lunes, 1 de febrero de 2016

Capítulo 3: Frío inmortal



Capítulo 3 de Frío Inmortal.


2


Presente

A sólo unas horas de llegar a la isla de Noruega tras muchos días en el mar, el equipo se encontraba rodando una de las escenas más formales de la película. Antes de eso, Cachet había intentado grabar, por segunda vez, alguna escena en la que Siana y Brannock hablasen de las armas. Ellos se negaban a revelar esa parte de su mundo. De haberlo hecho, el público podría haber pensado cosas muy negativas y era algo exclusivamente interno, algo muy personal para la seguridad del equipo.

Durante los días anteriores, la directora había estado finalizando cada una de las partes que debía cumplir con los demás miembros: Glendower, el menudo pero musculoso capitán y antiguo pescador de cincuenta y siete años, ese alegre hombre de nariz aguileña y frondosa barba blanca plateada, había hablado sobre pesca, sobre los mandos del buque y sobre el resto de sus obligaciones; Hedd, el muchacho de dieciocho años rubio y con gafas graduadas, había realizado un recorrido por el aspecto técnico del Kraken; Brannock había dado un repaso general al equipo y a la expedición comentando, entre otras cosas, qué aportaba cada uno de los miembros así como él mismo o cómo habían acabado conociéndose y uniéndose. La propia Cachet había recordado todo lo que se refería a la realización de las películas y el papel de la cadena de televisión. Por último, Siana había sido entrevistada para que diese su opinión personal, su punto de vista sobre el viaje, y para que hablase de la historia nórdica antigua, centrándose principalmente en aspectos arquitectónicos, religiosos y culturales, vikingos y no vikingos. Entre ellos, los relacionados con la realeza u otros de los personajes más relevantes del país, así como el procedimiento que emplearían a la hora de inspeccionar las ruinas en caso de que existieran.
Así que Cachet, esta vez con una cámara más grande y profesional sobre un trípode, mantenía ahora un plano amplio y estático de la cocina, de Fabrizio tras una mesa, quien explicaría lo relevante a los alimentos y mostraría la manera de cocinar cada uno de ellos.
Esa era una de las “secciones de relleno” (como Siana las llamaba) que la cadena les obligaba a producir.
Buenos días, Fabrizio –empezó a hablar Cachet cuando el encargado de claqueta dio la señal de comienzo, usando un tono formal que no solía emplear en situaciones normales–. Cuéntanos qué vas a preparar esta vez.
Aparecer ante la cámara interactuando directamente con el resto de los integrantes era una labor que Siana se había negado también a realizar. Había tenido que hacerlo a pesar de que varios miembros del equipo insistían en que lo hiciera por ser “la cara” de todo el embrollo, pues nunca había logrado sonar o comportarse a su modo natural salvo cuando trabajaba, momento en el que podía hacer caso omiso de la cámara y del asunto de la película sin problemas. Ni siquiera le interesaba el mundillo de la televisión, centrando sus pensamientos únicamente en la arqueología, en sus propios planes y labores. Por ello, era a su amiga a quien le tocaba hablar desde detrás de la cámara.
Cachet mostraba siempre una sonrisa cuando lo hacía. Sin embargo Siana, expectante a su lado, sospechaba que era algo forzado, pues se fijó en que, cuando la directora estaba en silencio, una severidad, una expresión de absoluta concentración, volvía rápidamente a su semblante para observar con analítica atención la escena que estaba en marcha, pidiendo repetirla sin vacilar si lo creía necesario.
¿Por qué esos cambios tan repentinos?” se preguntaba la arqueóloga entre divertida y extrañada.
En el fondo, creía conocer el origen de esos cambios, que no eran tan notables hasta hacía unos cuatro años atrás. Le hacían cierta gracia y, al mismo tiempo, le inquietaban. Era casi como si la siempre alegre Cachet se transformase en otra persona, en una muy opuesta, adoptando un comportamiento mucho más profesional, aunque sólo en los momentos más serios de su trabajo. Una cara que a Siana siempre le sorprendía ver en su amiga. Además, y a pesar de que la directora no solía ponerse ante la cámara durante escenas como aquella, se maquillaba cuidadosamente bien y se vestía de manera más formal. Por su parte, Siana siempre se había negado cubrir su rostro con porquerías alegando que era una científica y no una estrella de cine, que su verdadera cara (que podía fácilmente acabar cubierta de suciedad durante el trabajo) era la que debía ver la audiencia. Ni siquiera entendía el interés de Cachet en que permaneciese allí, observando las escenas que no le incumbían en lugar de permitirle seguir con sus propias labores. Ese no era su campo. En términos televisivos, no era su sección para con la película.
Fabrizio, en cambio, actuaba de un modo más jovial ante la cámara, más incluso que como se comportaba normalmente. A menudo exageraba tanto sus movimientos y forma de hablar que hacía pensar a Siana que aquello sería mucho más divertido de lo que había esperado.
Muy buenos aunque nublados días, Cachet. Lamento decir que esta vez tampoco habrá muchas novedades con respecto a las expediciones anteriores –respondió el cocinero, enfundado en su albo uniforme de cocina y con un gran cuchillo en la mano derecha–. Como ya sabrán en casa, un campamento requiere alimentos que puedan conservarse bien durante mucho tiempo. Así que Siana, un servidor y los demás nos mantendremos a base de vegetales como zanahorias y naranjas, de panceta, de embutidos, de mazorcas de maíz… –Levantaba los productos para mostrárselos a la cámara a medida que los mencionaba, de los que tenía un ejemplar de cada uno frente a él–. En resumen: cosas que se pueden preparar en una hoguera o comer directamente. Pero además de eso, habrá también sándwiches vegetales, frutos secos, galletas de almen…
¡Oziel! –exclamó de pronto Cachet.
Oziel entró en escena de manera inesperada, como si no estuviesen rodando, amenazando con echar mano a alguno de los alimentos. No era la primera vez que hacía algo así. Los demás aceptaban su particular humor y naturalidad sin molestarse ya en eliminar esas intervenciones de la película. Intervenciones que, por otra parte, hacían a la película más entretenida y al equipo más real.
¡Eh, tú! ¡Saca tus pezuñas de mi cocina antes de que añada picadillo de carne humana al menú! –Fabrizio sacó al invasor a empujones, una escena que levantó risas entre varios miembros del equipo presentes. Tras eso, volvió al trabajo, recolocándose el gorro y carraspeando para aclararse la voz–. Como iba diciendo antes de esta interrupción, Cachet…
Un momento, Fab. Sia, ¿no quieres echarle una mano?
¿Eh?
Eso pilló por sorpresa a la arqueóloga, que por un segundo no supo cómo reaccionar. Hasta ese momento creía haber dejado clara su negativa a situarse ante la cámara en momentos en los que ella no estaba trabajando.
Sí. Que venga la responsable de todo esto –apoyó el cocinero.
No, chicos. Voy a pasar.
Sia, es “tu viaje” –insistió Cachet, en voz más baja–. Opino que esta vez deberías aparecer siempre. Por favor, por favor, por favor.
Mi viaje…”
Siana maldijo. Precisamente por ser “su viaje” se sentía menos motivada que nunca a salir en la película. Le había costado mucho decidir no anular la producción. ¿Y ahora esto? Esperó que al menos Cachet hubiera sido lo bastante sutil como para que nadie sospechase nada.
Sé que Siana Rohde y cuchillos forman una combinación peligrosa –La sonrisa de Fabrizio se agudizó–. Pero me arriesgaré. Ven aquí ahora mismo o iré a buscarte.
Estoy mejor lejos de una cocina –respondió Siana, algo temerosa de que sus palabras estuviesen siendo grabadas. Hacía algunos años, ella, una diestra usuaria de cuchillos tácticos, le había regalado por accidente al cocinero un pequeño corte en un brazo con un cuchillo de cocina durante un momento de diversión culinaria, en Worrington Hall–. Me quedaré aquí quietecita. Gracias.
Bambola, la cámara sigue grabando. Nos estás haciendo perder tiempo y dinero. Vas a venir.
Por favor, sobrina –intervino Lord Myklebust–. Me gustaría verte por una vez en un momento en el que no estés escarbando en la tierra y esas cosas–. Y estoy seguro de que a tu madre también.
Siana volvió a maldecir por que quisieran verla en su peor momento y en uno de los días menos indicados. Al verse acorralada, acabó cediendo. Con una sumisión desganada, se situó al lado de Fabrizio. Aquel le sorprendió con su saludo: regalándole un beso en la mejilla. Después ella realizó un par de tímidas reverencias ante los aplausos de los presentes, con una sonrisa forzada. El aplauso de Blake fue el más enérgico.
Bien. Ahora que tenemos a la jefa aquí… –El cocinero retomó su labor.
Siana resopló, sonriente.
Si aquí hay algún jefe es Brannock. No yo.
A ti también se te da muy bien dar órdenes cuando hace falta, cariño. Ahora que tenemos a la estrella con nosotros –rectificó él, haciendo hincapié en “estrella”. Siana negó con la cabeza con gesto rendido, mirando sonriente a la cámara–, vamos a continuar. Como iba diciendo, habrá también frutos secos, galletas de almendra, arándanos u otros –Ahora era la arqueóloga quien mostraba los productos, adoptando poses algo exageradas, sin permitir que su ligero bochorno le detuviera–. Incluso sin gluten por si alguien debe llevar una dieta más estricta. No es necesario mencionar la presencia de un delicioso pan de maíz, carne seca, huevos cocidos, puré de patata en polvo, y… chocolate, ¿verdad?
Mmm… –Siana se relamió–. Chocolate para las chicas. Gracias, Fab, eres un amor.
No te pases, mi golosa amiga –Él le devolvió la sonrisa–. Ya sabemos lo bien que os hacéis las tontas cuando os conviene. Sobre todo nuestra directora, la señorita Voclain –Cachet sonrió, mordiendo su bolígrafo con aire travieso, cuando todas las miradas se fijaron en ella. Siana supo que su amiga reprimió una réplica únicamente por estar trabajando–. Y claro, habrá café, té, salsas, aceite y agua embotellada. Como alguien diga que no nos he suministrado bien ­–Bromeó el cocinero agitando el cuchillo en un gesto amenazador en dirección a Siana–, no respondo de mis actos. Y ahora… ¿Qué iba? ¡Ah, sí! Pasemos a lo último.
¿Significa esa mala cara que algo no te gusta, Fab? –preguntó Cachet.
Me alegra mucho que me hagas esa pregunta. ¡Desde luego que sí! Hay algo que no me gusta nada en absoluto y es lo siguiente. Fíjate: sopa de arroz de sobre. Frijoles y pescado enlatados –Esta vez fue el propio Fabrizio quien exhibió los alimentos, de forma agresiva–. ¡Sobres y latas! En mi opinión, productos como estos son de los que más debe detestar un cocinero medianamente decente –Entonces se dirigió a la cámara–. A las buenas gentes que nos ven: ¿sabéis cuántos aditivos indeseables y repugnantes llevan estas cosas? ¿Cuántos…?
Vale, Fab –Siana le detuvo cogiéndole por el brazo, siempre con una sonrisa en el rostro. Era parte del proyecto que todos mostrasen su personalidad, que dijesen lo que pensaban. Entre otras cosas, porque ninguno de ellos era actor. No había guión alguno. Lo que rodaban no era un documental corriente (algunos de los fans lo consideraban más algo así como una biografía), pero tampoco era una de esas películas comunes para la gran pantalla. Con todo, aunque procuraban no dar demasiada rienda suelta a sus sentimientos, a veces los más apasionados se dejaban llevar más de lo deseable–. Seguro que a buena parte de nuestro público le interesa mucho lo que tengas que decir. Pero no es el momento. ¿No crees? –Ella puso énfasis en la pregunta para asegurarse de que Fabrizio entendía a qué se refería, enseñando mucho los dientes.
Es cierto. Perdón. Me guardo a la bestia y seguimos.
La extensa sección de Fabrizio prosiguió hasta su final. Entre más bromas y risas, hizo probar a Siana algunos de los platos que iba cocinando en directo para que diera su sincera opinión. Para ese mismo propósito, invitó a acercarse a Cachet, pero aquella se negó alegando que ya estaba bien acompañado, respuesta que casi borró por completo la sonrisa de la arqueóloga. Al terminar la sección, él volvió a besar a Siana y, entre aplausos, le avergonzó obligándole a girar sobre sí misma al grito de “¡Siana Rohde, señoras y señores!”

Ya libre de atención, Siana se desprendió por fin de su “yo intérprete” para hablar con el líder de la expedición en un pasillo solitario. Cachet seguiría ocupada con otros asuntos, así que no tendría que preocuparse por ella.
Quería preguntarte por mi padre, Brannock.
¿Mm? Creía que querrías que habláramos otra vez sobre el trabajo. Muy bien, niña. Pregunta lo que quieras.
Ahora que mi padre no está, me gustaría saber cómo os conocisteis –Una parte de Siana se sentía algo desconsiderada, egoísta en cierto modo por no haberle preguntado eso a nadie antes, durante los muchos años en los que Brannock y ella se conocían.
El hombre se tomó una breve pausa para reflexionar.
Nos conocimos en Cardiff. Antes de que tu madre te llevase en el vientre. Antes incluso de que él se divorciara de Lady Vanora. Por aquel entonces yo sí estaba ya divorciado. Me dedicaba a enseñar escalada a niños.
Siana no pudo contener una risa nasal.
¿En serio? Tú nunca has tenido paciencia con los niños. Apenas puedes aguantarnos a Cachet y a mí…
Aprendí a ser paciente tratando con niñatos en el ejército, te lo aseguro –sonrió él–. Pensándolo bien, puede que la mayor lección de paciencia hayáis sido precisamente vosotras dos –Siana le golpeó en el pecho como si la broma le hubiera ofendido–. Beynon me abordó ofreciéndome un contrato para que le acompañase en su primera expedición, por la que parecía muy excitado. Yo no había esperado algo así. Menos aún de alguien de vuestra clase social –Con una mueca, Siana desvió la mirada bruscamente hacia la ventana que daba al mar y al lejano horizonte rojizo del atardecer, rechazando las últimas palabras de su interlocutor–. Aquel día Beynon estaba en la capital porque iba a dar una especie de conferencia sobre arqueología. Al decirle que me pensaría su oferta, me invitó a asistir. Me dijo que me presentase allí, que quizá aquello me convenciera.
Qué confianza –Siana se sorprendió.
Brannock agudizó la sonrisa.
Siempre fue un hombre muy seguro de sí mismo. No recuerdo haberle visto dudar una sola vez desde que le conocí. Debo decir que en aquella época no parecía un hombre tan feliz como lo era unos años después.
La época de su matrimonio con Lady Vanora –comentó Siana como quien no quiere la cosa.
Brannock siempre se había negado a inmiscuirse en las conflictivas relaciones de los Rohde. Siana había hablado únicamente con su medio hermano –y más por tratarse del padre de ambos que por otro motivo– para informarle de que iba a buscar a su padre en este último viaje. Sin responder al comentario de la chica, el instructor siguió con su relato segundos después.
Sin embargo, sí que era el ambicioso soñador que he visto siempre en él.
Supongo que asististe a la conferencia, dado que estás aquí.
¿Cómo rechazarlo? –Brannock rió y Siana le acompañó. Después él bajó la mirada, volviendo a los tiempos pasados que ella intuía que añoraba. Su sonrisa apenas se mantuvo–. Su trabajo… Tu trabajo… Ser parte de algo mayor… Despertó en mí un fuerte interés.
Me cuesta creer que un hombre de acción como tú fue seducido por la arqueología. Por la ciencia.
Oh, hay más acción en la arqueología de lo que puede parecer cuando no se está familiarizado con ella.
Sí. Tal vez.
Y mi trabajo no tiene nada que ver con vuestra ciencia. Beynon me abrió los ojos a un mundo nuevo y lleno de posibilidades. Fue una gran sorpresa. Siempre fue muy persuasivo. Y mis habilidades parecían encajar bien en ese mundo. Así que… ya me ves. Trabajando con su hija como hice con él. Con la siguiente generación de Rohde –Brannock resopló, echando la cabeza atrás y apoyándose en la ventana–. Qué viejo me siento cada vez que lo pienso…
Vamos, no eres tan viejo. Como tú mismo dices, aún puedes darnos mucha guerra. ¿Conocías a mi tío ya? ¿Te habló mi padre de él?
No. No le conocía hasta que se unió a la expedición. Claro que tu padre no llegó a volver a Gales después de conocerle –Siana notó la sombra de mal humor que cruzaba el semblante de Brannock al mencionar aquello–. Ni siquiera sabía que tu madre tenía un hermano.
Entonces Siana adoptó una actitud más severa e insegura.
Ahora que has mencionado a mi madre… –empezó a decir con la mirada baja.
Me temo que no puedo hablarte de Dahlia, Siana. Nunca llegué a conocerla. Y Beynon no la describió más que como “una mujer maravillosa”.
Al menos a ella le quería. Me alegra saberlo.
Me dio la impresión de que nunca fue tan feliz como desde que conoció a tu madre. Puede que su excitación fuese aún mayor únicamente cuando naciste tú. Sí… Era un hombre enamorado de su… nueva familia –Los labios de Brannock se estiraron sutilmente una vez más–. No tenía mucho tiempo para sujetarte entre sus brazos, pero apenas te quitaba el ojo de encima cuando estaba contigo. Siempre quería llevarte con él a todas partes.
Y lo hizo. La mayor parte del tiempo.
Se quedaba completamente absorto mirándote cuando eras un bebé. Sobre todo por tus ojos. Decía que eras una niña preciosa, idéntica a Dahlia. Y que a medida que crecías te parecías aún más a ella.
Siana permaneció en silencio un momento. Brannock debió de notar algo en su rostro.
¿Qué ocurre, niña?
¿Ocurrió algo, Brannock?
¿Cómo qué? –se extrañó el aludido.
¿Seguían llevándose bien mis padres cuando él desapareció?
No sé qué pasó exactamente en Noruega antes de que desapareciera. Pero, que yo sepa, seguían queriéndose como el primer día.
Nunca me comentó esas cosas a mí. Siempre insistió en que prefería que conociera a Dahlia por mí misma, cuando me llevase a verla.
Beynon seguía completamente enamorado. Puedo asegurártelo. De Dahlia no puedo decirte nada. Tal vez Blake pueda responderte a eso.

La conversación con Brannock le había dejado más preguntas, más cosas que tratar, así que Siana fue directamente en busca de Lord Myklebust. El noruego seguía en la cocina, hablando de recetas y dietas con Fabrizio a solas. El resto del equipo había desmontado ya el plató de televisión.
Estoy descubriendo muchas cosas desde que estoy aquí, Siana –asintió Blake alegremente cuando ambos pudieron hablar en privado.
Parece que has probado las delicias de Fabrizio –sonrió ella.
No todas. Aún. He probado los ariancinos. ¡Todo un hallazgo! –exclamó el tipo, y ella rió–. Tengo pendiente deleitarme con el cannoli, el panforte… Ay… Cuántas cosas. Por desgracia debo controlar mucho mi dieta, pero me gustaría volver a visitar Italia. Con más tiempo.
Parece que ya te alegras más de haber venido.
Mi preocupación sigue ahí… Aun así, te agradezco mucho que me hayas permitido venir.
Eres familia. No hay nada que agradecer. Tío, me prometiste que me hablarías de mi madre cuando la expedición terminase, pero…
¡Oh, por Dios! –Blake levantó escandalizado una mano–. Dicho así es como si estuviera empleando el chantaje con mi propia sobrina, con alguien de mi propia sangre, para lograr mi propósito. ¡¿Qué dice eso de mí?! Perdóname –Cogió las manos de la chica y dobló las rodillas ligeramente–. No quiero que pienses que soy una especie de…
No lo he pensado. Estaba dispuesta a esperar –asintió ella a pesar de dudar de haber podido hacerlo, de que la impaciencia le corroía más y más a medida que pasaban los días.
Durante las expediciones anteriores, su ser siempre se había encontrado dividido entre el deseo de que terminasen cuanto antes y el de que durasen eternamente. Esta vez, el primero competía ferozmente con el miedo, con el deseo de mantenerse lejos de aquella isla, de hacer dar la vuelta al Kraken e intentar olvidar el asunto de su padre. En parte prefería conservar la minúscula mota de esperanza de encontrarle vivo algún día.
Le gustase o no, no podía permitir que ese miedo le dominase.
No será necesaria la espera –replicó Lord Myklebust–. Podemos hablar ahora, si lo deseas. Imagino que, mientras estemos en la isla, tendremos menos tiempo para ello. Y después… no creo que tarde mucho en dejaros para volver a mi hogar. Podrías venir conmigo en Noruega, si quieres y puedes. No estaremos muy lejos al fin y al cabo.
Siana dudó un momento, preguntándose si le convendría más esperar, dejar esa conversación para más tarde, dadas las circunstancias a las que se enfrentaría próximamente. Circunstancias en las que la menor distracción podía ser fatal.
Dime, tío, ¿sabes cómo se conocieron mis padres? –tuvo que preguntar finalmente–. Dicen que me parezco a Dahlia.
Y es cierto –Blake levantó la cabeza de Siana por el mentón para analizar sus rasgos con interés–. Me recuerdas mucho a ella. Cuando era más joven. Tienes sus mismos pómulos, sus mismos…
Los mismos ojos violeta “tan misteriosos”. Lo sé –La arqueóloga se libró de la mano de su tío con una brusquedad no pretendida. Que alguien viera en ella a su madre cuando la propia Siana ni siquiera la conocía le provocaba una extraña e irritante incomodidad, y eso le hacía desear aún más encontrarse con su progenitora–. Creo que es el rasgo que más me gusta, aunque llama demasiado la atención.
Puede que esa melena negra sea lo único que heredaste de Beynon. Tus padres se conocieron en Noruega. No te aburriré con detalles –informó Blake con un movimiento despectivo de su mano–. Se celebró algo así como una reunión entre la aristocracia.
Algo así me imaginaba –anunció Siana, aburrida.
El propio rey de Noruega se presentó allí. Le gusta coleccionar reliquias. Estaba muy interesado en tu padre y en la fama que le precedía. Fama que su hija ha superado, según dicen.
El rey conocía a mi padre –comentó Siana, reflexiva, más para sí misma que para ser oída.
Por supuesto. Como a muchos otros extranjeros célebres.
¿Y a mí? –Siana no se mostró muy interesada–. ¿Me conoce?
La posibilidad de verse con la realeza no le sorprendía. Ni siquiera con una ajena al Reino Unido. Debido a los hallazgos sobre el pasado de Inglaterra, Lord Beynon se había reunido con la reina de ese país igual que con el monarca noruego. Como solía hacer, aquel día había llevado también a Siana con él, cuando aún era una niña de unos ocho años.
Lo ignoro –respondió Blake–. Aunque no sería de extrañar que lo haga. Puede que incluso desee citarse también contigo algún día. ¿No te gustaría?
Mmm… –Siana no compartía el entusiasmo de su tío por esa idea. Reunirse con desconocidos no era algo que llamase su atención, sin importar quienes fueran.
Mi familia conocía ya al rey. Somos algo así como amigos, así que mi hermana coincidió con él y con Lord Beynon. Yo no pude asistir. Allí se conocieron los dos. Dahlia acabó quedándose hablando a solas con tu padre, puede que el alcohol animara las cosas un poco y… ¡bum! Aquí estás tú.
Ouch.
No pretendo decir que te engendraran aquel mismo día y animados por la ebriedad –se apresuró a explicar Blake. Su sonrisa se borró, mientras que la de Siana se estiró–. No me malinterpretes. Se dieron tiempo para conocerse. Y más tiempo para crear… –Señaló a su sobrina de arriba abajo– su mejor obra después de haberse casado.
Siempre estuve con mi padre. ¿Por qué nunca vi a Dahlia? Sé que ella visitó la mansión Worrington Hall, pero…
No, no siempre estuviste únicamente con tu padre. Dahlia permaneció en Gales unos meses desde que te trajo al mundo. Pretendía instalarse allí para vivir con vosotros. Con su marido y con su hija recién nacida.
Otra cosa que ignoraba.
Pero tuvo que volver a Gales. Te quería muchísimo, Siana. Era tan feliz contigo entre sus brazos como Beynon. No obstante, contrajo… una enfermedad que le impedía hacerse cargo de ti, que la mantuvo incapacitada durante años y que sólo sabían tratar en Noruega. No le culpes. Tu padre le envió algunas fotografías de ti y a ella le deprimía no poder seguir estrujándote entre sus brazos. Y eso empeoró cuando Beynon desapareció. Era tal su tristeza que nos preocupaba cada día más. Ni siquiera se atrevía a dejar que su hija le viera así. Ese es uno de los motivos por los que lo la has conocido en todo este tiempo. También estaba el hecho de que tú eras demasiado joven para viajar, que a tu padre le surgieron obligaciones de diversos tipos… Incluso Beynon y Dahlia tenían dificultades para verse.
¿Entonces ella está bien? ¿Ya está mejor?
Mucho mejor. Su enfermedad ha mitigado y con el tiempo superó el dolor de la pérdida de su esposo.
­–Has conseguido preocuparme.
Blake sonrió.
Tú le has ayudado a mejorar, sobrina.
¿Yo?
Desde luego. Ver a su hija y sus logros, aunque fuese únicamente en sus películas… Parece que le infunde vitalidad. Le hace sonreír. Eso y la promesa de llevarte a Noruega que me obligó a hacerle antes de venir a verte –rió el hombre, instalando otra vez una sonrisa en el rostro de Siana–. Ha visto alguna de tus películas más de una vez únicamente por verte.
Qué ganas tengo de verla…
Ten cuidado. Puede que debas librarte de su abrazo cuando os veáis para poder respirar.

Capítulo 1 aquí.
Capítulo 2 aquí
Capítulo 4 aquí
Capítulo 5 aquí

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