Capítulo 3: LA DESHONRA DEL GUERRERO

La deshonra del guerrero

Tercer capítulo de mi libro.


3

   –¡Arriba, monje! Hora de trabajar.
   Tsuki volvió a despertar a Raiko a la mañana siguiente. Iba vestida ya para el combate. Aquel se desperezó y se vistió, adormilado.
   –¿Qué hiciste anoche? –preguntó él cuando ambos se dirigían al área de entrenamiento, interesado más que nada por saber lo que podría tener que hacer él cualquier día.
   –Matamos a un mensajero de la emperatriz –respondió ella con naturalidad.
   Aquel día no varió nada con respecto a los días anteriores, pero mientras cenaban, Toshiro informó a Raiko de que tendría su primera misión esa misma noche.
   –¿Tendré que matar a alguien? –quiso asegurarse el joven cuando se encontraba a solas con Tsuki.
   Estaba nervioso, pues nunca había matado a nadie.
   –No, monje. Hoy no –respondió la chica, con una sonrisa divertida–. Solo tendrás que acechar los movimientos de un hombre.
   –¿Qué hombre?
   –Un consejero de la emperatriz o algo así. Alguien importante. Le acecharemos para descubrir cómo poder asesinarlo en otro momento con el mayor sigilo y limpieza posible.
   –¿Tú vendrás conmigo? –El príncipe desterrado no se habría atrevido a preguntar aquello en presencia del señor Karubo.
   –Sí. Pero solo para asegurarme de que no cometes alguna estupidez. Cómo te desenvuelvas es cosa tuya. Yo te seguiré y te daré alguna indicación si veo que vas a cometer un error.
   Los dos ninjas se vistieron de ciudadanos corrientes para pasar desapercibidos por la ciudad. No llevaron más arma que una daga oculta, por si no tenían más remedio que utilizarla, y una cuerda por si debían escalar hasta una ventana o el tejado de algún edificio. Ella iba agarrada del brazo de él para hacerse pasar por una pareja y llamar todavía menos
la atención.
   Siguieron a su objetivo hasta un restaurante, donde cenó entre risas acompañado por otro hombre y dos mujeres. Al final de la cena, el tipo y una de las señoras, que parecía ser su mujer, se despidieron de la otra pareja y se fueron hasta la que debía ser su morada. Entonces Tsuki y Raiko escalaron la fachada de un edificio contiguo para observar a su objetivo desde el tejado, tumbados uno junto al otro. La pareja perseguida conversó durante un rato, hasta que se fue a un dormitorio, donde empezaron a besarse y poco después a desnudarse antes de acabar sobre un futón.
   –¿Tenemos que ver esto? –preguntó Raiko, incómodo, mirando a su compañera.
   –No –contestó ella, sonriendo. Se levantó y se desplazó hasta otro lado del tejado para sentarse al borde, en silencio, para observar el cielo nocturno. Él se sentó de la misma forma a su lado mientras esperaba el momento de volver al bosque–. Lo has hecho bien, monje –comentó la chica en cuanto su aprendiz se sentó, sin mirarle.
   –Gracias. ¿Hemos terminado?
   –Sí.
   –¿Tendré que matar yo mismo a ese hombre? –a Raiko no le gustaba aquella posibilidad, especialmente ahora que sabía que tenía esposa, o una amante, y quizá también algún vástago. Aunque intentaba hacerse a la idea de que sería inevitable que tuviera que empezar a asesinar si quería permanecer con esos guerreros.
   –Eso aún está por ver. Puede que ni siquiera le matemos.
   –¿Nos vamos ya? –el chico estaba impaciente por irse de allí. Temía que alguien les descubriese.
   –¿Te gusta la luna llena, monje? –preguntó Tsuki segundos después, sorprendiendo con aquella inesperada pregunta a su interlocutor.
   Éste miró entonces a la luna, que esa noche era llena, y extrañamente le pareció más bonita de lo que le había parecido nunca antes. No supo qué responder. Al no obtener respuesta, Tsuki le miró. Su expresión era inusualmente tierna.
   –Nunca llamó mi atención tanto como para observarla detenidamente –confesó el guerrero.
   –¿Has estado con una chica en un momento así antes? –la guerrera volvió la mirada de nuevo hacia el resplandeciente astro.
   –No –se sinceró Raiko, y aquello le hizo recordar a su amiga Yuriko, a la que quizá no volvería a ver. Aquellas preguntas empezaron a inquietarle aún más. Se preguntó si la luna tendría la capacidad de cambiar la personalidad de Tsuki, de hacerla más dulce–. ¿Y tú estás con alguien? –se lanzó a preguntar en un arranque de valor, aunque no esperó obtener respuesta.
   –¿Me estás preguntando si tengo novio? –Tsuki volvió a mirarle, más seria ahora. Raiko empezó a creer que había cometido un error. Sin embargo ella volvió a sonreír y respondió–. Suelo dar miedo a los hombres por mi forma de mirarles. Sólo uno se atrevió a intentar cortejarme. Al principio dejé que aquello avanzara. Tenía curiosidad. Pero al final terminé con aquello.
   –¿Por qué? –eso despertó la curiosidad del antiguo monje.
   –No estoy segura. En realidad nunca me interesó lo más mínimo ese chico. No creí que valiese la pena llegar a algo demasiado íntimo con él. Y quizá también me asustara que él fuese demasiado rápido. Además puede que sólo le interesara yo por ser la única chica de entre nosotros. No pienso caer en algo así. ¿Has conocido a alguien que te gustase, que te interesase de verdad? ¿Alguien con quien quisieras vivir el resto de tu vida?
   –Sí. Aunque hace años que no la veo, y puede que no vuelva a hacerlo.
   –Lástima –estuvieron mirando al horizonte largos segundos en silencio, hasta que Tsuki volvió a hablar–. ¿Alguna vez has pensado en que tienes un objetivo en la vida mayor del que crees? ¿O que estás vinculado de alguna forma con ese objetivo? –Raiko no encontró respuesta–. Da igual. No me hagas caso, monje. Son cosas mías –la chica agudizó la sonrisa.
   –¿Conozco ese chico con el que...? –preguntó entonces él.
   –Puede que te lo cuente algún día, monje –Tsuki volvió a mirar a su interlocutor, con la misma expresión que antes y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado–. Pero no será hoy.
   En ese momento Raiko, sin sentirse dueño de sí mismo, como si estuviera hechizado, empezó a inclinarse lentamente hacia ella, con intención de besarla, aun presintiendo que sería una estupidez. Cuanto más conocía a aquella mujer, cuanto más tiempo pasaba con ella, más le gustaba. Por un segundo creyó que ella le permitiría besarle, pero enseguida recuperó el control de su cuerpo y olvidó la idea.
   “Te considera un idiota. ¿Esperas que se entregue a ti?” se reprendió a sí mismo. Después pareció que el auténtico ser de Tsuki volviese a ella. Su expresión volvió a endurecerse, y Raiko sospechó que podría haberse dado cuenta de lo que estuvo a punto de hacer.
   –Oye, ni se te ocurra pensar que puedes intentar algo conmigo ahora, monje –advirtió la chica–. Me he puesto un poco sensible, pero no por ti. Levanta tu maldito culo y vámonos –ordenó mientras se ponía en pie.
   El príncipe desterrado pasó los días siguientes entrenando en combate, pero también practicando con el shamisen por las noches, un rato con Toshiro y otro a solas. Una de esas noches, Tsuki se unió a él con un shakuhachi.
   –¿También sabes tocar? –preguntó Raiko con curiosidad.
   –Únicamente aprendí para poder hacerme pasar por una geisha y acercarme a mis víctimas. A los ninja les conviene poder hacerse pasar por lo que sea necesario para poder entrar en cualquier lugar.
   –No te imagino de geisha –el joven sonreía, entre sorprendido y divertido.
   –Cierra la boca, monje.
   –¿Te enseñó tu padre a tocar?
   –Mi padre me mandó a una casa de geishas. Intentó convertirme en una de ellas. Hasta que no pude más.
   Al antiguo monje no le sorprendió una respuesta así. Ambos tocaron melodías con sus instrumentos al mismo tiempo. Ella le recriminó en varias ocasiones con su habitual grosería por emitir algunas notas que le parecieron espantosas. Pero aquello no era más que un juego, con el que ambos disfrutaban con la compañía del otro.
   Una noche posterior, llegó el momento de que Raiko asesinara a su primera víctima, por lo que se mostró muy tenso. Tsuki se ofreció a masajear sus hombros, sonriendo divertida, para intentar tranquilizarle. El objetivo era un caudillo militar de la emperatriz de menor importancia.
   –La mayoría está nervioso ante su primer asesinato, muchacho –le informó Toshiro antes de ponerse en marcha.
   –¿Vos también lo estuvisteis, señor? –indagó el joven.
   –Yo también, sí. Lo confieso. Te deseo suerte.
   –¿Cómo voy a matarle? –preguntó Raiko cuando volvía a Kioto con Tsuki.
   –Mientras duerme –contestó ella.
   –¿A cuánta gente has matado?
   –Creo que no a muchos –la chica intentó recordar–. Pero he perdido la cuenta.
   –¿Qué sentiste la primera vez?
   –Asco. Hundir una daga en la carne y ver la sangre derramarse... Me pareció algo monstruoso. Llegué a preguntarme qué estaba haciendo, cómo había sido capaz de arrebatarle la vida a alguien. Pero me acostumbré. Cuando matas a varios, un acto como ese ya no te dice gran cosa. Se convierte en algo natural.
   “¿Acabarán todos los guerreros convertidos en seres insensibles?”, se preguntó el guerrero, preocupado. La idea de convertirse en una simple arma viviente empezó a resultarle menos alentadora.
   Los dos guerreros accedieron con sigilo a la residencia de su objetivo por una ventana de la planta superior. Allí descubrieron que había algunos hombres más durmiendo, todos armados con katanas. Raiko se puso más nervioso al pensar que, si despertaban, quizá tendrían que enfrentarse a todos ellos. Intentó mantenerse centrado en su misión. Se deslizó tras Tsuki entre los samurái durmientes con extremo cuidado, intentando no temblar, hasta llegar al dormitorio de su objetivo.
   –Todo tuyo –susurró la chica cuando estaban a pocos pasos del lugar.
   Raiko se acercó a aquel hombre que dormía boca arriba, mientras su compañera esperaba observando desde la puerta. Pensó que tal vez se sentiría más tranquilo si ella iba a su lado. El corazón intentaba salírsele del pecho con fuertes golpes. Palpó con detenimiento la empuñadura de su daga, como si intentara conocer mejor su herramienta.
   Al llegar hasta el individuo, se agachó a su lado, listo para clavar la hoja en su corazón. Pero se vio incapaz de hacerlo. Viéndose en la situación, aquello le pareció un acto extremadamente vil y cobarde. Siempre había esperado acabar con un enemigo derrotándole en combate, ofreciéndole una muerte honorable, en lugar de colarse en su casa a escondidas, como una sucia rata, y apuñalarle mientras duerme, sin darle siquiera la oportunidad de defenderse. Pensó que nunca podría perdonarse a sí mismo por algo así. Observó la suave respiración del hombre. Lamentó que no estuviera muerto ya, ahorrándole así tener que matarle. Examinó con detalle su rostro, intentando grabar en su memoria la imagen de su víctima. Creyó que era lo mínimo que debía hacer por él: conservarlo en su recuerdo de por vida, sin pensar en que más tarde ese recuerdo podría atormentarle.
   –¿A qué esperas? Hazlo –susurró Tsuki a su espalda, impaciente.
   Aquello le infundió ánimos. Alzó la daga para después realizar el descenso mortal. Pero permaneció en esa posición, congelado, hasta que el durmiente se agitó, abrió los ojos y le miró con sorpresa.
   –¡Socorro! –gritó el hombre mientras intentaba alcanzar su arma.
   Movido por el peligro del momento, Raiko apuñaló por fin a su víctima. Dejó la daga incrustada en el cuerpo y emprendió la huida desesperado.
   –Vámonos –dijo Tsuki, justo antes de echar a correr.
   El recién iniciado asesino la siguió mientras oía a los samuráis despertar y acercarse a toda velocidad. Siguió a la chica hasta otra ventana, desde la que volvieron a bajar con las cuerdas y huyeron del lugar en la oscuridad de la noche.
   –Creo que no nos siguen –Tsuki se detuvo cuando creyó estar a una distancia segura de aquella casa, respirando profundamente y se descubrió el rostro. Raiko se detuvo y se descubrió también, aunque hubiera preferido no parar hasta volver al hogar de los Karubo–. ¿Qué te ha parecido? –Los ojos de la guerrera brillaban. Estaba excitada.
   –Ha sido... emocionante –tuvo que reconocer él, con el corazón todavía luchando por salir.
   “Pero también ha sido una grandísima mierda”, caviló después, frustrado.
   –¿Por qué has tardado tanto en matarlo? –ahora la chica se puso más seria. Raiko no se decidió a contestar, mostrándose inquieto, lo que pareció preocupar a su exigente instructora, que se acercó más a él–. ¿Estás bien?
   –Siempre esperé acabar con un enemigo en combate justo y no así –confesó él finalmente–. Lo siento. Si el tipo no hubiera despertado, tal vez no hubiera podido matarlo. Fue el miedo lo que me movió entonces.
   –Sé que nuestros métodos pueden parecer viles, monje. Sobre todo para alguien que se inició en las artes samurái. Pero te acostumbrarás. Y si no... puedes volver a tu templo cuando quieras –“Espero poder acostumbrarme”, se dijo el antiguo monje–. Al menos no has hecho que nos maten. Pero la próxima vez espero que lo hagas bien, o acabarás obligándome a dejarte atrás y permitir que te cojan mientras yo me pongo a salvo. Ahora te estoy acompañando porque eres un novato, pero nosotros solemos irrumpir en un lugar en solitario para tener menos probabilidades de ser descubiertos, a no ser que vayamos a enfrentarnos a algunos enemigos en combate o algo así. En una situación normal, habrías entrado tú solo en esa casa. Vamos.
   En días posteriores, algunos guerreros ninja no volvieron a la residencia de los Karubo tras su misión, por lo que se les dio por perdidos. Pero los ninja no detenían sus obligaciones diarias por ninguno de ellos. No había misiones de rescate, ni funeral ni rezo alguno. Todo seguía como si nada hubiera pasado. Todos asumían lo que pasaría si les pasa algo y, si debían morir, su obligación era hacerlo sin delatar a los suyos bajo ningún concepto.
   –Estamos en guerra –explicó Toshiro–. Cualquiera de nosotros podría caer cualquier día, y todos lo sabemos. Todo lo que podemos hacer es seguir preparándonos y luchar con valor para asegurarnos al menos de que los caídos no se hayan sacrificado en vano.
   Raiko fue enviado a algunas misiones más junto con Tsuki, como de asesinato o de simple espionaje, hasta que llegó la última en la que ella le acompañaría, la última en la que se le consideraría un novato y tras la que, si tenía éxito, sería un auténtico ninja más, un título que él estaba impaciente por conseguir, y no solo por satisfacción personal.
   “Quizá cuando sea un ninja, Tsuki me respete más”, pensó esperanzado.
   De nuevo, la misión consistía en eliminar a un militar en su casa, en otra ciudad más alejada de Kioto. En aquella ocasión, su joven instructora ni siquiera entraría con él en la casa, limitándose a esperarle fuera, escondida. Cuando entró en la vivienda, Raiko se dirigió directamente al cuarto en el que debía estar su objetivo, convencido de que le asesinaría a sangre fría, como había asesinado a algunos otros antes. Pero al acercarse al lugar, vio que había alguna vela encendida.
   “Está despierto”, dedjo entre maldiciones. Nunca antes se había visto en aquella situación. Pensó por un momento en abandonar la misión y salir de allí por donde había entrado, o en pedirle ayuda a Tsuki. Estuvo a punto de darse la vuelta para irse, pero entonces pensó que podría quedar como un cobarde. En todo el tiempo que estuvo con los ninja, nunca había oído que uno de ellos abandonase una sola misión, por muy peligrosa que pudiese ser.
   Decidió acercarse para comprobar al menos cómo encontraría a su objetivo. Abrió la puerta corrediza con mucho cuidado y sólo lo suficiente como para poder espiar el interior de la estancia con un ojo. Y allí estaba. Aquel al que debía matar estaba sentado en el suelo con las pier- nas cruzadas y una espada a su lado, de espaldas a él, meditando. Habría creído que no sería demasiado difícil acercarse a él en silencio y cortarle el cuello. El problema es que no era un hombre, sino una mujer, como revelaba su largo cabello recogido con un kanzashi. No había matado a una mujer antes, y eso le parecía aún más vil que matar a un varón.
   Tras reflexionar un momento entre maldiciones, decidió que no podía salir de aquella casa sin hacer el trabajo. Imaginó que su objetivo era un hombre cualquiera más. Se dijo que aquella mujer no dudaría en atravesarle con su espada o en cortarle la cabeza si le descubría. Olvidó sus remordimientos recordando que era un ninja, que probablemente ninguno de su grupo dudaría en asesinar a una mujer, que asesinar a sangre fría era ahora su trabajo, y procedió. Sacó su daga y abrió la puerta para pasar. Avanzó con extremo cuidado hasta la desprevenida mujer, atento a cualquiera de sus movimientos.
   Pero cuando estaba a unos dos metros de su víctima, ésta cogió rápidamente su espada, la desenfundó y lanzó una estocada hacia él con un grito, directa a su estómago, al mismo tiempo que se ponía en pie. Raiko pudo esquivar el ataque, aunque casi le alcanzó. Por un momento, no supo si debería huir o quedarse y enfrentarse a su rival, que se había levantado y adoptado una posición de combate. Mantuvo la mirada fija en sus ojos.
   –¿Has venido a matarme? –preguntó la mujer, con la espada sobre su cabeza–. Veremos quién mata a quién.
   El antiguo monje pensó que lo más probable era que aquella samurái, que seguramente tendría mayor experiencia que él en combate, le superaría y le mataría. Aun así, siguió decidido a no dejar la casa sin hacer lo que fue a hacer. Quería evitar defraudar a los Karubo a toda costa.
   Se preparó también para la lucha. Ambos rivales se miraron fijamente, sin que ninguno de ellos se decidiera a atacar primero, hasta que la impaciencia por salir de allí pudo con Raiko y atacó.
   La mujer se defendió con destreza. Lucharon durante largo rato, en un combate en el que la espadachina sólo parecía estar probando al chico, estudiando sus puntos débiles. El ninja se cansaba más que ella. Siguió empeñado en acabar con la samurái, hasta que ésta consiguió herirle en el cuello. El corte no fue largo ni profundo, pero fue suficiente para que Raiko perdiera el valor y volviera a pensar en huir mientras aún mantuviera la cabeza sobre los hombros.
   Aunque fue la mujer quien le obligó a escapar. Ella le miró por unos segundos, sonriendo con una malicia burlona, antes de pedir ayuda.
   –¡Ahora! –gritó.
   En ese instante una puerta oculta se abrió, y empezaron a salir hombres armados por ella, a toda prisa. Raiko huyó por donde había llegado. Por el camino lanzó al suelo los abrojos con púas, que lograron retener a sus perseguidores al herirse los pies, pero antes de poder salir del edificio, se vio obligado a enfrentarse a un par de hombres que salieron a
su paso. Casi sin saber cómo, les derrotó sin mucha dificultad de uno en uno, matando a uno e hiriendo al otro. Ya sin obstáculos, salió por la misma ventana por la que entró.
   Una vez en el suelo, se sorprendió al verse atacado por más hombres. Antes de poder huir, le rodearon. No había modo de escapar. Tras él estaba la pared de la casa que acababa de dejar. A sus flancos y frente a él, hombres armados.
   “¿Los ninja pueden rendirse?” se preguntó. Pensó que quizá era su deber suicidarse o luchar hasta morir. Los samurái se suicidaban para evitar la vergüenza de la derrota o para evitar que les capturaran. Nadie le había dicho si debía hacer algo en concreto en una situación como aquella o si podía elegir por sí mismo. Se preguntó también dónde estaría Tsuki, deseando su ayuda. Supuso que si se rendía, seguramente le matarían de todos modos. ¿O intentarían sacarle la ubicación de los demás? Decidió luchar. Se dispuso a lanzarse contra aquellos hombres.
   Antes de dar el primer paso, un par de granadas de humo cayeron entre él y los samurái y levantaron una gran nube con la que no tardó en perder la visibilidad casi por completo. Los guerreros imperiales gritaban alarmados e intentaron alejarse de la nube mientras que él permaneció inmóvil, decidido esperar a que la nube se disipase para huir. De pronto oyó los gritos de dolor de un par de hombres, poco antes de que un brazo negro le agarrase.
   –¡Vámonos! –ordenó la voz de Tsuki mientras tiraba de él para escapar.
   Intentaron salir de allí, esperando que nadie les siguiera. Pero tres hombres furiosos siguieron su pista, así que se detuvieron para enfrentarse a ellos. Tsuki lanzó un shuriken, con el que neutralizó a uno de ellos. Raiko se enfrentó a uno de los que quedaban en pie y su instructora al otro. Lucharon intensamente, hasta que la guerrera fue herida en un brazo, emitiendo un grito de dolor. Aquello aumentó la velocidad y la rabia con la que el antiguo monje luchaba, venciendo así al fin a su enemigo. Después corrió a ayudar a la chica, que estaba ya en el suelo e intentaba eludir las escotadas de su enemigo como podía con el brazo sano mientras se alejaba de él arrastrándose desesperadamente.
   Al ver que Raiko se acercaba, aquel hombre olvidó a la chica para enfrentarse a él y, con ayuda de Tsuki –que hirió una pierna de su enemigo–, el ninja novato acabó con él.
   Agotado, Raiko ayudó a levantarse del suelo a su compañera.
   –Estoy bien, monje –afirmó ella antes de que él preguntara, cubriéndose la herida con una mano–. No es muy grave.
   –Gracias por sacarme de ahí –agradeció él.
   –¿Has hecho el trabajo?
   –No –reconoció él entre maldiciones–. El objetivo estaba despierto y me atacó antes de que pudiera acercarme lo suficiente, y pidió refuerzos. Fue como si me estuvieran esperando. Sin mencionar que casi me mata.
   “Y quizá me hubiera matado de no haberme hecho huir al pedir ayuda”.
   –¿Crees que te metimos en una trampa, monje? –indagó Tsuki al ver recelosa manera con la que él le miraba.
   –¿Lo hicisteis?
   –¡Claro que no! –la chica se mostró molesta, ofendida–. ¿Crees que te haríamos algo así? Ahora eres de los nuestros. No venderíamos a uno de nuestros guerreros, especialmente en plena guerra. Si quisiéramos tu muerte podríamos matarte nosotros mismos. Algunos militares o nobles se protegen con guardias de esa forma. Te prometo que no fue una trampa. A no ser que haya un espía o un traidor entre los nuestros. Que lo dudamos, pero nunca se sabe.
   –¿Y sabías que el objetivo era una mujer?
   –No. Pero eso es irrelevante. Es nuestra enemiga, y no hacemos esas distinciones. Acostúmbrate, monje. Puede que debas matar a más mujeres en el futuro. Puede que te toque a ti acabar con la mismísima emperatriz.
   “¿Acabar con mi hermana? No creo que pudiera... Maldita sea”. Raiko maldijo una vez más la posibilidad de llegar a aquello y el no poder revelar quién era él en realidad. –Vale, te creo –dijo–. Te pido perdón.

Capítulo 1 aquí.
Capítulo 2 aquí.
Capítulo 4 aquí.
Capítulo 5 aquí.
Capítulo 6 aquí.
Capítulo 7 aquí.
Capítulo 8 aquí.

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