? ¿Despertarla para que siga con sus juegos?
   Durante un rato pude controlarme, soportando el fuerte martilleo de mi corazón y recordándome que ya no era el Ben de antes, que el acostarme con cualquier chica era ya parte del pasado.
   “¿Y si me acuesto con ella? –acabé preguntándome–. ¿Qué podría pasar? Estoy aquí. Y Victoria lo desea. ¿Qué me cuesta pasar una noche con la morena? Puede que esté despierta, consciente de que estoy aquí, esperando a que me acerque”.
   Finalmente me decidí. Me desnudé y me metí en su cama. La besé desde el costado de su cintura hasta su cuello para hacerle saber que estaba allí y accedía a su petición. Ella se volvió despacio, con una amplia sonrisa. No había en ella señal alguna de que hubiera llegado a dormirse. Entrando ya en materia, probé su lápiz de labios.
   Los detalles posteriores se quedan entre ella y yo.
   Días más tarde, viajé a las islas Tahití para darme unos días de descanso y reflexión. Lo hice con Kyra, mi guitarrista y una gran amiga, de pelo corto negro y tatuada, con la que estaba pensando en compartir también mi nuevo proyecto de vida. Nadie más sabía que estábamos allí. Hablábamos de nuestras cosas sin dejar de disfrutar del paraíso. De la tranquilidad, del sol y de las aguas cristalinas. Ella pensaba que me había vuelto loco por el cambio radical de mi personalidad. Yo mismo llegué a preguntarme si estaba perdiendo el norte.
   Una de esas noches en las islas, Kyra se adelantó para meterse en la cama tras echar una carrera a nado. Yo seguí un poco más en remojo, descansando. Al volver a la cabaña tras mi amiga, la encontré en el suelo, bocabajo, sobre un charco de sangre, con lo que parecía un agujero sangrante en el cráneo y tres más en la espalda.
   “Mierda, Kyra”.
   Por un momento no supe qué hacer. Me costaba creerme que aquello fuera real. Cuando me di la vuelta para salir de allí buscando ayuda, tenía el cañón de un arma con silenciador en la cara.
   Reconocí a quien la empuñaba. Victoria la bielorrusa estaba allí, en bikini, con la ira reflejada en su rostro. Me había encontrado. Estaba furiosa por haber desaparecido tras acostarnos en Nueva York, por haberla tratado como a un juguete desechable.
   Resultó que era la hija del presidente bielorruso. Debió de movilizar a mucha gente para encontrarme. Joder, le prometí que la llamaría. Tenía intención de hacerlo. No creí que desaparecer cuando ella aún dormía fuera a darme problemas, a matar a Kyra y tal vez a mí mismo. Siempre había hecho eso tras haber estado con una chica. Tal vez fui torpe y no supe ver las señales. Ella podría tener razón. Había pretendido una relación seria conmigo, mientras que yo me fui sin siquiera despedirme. Confesó que me había amado.
   Quizá debí tener más controlado al antiguo Ben y olvidar sus costumbres. Desesperado, intenté explicárselo todo, pedirle perdón. Pareció que se calmaba. Bajó el arma despacio.
   –Lo siento –dijo finalmente.
   Entonces se fue. Yo me quedé en la cabaña examinando el cuerpo de Kyra, pidiéndole perdón entre lágrimas y maldiciéndome a mí mismo mientras esperaba para asegurarme de que no volvería a cruzarme con la bielorrusa.
   Pasados un par de minutos, fui a buscar ayuda. La visión de Victoria me detuvo. Ella volvía hacia la cabaña cuando me apuntó… y disparó.

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