Capítulo 2: Cristalino

Cristalino

Segundo capítulo de Cristalino.


2

   Randa me llevó a comer al restaurante al que siempre había ido desde que estaba en las Orcadas. Como buena vegetariana, buscaba siempre los platos más apropiadosposible. Pidió una sopa de diversas verduras. Mi alergia me obligaba a mí a evitar el pescado, aunque, pensando en Lyla, procuraba también no pasarme con las grasas y demás porquerías. Mi plato fue una sopa de carne de ternera con verduras.
   –Hay algo que me intriga –comenté tras echar un par de sorbos de caldo caliente–. ¿Por qué decidiste venir aquí, justo ahora?
   –Te veo muy interesado en mi vida personal, Monroe –sonrió sorprendida–. ¿Por qué lo preguntas?
   –Bueno, vienes hasta aquí y Murray desaparece.
   –Yo no maté a Murray, si es lo que te estás preguntando –dijo sin perder la alegría–. ¿Crees que tengo motivos? Apreciaba mucho a ese hombre. Llegué aquí el día posterior a su desaparición, y puedo demostrarlo. Ni siquiera llegué a verle, y ojalá lo hubiera hecho. Tenía muchas ganas de hacerlo. Ojalá… hubiera venido antes. Quizá así no estaríamos tú y yo aquí ahora.
   Se detuvo, desviando la mirada con aire reflexivo.
   –Pero… ¿por qué ahora? –insistí.


   –¿Sabes guardar un secreto? –preguntó tras otro momento de duda. Su sonrisa se había esfumado por completo.
   –¿Qué secreto? –desconfié.
   –Es necesario. No puedo decirte nada que vaya a salir de aquí.
   Me lo pensé un momento.
   –Seré una tumba.
   –Tengo que pedirte que me lo prometas por tu vida.
   –Por mi vida que no diré una palabra –prometí.
   –En Londres no lo saben, pero en realidad no vine simplemente porque me apeteciera ver a Murray. Este viaje tenía poco o nada de vacacional.
   –¿Por qué viniste?
   –Murray me envió una carta. Por eso estoy aquí.
   –¿Te envió una carta a ti?
   –¿Qué pasa? –rió–. Murray y yo nos llevábamos muy bien, Monroe –afirmó con orgullo.
   –Quiero decir que me sorprende que te enviara una carta únicamente a ti después de tantos años. Y Audel sólo me mencionó la carta que él recibió de ti.
   –No podía hablarle a nadie de la carta de Murray.
   –¿Y eso?
   –Él me lo prohibió. Me dijo que quería contarme algo, que debía de ser en persona y que únicamente confiaba en mí. No sé… Aunque sólo me lo dijo por carta, me pareció… inquieto. Asustado tal vez. O puede que sólo estuviera… emocionado. Sus trazos eran más difíciles de entender de lo que recordaba, como si escribiese con prisa. Vine lo antes posible temiendo que no fuera un simple reencuentro de viejos compañeros. Sospecho que, aunque no lo pidió directamente, podía necesitar ayuda.
   –¿Y acudió a ti? ¿A alguien de tan lejos?
   –Hemos pasado algunos años juntos. Y Murray era un hombre despistado, totalmente poseído por sus estudios.
   –Eso parece cierto.
   –Nunca se casó, que sepamos, ¿verdad? Nunca debió de tomarse demasiado tiempo para encontrar a alguien. Aunque parece que muchos le conocen por aquí, puede que no tuviese a nadie por estas tierras en quien confiase de verdad y que por eso recurriese a mí.
   –Y no sabrás qué quería decirte.
   –Ojalá lo supiera.
   –A ti te gustaba la naturaleza tanto como a él. ¿Crees que puede que tenga algo que ver con eso?
   –No imagino qué podría ser tan importante entonces. Cuando llegué aquí tan intrigada como alarmada, ¿sabes qué encontré? Que Murray había desaparecido justo el día anterior y su casa había ardido –Chasqueó la lengua–. ¡Toma sorpresa!
   –¿Ardido? –Eso sí me sorprendió. Empecé a pensar que el caso podía ser más complejo de lo que había creído–. Audel tampoco me contó ese importante detalle. Se encogió de hombros.
   –Se me debió de olvidar contárselo.
   –Entonces existe la posibilidad de que alguien quisiese asesinar a Murray –afirmé reflexivo.
   –Eso es lo que temo. Quizá fuera eso lo que le asustaba. Podría estar metido en algo gordo. ¡Pero no pensemos en eso! Aún no sabemos nada. Quizá hubo un simple accidente en su casa. Aunque su desaparición resulta… –Agitó la cabeza, dudosa–. Todo debe estar relacionado con lo que quería decirme. Tengo una corazonada. Odio ser pesimista, pero yo me inclino por que estaba en peligro. Aún están examinando su casa, de todos modos.
   –¿La casa de Rousay?
   –Sí. Dicen que Murray desapareció en Rousay. Están buscándole en el mar también.
   –¿Por qué zona desapareció?
   –Nadie sabe con exactitud por qué parte se sumergió por última vez, así que puede que tengan que sondear buena parte de los alrededores de la isla. Pueden tardar en encontrarle, si es que llegan a hacerlo.
   –¿Y su casa de Kirkwall? ¿Aún era suya?
   –Me dijo que no pisaba esa casa más de una o dos veces al mes desde hacía bastante tiempo, que pasaba la mayor parte del tiempo en Rousay. Me acerqué una vez a esa casa y llamé a la puerta para comprobar si alguien vivía allí. Nadie respondió. Ni esperaba lo contrario.
   –Deberíamos echar un vistazo a esa casa.
   –Creo lo mismo. Pero me temo que son las autoridades locales quienes dirigen este caso. Estoy esperando a que me den permiso para echar un vistazo a las dos casas. No sé si me lo permitirán.
   Randa apenas me dio tiempo para echar una meada cuando terminamos de comer. Tras el viaje y la comida, me moría por arrojarme unos minutos sobre una cama. Hasta el duro suelo me habría servido. Pero esa mujer no podía quedarse quieta. Estaba ansiosa por dar con el viejo.
   –Venga, gruñón, ya dormirás después –dijo mientras tiraba de mí–. ¡Tenemos que encontrar a Murray!
   Tuve que obligarme a dar un paso tras otro detrás de ella. De tanto en tanto se detenía para esperarme, pues me dejaba atrás. Que nos desplazásemos a pie hacía la experiencia aún más detestable. Empecé a desear haber pasado de Audel, haberme quedado en Guildford tan tranquilo.

   Mi incansable compañera me arrastró hasta la casa de Murray, la de Rousay, donde encontramos a un equipo de la policía. El sargento Kendrick Copeland, un tipo algo más joven que nosotros y estatura más bien baja, parecía ocupado en redactar un informe mientras hablaba con otro hombre.
   –Estamos terminando de examinar la casa, inspectora Green –anunció.
   –¿Podremos revisarla nosotros, sargento?
   Copeland echó un vistazo a la casa con aire reflexivo.
   –No creo que sea buena idea dejar que entren ahí. Podríamos tener que volver si descubrimos algo nuevo. Si alterasen las pruebas…
   –Oiga, hemos venido desde Londres para buscar a Murray Wingfield –intervine–. Tenemos que entrar en esa casa.
   –Ajá. Lo entiendo, pero…
   –¿Y qué hace un in… glesito como usted tan lejos de casa? –La agente Coira Grey, de unos treinta años, piel más bien pálida, coleta de fuego y separados ojos esmeralda, se acercó con actitud chulesca, despectiva.
   –Coira –Copeland trató de controlar a su agente.
   –Aquí no necesitamos seño… señoritos londinenses –siguió aquella.
   –Somos inspectores –informé–. Hemos venido a…
   –Como si son la m… aldita reina y el maldito príncipe de Inglaterra. Usted y su… amante están fuera de lugar aquí.
   –Eh, ¿de qué va todo esto? –intervino Randa, ofendida.
   –Señora mía, este caso no es suyo.
   –Murray Wingfield trabajó con nosotros en Londres, “señorita escocesa”. Es un amigo. No iremos a ninguna parte sin encontrarlo.
   –Ah, ¿sí? –Grey se acercó ahora a mi compañera–. Da la cas… casualidad de que Wi… Wingfield era un ciudadano escocés. ¿Verdad? Debería dejar a los profe… sionales hacer su trabajo. Aquí tratamos casos de verdad. Vuelvan los dos a jugar a su capital de estirados.
   –¡Coira! –insistió Copeland.
   –¿Señor?
   –Retírate.
   –Bah…
   Coira se alejó, con paso más acelerado.
   –Perdonen a mi agente –pidió el sargento–. Siente un profundo desprecio hacia los ingleses.
   –¿Por algún motivo que debamos saber? –indagó Randa.
   –Creo que tuvo… sus diferencias con alguno de ellos en el pasado.
   –¿Es escocesa? –pregunté yo, intrigado por la forma de hablar de Grey.
   –Su familia era… lituana, creo. Escuchen inspectores: me temo que no puedo permitirles entrar en esa casa. Su gente nos informó de que vendrían, pero debemos proteger las pruebas a toda costa. Al menos por el momento. Seguro que lo entienden.
   –¿Podría al menos decirnos qué han descubierto? –pregunté.
   El sargento reflexionó un momento.
   –Por el momento, no mucho. Sólo que el fuego parece haberse iniciado en el sótano.
   –¿Qué hay en el sótano?
   –Libros… Cosas quemadas. No hemos encontrado nada que pudiese haber provocado el incendio, salvo, tal vez, la cocina, que no se encuentra en el sótano. Nos preguntamos cómo ha podido pasar y, sobre todo, cómo han podido las llamas propagarse como lo han hecho. Lo han calcinado prácticamente todo. Por el momento, no hallamos una explicación clara.
  –¿Cree que pudo haber… sido provocado? –Randa parecía temer de verdad esa posibilidad.
   –Esperemos que no sea el caso. Existe esa posibilidad, claro.
   –¿Sabe si vivía alguien más en esta casa? –Retomé la palabra–. ¿Vivía Murray con alguien? En esta casa o en la de Kirkwall.
   –Pues… tanto esta casa como la de Kirkwall están también a nombre de una tal… Firtha Wingfield.
   –¿Wingfield? –Randa y yo nos miramos sorprendidos. Que nosotros supiéramos, Murray no tenía ningún familiar vivo.
   –¿Quién es? –quiso saber Randa.
   Copeland se encogió de hombros.
   –¿Su esposa tal vez?
   –Murray no estaba casado.
   –Sea quien sea, no hemos podido dar con esa mujer todavía. Aún intentamos hablar con ella.
   –¿No hay algún modo de que nos permita echar un vistazo? ¿Uno pequeñito? No tocaremos nada.
   –Por ahora no, inspectora. Lo lamento.

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