Capítulo 3 de MANZANA DE HIERRO

Manzana de hierro

Tercer capítulo de MANZANA DE HIERRO.


3
Pistas

   –Si cambias de opinión, llámame a éste número, por favor –Callia metió una mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó un trozo de papel con un número de teléfono, que me ofreció. Lo examiné un momento, antes de volver a mirar a mi interlocutora–. Hasta la vista.
   Entonces salió tranquilamente de la habitación. Yo reflexioné un instante.
   “Leah”.
   Desesperado, salí a toda prisa del dormitorio para detener a esa mujer. Aún no sabía cómo lo haría, pero debía hacer algo. Esperaba que no hubiera desaparecido todavía. Apenas tardé cuatro segundos, pero en cuanto abrí la puerta, alguien me propinó una patada en el estómago, haciéndome caer de espaldas, retorciéndome de dolor. Era la jodida arquera encapuchada. El reflejo de la luz hizo a su hoja resplandecer. Venciendo al dolor, me adentré más en el dormitorio. Busqué algo con lo que defenderme, pero no había nada. Y para huir tenía que pasar por encima de mi enemiga, quien se acercaba a paso raudo.
   “Mierda, ¿qué hago ahora?”
   Únicamente podía lanzarme contra mi rival una vez más cuando la tuve lo suficientemente cerca, sólo para que ella eludiera mi ataque con un puñetazo. Intenté atacar de nuevo, pero entonces me golpeó repetidas veces, con asombrosa habilidad, hasta que me hizo caer de nuevo al suelo, momento que aprovechó para agarrarme por detrás. Intentó cortarme el cuello, pero yo interpuse mi mano en la trayectoria de su espada. Con un fuerte y lacerante dolor, notaba cómo el acero se hundía cada vez más, despacio pero inexorable, en mi carne. Creí que me cortaría media mano para cortarme después la garganta.
   Con un rugido desesperado, le propiné un codazo salvaje en un costado, provocando un momento de distracción por el que pude arrebatarle la espada. Entonces la blandí y le lancé con furia una estocada dirigida a su estómago. Noté cómo la hoja cortaba la carne. La encapuchada se dobló de dolor con un aullido. Con la única idea de salvar mi vida, solté el arma y corrí para escapar.
   Cuando estaba cruzando la puerta, me pregunté qué estaba haciendo. Presentí que había cometido un error. Volví sobre mis pasos. Tenía que asegurarme de que la asesina estaba muerta. Al volver a buscarla, ella ya no estaba allí. Ni siquiera había rastro alguno de su presencia.
   “Hija de puta... ¡¿Dónde coño estás?! ¡¿Quién coño eres?!”
   Estaba lleno de rabia, pero también acojonado. ¿A qué cojones me enfrentaba? Debí de estar a punto de sufrir un puto infarto. Sabía que volvería a verla, y la próxima vez quizá no podría salvarme. Ni siquiera tenía la esperanza de encontrarla herida cuando volviera a encontrármela y, de tratarse de la agente Paspala, no parecía dispuesta ni siquiera a darme un momento de tregua. Había intentado matarme segundos después de decirme que la llamara si cambiaba de opinión. ¿Habría sido mejor ir con ella? Maldije no haber podido verle con claridad el rostro a la encapuchada, aunque hubiese sido sólo para que la supuesta agente no pudiera seguir fingiendo sobre su identidad.
   Recordé una vez más a Leah y la amenaza que parecía cernirse sobre ella. Al no haber ya motivos para no utilizar mi teléfono móvil, la llamé, después de lavar mi mano herida y envolverla en papel higiénico, cuyo corte, aunque llegaba de un lado al otro, no era demasiado profundo. Debía intentar salvar a mi esposa u ocultarla de mis enemigos. ¿Podía hacerlo? ¿Serviría de algo lo que pretendía obligarle a hacer? Yo mismo no había podido esconderme. Aun así, debía hacer algo. Me pregunté si el teléfono podría estar intervenido, pero no podía permitirme perder tiempo.
   –Leah, tienes que irte de nuestra casa cuanto antes –sugerí.
   –¿Por qué? ¿Qué pasa?
   –Te lo explicaré en otro momento –No quería retrasarla dando una explicación que ella ni siquiera creería, ni asustarla confesando que alguien podría ir a por ella para tal vez asesinarla–. Vete a casa de tu... –“¡No des información a los espías!”–. A donde sea. Pero vete, te lo suplico. No te lo pediría si no fuera importante.
   Joder... ¿Debía volver yo a casa para proteger a mi mujer? Ni siquiera estaba en condiciones de defenderse por sí misma. Tal vez la vigilaban esperando mi aparición. ¿Y si hubiera llamado a Callia para intentar llegar a un acuerdo?
   –¡No, Argus! ¿Qué está pasando? No iré a ninguna parte hasta que me lo cuentes.
   –¡Ni yo mismo lo sé, Leah! –expliqué frustrado. ¿Debía contarlo? ¿Qué pasaría por la mente de mi esposa después de algo así?–. Me... Por favor, sólo haz lo que te digo.
   –Quiero una explicación. Ahora mismo.
   –Joder, alguien intenta matarme –tuve que confesar.
   –¿Qué dices? ¿Quién iba a querer matarte? ¿Por qué?
   –Es lo que intento averiguar desde que me fui.
   –Pero la policía...
   –Creo que es precisamente la policía quien intenta matarme, Leah. Al menos una de sus agentes. O alguien más poderoso que haya detrás. Ya me han atacado dos veces, y seguro que volverán a hacerlo. ¿Recuerdas a la agente Callia Paspala?
   –Sí.
   –Pues algo raro pasa con ella. Creo que es la que me atacó. Acaba de hacerlo otra vez.
   –¿Qué estás diciendo?
   –No estoy loco. ¿De acuerdo? Aunque esto suena bastante surrealista, es muy real. Por favor, deja de discutir y haz lo que te he dicho. Si no por mí, hazlo por ti y por nuestro hijo. Creo que tú también estás en peligro. No uses ningún teléfono. No le digas a nadie a dónde vas. Volveré a llamar.
   –Argus...
   –Adiós.
   Me dispuse a salir del hotel. No podía quedarme allí, y menos en solitario. Además, con la llamada pude haber provocado que la policía viniera a buscarme, si es que no se había puesto en marcha antes.
   Me habían dejado claro que de nada me servía esconderme, por lo que creí que lo mejor sería permanecer en movimiento y mezclarme en lugares llenos de gente. Antes de salir, recordé el número de teléfono de Paspala. No tenía ninguna intención de llamarla y pensé en deshacerme de él. Aun así, me lo guardé.
   En parte, agradecí no tener ningún cadáver del que preocuparme. Cambié de alojamiento y me acosté sobre la cama, completamente vestido, listo para ponerme en movimiento si era necesario. No pude pegar ojo. Apenas había podido hacerlo desde que empezó todo aquello. Lo que aumentó todavía más mi desasosiego llegó a la mañana siguiente, cuando volví a la universidad buscando al viejo Attis. Allí me comunicaron que el hombre había muerto.
   –¿Cómo ha muerto? –pregunté preocupado.
   Me contaron que había empezado a sufrir fuertes dolores hasta que murió, pero que no pudieron hallar la causa de su dolencia en la autopsia, que parecía estar bastante sano físicamente. El asma no pareció tener nada que ver. Su dolor fue tal que todos, médicos y compañeros suyos, sintieron alivio cuando el hombre dejó de sufrir por fin.
   –Gritaba –confesó un amigo y compañero del difunto–. El pobre gritó de forma horrible y durante horas.
   “Pobre hombre –me dije. Estaba seguro de que semejante muerte no fue ni por casualidad ni por causas naturales, y que aquellos que me perseguían estaban detrás. Y ni si quiera había llegado a contarme nada–. Nunca debí hablar con él –La culpabilidad pesaba sobre mis hombros–. ¿Y ahora qué haré?”
   Me pregunté cómo fueron capaces mis enemigos de provocar una muerte así, si de verdad fueron ellos. ¿Con algún tipo de veneno tal vez? Me aterraba poder acabar igual que el desdichado Attis.
   –En sus últimos instantes de vida, dijo que tenía algo que comunicarle a usted, Argus –informó el amigo del muerto.
   –¿El qué?
   –No lo sabemos. Únicamente pudo decir que el aspecto de la mujer de la que usted le habló coincidía con la descripción de alguien.
   –¿Llegó a decir de quién?
   –No.
   “Mierda”.
   ¿Y si era importante lo que el viejo tenía que decirme? ¿Cómo obtendría respuestas ahora? No podía permitir que nadie más muriera por meterlo en mis problemas.
   Recordé a las personas que se afamaron tras la noche de los rayos. Una de esas personas –y la que más accesible me pareció de aquellas de quienes sabía dónde encontrar– era Adrastos Caristeas, el creador del que parecía ser el vino más demandado de Grecia, un producto llamado Panacea, que empezó a hacerse popular en todo el país días después de la noche de aquellos rayos. Yo mismo había probado aquel líquido alguna vez, del que creí recordar que fue el más delicioso que había saboreado. No solía recordar los sabores, pero recordaba el de aquel néctar casi como si acabara de degustarlo, cuando hacía ya bastante tiempo de la última vez que lo hice.
   A saber qué contendría aquel líquido.
   Me dirigí sin demora a la ciudad de Patras, donde se ubicaba la Bodega Panacea, esperando poder entrevistarme con Caristeas. No sabía qué podría obtener de ese hombre que me fuera útil, pero... ¿qué otra cosa hacer? Mis bazas se habían agotado. Tal vez informarme sobre el origen de ese tipo o de su popular producto me ayudase a resolver mi situación.
   Al acercarme a la bodega, un miedo inexplicable empezó a apoderarse de mí hasta que me vi incapaz de seguir avanzando. Ni siquiera sabía qué inspiraba ese terror en mí. ¿Qué me estaba pasando? Sobreponiéndome con gran esfuerzo al temor, seguí caminando, con paso lento e inseguro, hasta el interior del edificio. La arquitectura de la joven pero conocida firma era de un estilo clásico, con ornamentadas columnas de piedra o que simulaban ser de ese material. Había paneles de cartón del tamaño de un hombre con la forma de la botella del vino, en los que destacaba la dorada y estilizada caligrafía del nombre del producto sobre una alta montaña que parecía ser el Monte Olimpo. En el establecimiento se imponía también la presencia de la estatua de piedra de un hombre a escala real con algún tipo de himatión que dejaba al descubierto la mayor parte del torso y con un cáliz en la mano izquierda: la figura del antiguo dios del vino. Era una obra de estilo clásico.
   Me apeteció volver a probar aquel rojizo líquido. Maldije por ello. No me fue difícil resistir la tentación, aunque nunca había sentido algo como aquello. Fue casi como si necesitara consumirlo. ¿Contendría alguna basura adictiva? Y de contenerla, ¿tendría algún efecto en la gente además de la aparente adicción? ¿Tendría todavía algún efecto en mí a pesar del tiempo transcurrido?
   Como cocinero, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en la cocina del restaurante en el que trabajaba, por lo que no pude comprobar con detenimiento el efecto del Panacea en las personas. Sin embargo, aunque no le presté demasiada atención, pude verlo en mis amigos. Sus caras adoptaban una tonalidad rojiza que no pasaba inadvertida, y sucumbían a un fuerte y jubiloso estado de ebriedad. No parecía haber nada demasiado extraño en eso, pero me pareció que aquel efecto se producía demasiado rápido, con un número menor de copas ingeridas que cuando se trataba de cualquier otro vino. Incluso los varones, de quienes se dice que poseen mayor resistencia al alcohol, parecían sucumbir con las mismas copas que las mujeres.
   Pensar en todo aquello, estimuló mi interés por ese vino. Algo en esa empresa me olía muy mal.
   –¿Puedo ayudarle? –me preguntó una joven y sonriente mujer de pelo azabache, boca grande, intensa mirada, llamativamente maquillada y vestida con el rojizo uniforme de la marca.
   Me sorprendió el traje, que era también algo similar a un himatión, con sus pliegues y su larga falda, que le dejaba el hombro izquierdo al descubierto. La prenda llevaba el símbolo de la empresa en el lado derecho del pecho. Pero lo que más llamó mi atención fue que la chica es que llevaba también al cuello lo que parecía un diamante con la forma de un cáliz, como el resto de las empleadas. ¿Sería parte del uniforme tan aparentemente caro ornamento?
   –¿Podría entrevistarme con el señor Caristeas? –le pregunté amablemente.
   –El señor Caristeas únicamente concierta entrevistas con la prensa.
   Frustrado y casi sin pensarlo, estuve a punto de decir que yo era un periodista independiente. ¿Qué podía pasar? La policía me perseguía ya.
   Pero no podía demostrarlo.
   –¿Y no hay manera de que yo pueda hablar con él? –fue mi último y desesperado intento.
   Casi pregunté incluso dónde vivía.
   –No. Lo lamento.
   ¿Me habría respondido si hubiese preguntado dónde se encontraba el tipo en ese momento?
   –¿Me dirías cómo es Caristeas? –seguí, sin esperar respuesta–. ¿Cómo llegó a hacerse popular?
   Antes de responder, la chica esbozó una amplia sonrisa a boca abierta mientras desviaba su brillante mirada. Agarrando su colgante con una mano, empezó a hablar.
   –Es genial. Es un hombre encantador e ingenioso –Miraba al techo al hablar y empleaba exagerados movimientos con la mano libre–. Empezó en esto desde la humildad y ya es uno de los hombres más famosos de Grecia –señaló con asombro–. Es absolutamente increíble.
   “Vaya con la princesita...” me dije.
   –¿Tendrá alguna aparición pública dentro de poco?
   La mujer me contó que el tipo sería entrevistado esa misma noche en Atenas a las veinte horas, en una de las emisoras de radio más populares del país, así que me encaminé de vuelta a la capital.
   Antes de volver a Atenas, recorrí parte de la ciudad de Patras para comprobar la difusión con la que contaba ya el vino. Me preocupó la gran aceptación con la que contaba en casi todos los lugares, como bares, restaurantes, supermercados... Pregunté sobre él a varios empleados de aquellos comercios, y maldije al no encontrar a una sola persona que no me dijera que le encantaba ese producto. Me pregunté, entre preocupado y asqueado, qué efecto podría tener en el país aquel vino en un futuro próximo, cuando probablemente no quedara nadie que no lo consumiera.
   En el taxi, casi le pregunté al taxista si podía sintonizar un momento en la radio la emisora en la que sería entrevistado Caristeas, pero no creí que me hubiera servido de nada, pues rondaban todavía las seis de la tarde. En su lugar le pregunté si había visto u oído algo extraño desde la noche de aquellos extraños rayos. Le comenté lo extraño que me parecía que poco después de aquella noche diversos personajes desconocidos –el mismo número exacto de personajes como de rayos– surgieran de la nada para ocupar puestos de poder o popularidad en el país. El tipo me comentó que no se había fijado en eso, y que tampoco creía que fuera importante.
   Salíamos de Patras cuando un sonido de cristal roto, seguido de un gemido sordo emitido por el taxista, me sobresaltó.

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