Capítulo 7: LA DESHONRA DEL GUERRERO

La deshonra del guerrero

Séptimo capítulo de mi novela.



7

   Raiko esperó escondido a que los samurái se fuesen. Tenía la esperanza de que alguno de sus compañeros volviese allí al día siguiente. Cuando el fuego se hubo extinguido, buscó entre los restos calcinados del edificio el cuerpo de Tsuki. Prefería no ver la masa de carne y huesos ennegrecidos y aplastados en la que ella podría haberse convertido. Sabía que se arrepentiría de haberla buscado si encontraba el cuerpo, pero necesitaba comprobar si la chica había conseguido salir viva de allí, como esperaba.
   Buscó lo mejor que pudo. Sólo logró hacer un sondeo superficial. Había demasiados escombros, y demasiado pesados para moverlos él solo. Encontró un brazo carbonizado bajo los restos de la casa y, por un momento, se paralizó.
   “Podría ser una sirvienta que quedó atrapada”, caviló. No quería creer que aquel cuerpo era el de Tsuki. Necesitaba creer que seguía viva.
   Volvió a sepultar aquel brazo bajo los escombros para darle así algo lo más parecido posible a una sepultura.


   Durante las varias horas que estuvo allí, no vio volver a ninguno de los ninja huidos. Cayó en la cuenta de que no había visto a Takumi ni durante el ataque ni entre los cadáveres, por lo que sospechó que su antiguo instructor tendría algo que ver con que los samurái descubrieran su refugio. Recordó que aquel contó una vez que sus familiares vivían como pescadores en la ciudad costera de Himeji y se dijo, lleno de rabia, que quizá debería desplazarse hasta allí para buscarle y tener una conversación con él, que podría no ser pacífica. Aunque esperó no encontrarle armado, pues Takumi ya le había derrotado una vez y quizá habría acabado con él de no haber intervenido Tsuki.
  Dando definitivamente por disuelto su grupo, decidió buscar otro. Decidió buscar a aquel amigo y aliado de Toshiro para unirse a sus guerreros. Quizá alguno de sus compañeros se uniría también a ese hombre.
   Pero no podía dejarse ver vestido de ninja y armado. Lamentó también que sus pertenencias se hubieran quemado con la casa de los Karubo y esperó a que volviera la noche para colarse en alguna casa y robar algo de ropa y comida, esperando que la casa no fuera de algún samurái o que al menos nadie le sorprendiera. Además de la ropa y la comida, buscaría también una prenda grande con la que cubrirse a modo de capa, con la que intentaría viajar ocultando la espada.
   Tras el hurto, se puso el kimono robado por encima del uniforme ninja para cubrirse después con la capa y, con la esperanza de reencontrar algún día a la hija de Toshiro viva en alguna parte, se dirigió a la residencia del aliado de su difunto caudillo. Prefería desplazarse por la noche, pues tendría así menos posibilidades de que alguien le viese la cara.
   Lo que vio durante el viaje le desalentó un poco. Kioto estaba infestado de samuríais. ¿Habría aumentado Oyuki la vigilancia por toda la ciudad después de que Raiko hablara con ella en el palacio? En lugar de atravesar la capital, creyó que sería mejor rodearla para evitar posibles contratiempos. Su aspecto podría parecer demasiado extraño. Si sus enemigos le detenían, descubrirían su arma y tendría que abrirse camino entre ellos a golpe de espada mientras todos los samurái de la capital se le echaban encima.
   Cansado por el largo viaje, llegó por fin a su destino, donde le horrorizó comprobar que, aunque no vio ningún cadáver, de la casa sólo quedaban también escombros carbonizados. Parecía que aquel edificio había caído antes incluso que la residencia de los Karubo. El ninja volvió a maldecir. ¿Qué haría ahora que no había guerreros rebeldes, al menos en las cercanías de Kioto? ¿A dónde iría? Buscó entre los aquellos restos por si podía encontrar algo útil.
   Alguien le sobresaltó mientras lo hacía.
   –¡Eh, tú! ¿Qué haces? –dijo un hombre.
   Al volverse, vio a cuatro guerreros imperiales que se acercaban, completamente cubiertos con sus armaduras, las katanas ya en una mano y una antorcha en la otra. Pensó que debería huir, pues pocas posibilidades tenía contra cuatro hombres. Pero quizá le hubieran alcanzado. Quizá tenían caballos cerca, con los que no habrían tardado en darle caza. Intentó mantener la calma, decidido a dialogar.
   –¿Quién eres? –preguntó el mismo hombre cuando llegaron ya junto al ninja.
   –Sólo estoy de paso –Raiko intentó librarse de ellos cuanto antes y sin violencia. Mantenía su rostro oculto.
   –Quítate esa capa.
   –La luz daña mis ojos –improvisó el joven guerrero, pero se veía ya en la situación de tener que enfrentarse a sus enemigos.
   –Tonterías –replicó el samurái–. Quítate la capa.
   Se acabó: era el momento de combatir. El príncipe desterrado vio cómo sus enemigos apretaban amenazadoramente el puño en torno a la empuñadura de sus armas. Se dispuso a desprenderse del disfraz y a desenvainar su espada lo más rápido posible para atacar primero.
   El alarido de dolor que lanzó uno de sus enemigos le detuvo. Una flecha había aparecido en el costado de uno de los samurái, que enseguida cayó moribundo. Los compañeros del agredido se distrajeron momentáneamente, mirando alarmados al caído. En ese instante Raiko, evitando perder tiempo preguntándose quién había disparado aquella flecha, procedió con su plan de ataque y tuvo tiempo para atacar los cuellos de dos de los samurái restantes antes de que éstos centraran su atención en él otra vez. El último de ellos se defendió. Retrocedía, mirando de tanto en tanto al joven ninja y en la dirección desde la que provino la flecha. Parecía querer escapar. El antiguo monje no estaba dispuesto a permitir que informara a los suyos de lo que había pasado. Se lanzó contra él, espada en mano y, mientras se acercaba, vio de soslayo que una sombra se acercaba también a su enemigo a toda velocidad, con la hoja de una espada resplandeciendo a la luz de las antorchas. Otro ninja atacó al samurái, el hermano de la emperatriz se unió a él, y entre ambos derrotaron a su enemigo.
   –¿Quién eres? –preguntó Raiko al ninja desconocido. Aquel descubrió su rostro. La ira y el dolor se reflejaban en él–. Hiroshi –reconoció al hijo del aliado de Toshiro–. ¿Hay algún superviviente más?
   –No –respondió el aludido, hundido en el dolor–. Todos muertos. Mis padres… Mi hermana… Masacrados como bestias. A mi padre le cortaron la cabeza y se la llevaron. Con mi madre hicieron lo mismo. Vi cómo mi hermana, que ni siquiera quiso nunca tener nada que ver con la guerra, era apuñalada por la espalda repetidas veces mientras se arrastraba por el suelo intentando escapar, llorando. No era una guerrera y la asesinaron como al peor de los criminales. Esas imágenes y el recuerdo de que no hice nada me perseguirán durante el resto de mi vida.
   –¿Qué pasó? ¿Cómo sobreviviste?
   –Nos cogieron por sorpresa. Vinieron en masa. Eran demasiados. Escapé cuando llegaban los samurái. El terror me hizo huir. No fui capaz de luchar. Esperé mucho tiempo mi oportunidad para enfrentarme a un enemigo y, cuando al fin llegó el momento, fui incapaz de luchar. Escapé y me escondí como un cobarde –a medida que el chico hablaba, su tristeza se reflejaba más y más, tanto en su voz como en su semblante. El brillo de sus ojos era reforzado por el resplandor de la antorcha del último samurái muerto–. No hacen prisioneros entre quienes se oponen a la emperatriz. Vi morir a mi familia desde las ventanas y no pude defenderla. Ahora están todos muertos y sepultados bajo los restos quemados de nuestra casa. Ahora estoy solo. ¡Soy un maldito cobarde! ¿Cómo voy a soportar ahora la vergüenza? Debería atravesar mi cuerpo con mi espada y acabar con mi vida.
   –¿Cuándo os atacaron?
   –Hace tres días.
   –Hiroshi, mi grupo también ha sido masacrado. Sólo han sobrevivido unos pocos, y se han dispersado. Toshiro ha muerto, y puede que Tsuki también. No podrías haber hecho nada de todos modos. Sólo habrías muerto con ellos.
   –Eso es lo que debí hacer.
   –No. Ahora tienes la oportunidad de vengar a tu familia –Hiroshi miró a Raiko. No pareció estar interesado en la venganza–. Yo también estoy solo ahora, por eso nos necesitamos. Lucharemos unidos.
   El antiguo monje recordó que la soberana seguía siendo su hermana, y se percató de que hablaba de ella como si fuera una auténtica enemiga, pero después de lo que ella le dijo cuando hablaron en el palacio, le resultaba difícil seguir considerándola de su familia.
   –¿Nosotros solos? –preguntó Hiroshi. Por el tono de su voz, le parecía una idea estúpida–. Nuestros grupos no pudieron acabar con ella, y ya no existen.
   –Entonces, ¿qué harás? ¿Vas a rendirte?
   –¿Por qué no lo reconoces, Haku? –ahora Hiroshi estaba entre la indiferencia y el hastío–. La guerra ha acabado para nosotros. Todos están muertos o dispersos. Hemos perdido. Se acabó. Lo que haré es irme a otra ciudad a intentar ganarme el sustento de alguna forma. Cuanto más alejada de la emperatriz, y de este lugar, mejor. Aunque puede que acabe decidiendo quitarme la vida y librarme de la vergüenza. Adiós, amigo.
   Hiroshi empezó a alejarse caminando, por lo que Raiko hizo un último y desesperado intento para que se uniera a él.
   –Yo voy a seguir combatiendo, Hiroshi –anunció. Casi informó también de que fue capaz de llegar hasta la emperatriz una vez, pero las palabras se resistieron a salir. Probablemente su interlocutor preguntase también por qué no la había matado entonces, y desconfiaría de él.
   –Pues que tengas suerte en tu guerra –respondió el aludido, indiferente, sin volverse o ralentizar siquiera su paso.
   Raiko reflexionó rápidamente mientras veía cómo el único ninja que encontró tras el final de su grupo se alejaba. Siendo él uno solo tal vez tuviera más posibilidades de colarse en el palacio imperial sin siquiera tener que matar a nadie y llegar de nuevo hasta su hermana. Lo que era seguro es que sería más difícil de encontrar, especialmente si no permanecía durante demasiado tiempo en el mismo lugar, complicándoles así el trabajo a los espías que pudiesen intentar seguirle. Pero podría necesitar ayuda en algún momento, y prefería tener compañía. Se dijo que era el momento de revelar su verdadera identidad. Sentía que se lo debía a alguien, ya que no pudo revelárselo a Tsuki, como si de un deber pendiente se tratara.
   –¡No soy quien crees que soy! –informó. Hiroshi se detuvo y se volvió para mirarle. Había captado su atención–. Mi verdadero nombre es Raiko. Raiko Chikamatsu. La emperatriz es mi medio hermana, Oyuki Chikamatsu.
   Mientras hablaba se mantenía en tensión, listo para defenderse por si Hiroshi intentaba matarle por venganza o por cualquier otra razón. Sin embargo la mirada de éste se mantuvo impasible, vacía de emociones.
   –¿Y qué haces aquí entonces? –preguntó el otro ninja–. ¿Por qué intentas asesinar a tu propia hermana?
   –Porque es una mujer cruel, que además pretende matarme también a mí. Huí del palacio por eso. Si ella sigue en el poder, nunca podré identificarme por mi auténtica identidad.
   –¿Por qué quiere matarte?
   –Hace cinco años mataron a mi padre, el emperador –Al antiguo príncipe le dolía recordar y contar aquello, pero no tenía elección–. Supongo que lo sabrás, pues debido a eso estalló la guerra. Hicieron que yo pareciera el responsable del crimen y, al parecer, Oyuki está convencida de que fui yo.
   –¿Y cómo sé que no mataste tú a tu padre, “Raiko”? Nos tenías engañados a todos.
   –Me hice pasar por otro para evitar ser encontrado por los guerreros de la emperatriz, y porque vosotros erais enemigos de mi familia. Temía que quisierais matarme o cualquier otra cosa. He pasado cinco años desterrado, oculto entre monjes budistas cuando huí la noche de la muerte de mi padre, hasta que los Karubo me encontraron. Quiero limpiar mi reputación e impartir justicia para los Karubo. Siempre deseé contarlo todo, y ahora me arrepiento más que nunca de no haberlo hecho antes. Te lo he contado a ti, como siempre quise contárselo a Toshiro y sus guerreros, aun a riesgo de que intentes matarme. No te puedes imaginar cómo me siento por todos a los que los samurái han asesinado en nombre de mi hermana. Te pido que me ayudes a detenerla. Por favor. Puede que no quede vivo nadie más dispuesto a luchar. Y si los hay, puede que no sean muchos y que estén dispersos por todo el imperio.
   Los dos ninja se miraron largo rato en silencio. El sutil crepitar de las antorchas al quemarse pareció aumentar su intensidad. Hiroshi permaneció inmóvil, como congelado. Su rostro era una máscara impenetrable. Aquello era inquietante. Raiko casi deseó que se enfureciera, incluso que le atacara, sólo por ver algún signo de emoción, por saber que aquel muchacho seguía vivo por dentro, por saber que le importaba seguir vivo. Entonces aquel se volvió ligeramente, como si pensara en seguir su camino, y se detuvo otra vez, como si durara. Inhaló aire profundamente antes de hablar por fin.
   –Adiós, Raiko. O quien seas –dijo en tono impasible.
   Se dio la vuelta y continuó caminando en la misma dirección.
   El antiguo monje maldijo de impotencia. Intentó desesperado encontrar las palabras con las que pudiera obtener el apoyo de Hiroshi, pero no dio con ellas.
   –Espero que no acabes con tu propia vida, Hiroshi –susurró en su lugar, esperanzado.
   Antes de perder de vista la figura del otro superviviente, ocultó su capa y su espada en un lugar cercano a los restos de aquella casa y ocultó los cadáveres de los samurái para después entrar en Kioto sin llamar la atención.

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Comentarios

  1. Hola Alberto; creo que es la primera vez que paso por tu blog, y también lo tienes muy completo. No sabía que escribías novela de aventuras. Te deseo mucha suerte en tu aventura.

    Un saludo (soy Selti ma, del Club de los Grandes Soñadores).

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