Capítulo 4 de LA DESHONRA DEL GUERRERO

La deshonra del guerrero

Cuarto capítulo de mi novela.


4

   La noche siguiente, cuando ya era considerado un ninja profesional, a Raiko le tocó el turno de hacer guardia. Su primera guardia nocturna. Se sentó en solitario junto al tronco de un arce, desde donde podía vigilar un sendero del bosque, pero no tardó mucho en distraerse. Volvió a reflexionar sobre lo que haría si se encontraba con la emperatriz, la que se suponía que era su enemiga. Los ninja querrían que la matase en cuanto tuviera la posibilidad, lo que quizá acabaría no sólo con su gobierno, sino también con la guerra. Pero era de su sangre, aunque fuese solamente a medias. Aunque ya no le interesaba tanto como hacía años volver a ser miembro de la familia imperial –pues se sentía muy bien en compañía de los guerreros–, quería tener al menos la oportunidad de hablar con Oyuki, de decirle que no fue él quien mató a su padre, y quizá disolver al menos la enemistad que pudiese haber entre ellos en aquel momento. Pero aunque recuperase su vieja relación, ¿qué pasaría? ¿Importaría algo? Karubo y sus guerreros estaban decididos a acabar con ella, o al menos a apartarla del poder.


   Con esas reflexiones, se irritó. En parte se arrepintió de unirse a losKarubo. Casi prefirió haber permanecido con los budistas y mantenerse así al margen de la guerra, al margen de lo que pudiera pasarle a su hermana.
   Entonces oyó los pasos de alguien que se acercaba. Miró alarmado en su dirección, con una mano sobre la empuñadura de su espada, pero fue Tsuki quien se dirigía hacia él. Apareció allí a altas horas de la noche con su kimono azul y el pelo suelto, pero con su espada en la mano. Se sentó junto a él.
   –¿Qué tal el corte? –preguntó Raiko.
   –Está bien. Mi padre me lo ha sanado.
   –¿Qué haces aquí? ¿No puedes dormir?
   –No. Me he escapado a escondidas –respondió ella, y segundos después se echó hacia atrás, tumbándose en el suelo, por lo que el centinela se sintió obligado a tumbarse también a su lado.
   En esa posición, ambos contemplaron el cielo estrellado que podían llegar a ver parcialmente entre las ramas de los árboles.
   –No te he agradecido todavía que me salvaras, Haku. Ahora podría estar muerta de no ser por ti. Gracias.
   –De nada –dijo él con indiferencia.
   Entonces cayó en la cuenta de que ella no se dirigió a él como monje, como había hecho siempre, lo que despertó su curiosidad.
   –Sólo por asegurarme... ¿me has llamado Haku? –preguntó.
   –¿Haku? Sí... Creo que sí –Truki sonrió.
   –¿Ya no soy el monje idiota? –Raiko se mostró estupefacto.
   –Ya no eres el monje –la chica agudizó la sonrisa–. Creo que algo idiota aún eres.
   –Ya –él sonrió también–. ¿Qué harás cuando termine la guerra? –indagó interesado.
   –Si mi padre ocupa el mando del imperio, supongo que seré su heredera, ya que soy hija única. Puede que intente volver a convertirme en una geisha –como revelaba su tono, aquello no le gustaba–. Y si no ocupa el poder... supongo que haré una vida más normal. No lo sé.
   –¿Te ves como emperatriz? ¿Dejarías de ser una ninja?
   –No me veo como emperatriz, la verdad –al antiguo monje no le sorprendió aquella respuesta–. Ocuparme de dirigir un imperio... Me parece demasiada carga. Y lo otro... creo que no podría dejarlo. Quizá no vuelva a matar a nadie yo misma, pero seguiría entrenando. Me gusta la espada.
   –¿Crees que serías una buena emperatriz?
   –No estoy segura, pero sí que creo que sería mejor que la que intentamos derrotar. Aunque eso no sería difícil.
   “Yo creo que serías una buena emperatriz”, caviló Raiko.
   –¿Qué harás tú cuando acabe esta guerra? –ahora preguntó la chica–. ¿Te quedarás con nosotros? Quizá llegues a ser un general o algún otro alto cargo de mi padre. Y mío después.
   –Ya veremos.
   A Raiko le atraía la idea de servir como militar a los Karubo, y quizá volver a vivir así en el palacio imperial. Pero si para ello debía sacar de allí a su propia familia... Se preguntó extrañado por qué le gustaba tanto a Tsuki su compañía, ya que al parecer le había considerado un idiota y era al que menos conocía de todos los guerreros que allí convivían. Pero no se decidió a preguntar al respecto. Siguió mirando al cielo, hasta que se percató de que ella se había quedado en silencio. La miró y vio que ella había cerrado los ojos y respiraba profundamente. Por un momento le dio reparo despertarla si se había dormido de verdad, pero, aunque agradecía su presencia, no podía dejar que pasase allí la noche, ni quería tener que entrar en su casa con ella en brazos para llevarla hasta su dormitorio. Así que finalmente decidió que debía hacer algo. Se incorporó lo más sigilosamente que pudo para ver mejor su bonito rostro y permaneció observándola por unos segundos. Volvió a su mente la idea de besarla.
   Fue Tsuki quien habló, sobresaltándole.
   –¿Qué estás tramando? –preguntó con una sonrisa, sin siquiera abrir los ojos.
   –Me estaba preguntando si te habrías dormido –respondió él.
   –¿Y habrías abusado de mí de ser así? –la chica abrió ya los ojos–. ¿Planeabas besarme?
   –Sé que habría sido una idea pésima.
   Tsuki se incorporó.
   –Podría dormirme aquí. Me encanta estar al aire libre, oyendo el murmullo de los árboles y de los grillos. Pero ahora hace demasiado frío. Me voy ya. Si alguien nos ve aquí, podrían empezar a sospechar lo que no es. Sobre todo si pasamos la noche juntos –volvió a sonreír–. ¿Me hablarás algún día de ese pasado tuyo que tanto te guardas?
   –Quizá algún día –respondió él, inseguro.
   “O probablemente no”.
   Entonces Tsuki le dio un cariñoso beso en la mejilla, algo que Raiko no esperó.
   –Buenas noches, “Haku”.
   Se alejó de allí corriendo y Raiko retomó su guardia, aburrido. Agradeció que la hija de su líder le hubiera entretenido por un rato, haciéndole más amena su estancia allí.
   Un día posterior, Toshiro fue invitado a la fiesta de un amigo suyo, que era también miembro de una familia noble y aliado suyo en la guerra. Allí comerían mientras un grupo de geishas les distraían con música. Tsuki acompañaría a su padre y pidió que Raiko fuera también, aunque éste pensaba que podría estar fuera de lugar en aquel sitio. Después de estar junto al antiguo monje, la chica se fue a hablar con la hija del anfitrión de la velada, una amiga suya. Raiko permaneció sentado en silencio al lado de Toshiro durante la mayor parte de la velada, algo aburrido, ya que no conocía a nadie más allí. Observaba cómo tocaban los instrumentos las geishas y veía bailar a los invitados de la fiesta que decidieron hacerlo para tratar de distraerse.
   Pero entonces apareció Hiroshi, el hijo del anfitrión de la fiesta.
   –Tú eres el nuevo guerrero de Toshiro, ¿verdad? El que fue monje antes –indagó el muchacho.
   Ambos se conocieron. Aquel era un chico algo serio, también un guerrero, a diferencia de su hermana la bailarina, aunque todavía no había tenido ocasión de participar en una misión. Raiko le habló de la guerra y de sus misiones y después se contaron cosas de sí mismos. El príncipe exiliado volvió a evitar su auténtica historia.
   De repente, un par de manos femeninas agarraron al antiguo monje por un brazo y tiraron de él, obligándole a levantarse de forma enérgica. Tsuki le arrastró sin decir palabra hasta la pista de baile, donde se vio obligado a bailar en compañía de ésta y de la hermana de Hiroshi, junto con algunos invitados más, una danza en la que las manos eran casi la única parte del cuerpo que se movía, mientras deambulaban por la sala en círculos, unos tras otros. Raiko se fijaba en ambas chicas para seguir los pasos. Bailaba con una de ellas a cada lado, algo cohibido, mientras éstas mantenían amplias sonrisas en sus caras. Ambas demostraron conocer bien los pasos. El antiguo monje revivió en su mente las ocasiones en las que Oyuki le hizo bailar con ella años atrás, usualmente en fiestas o algún otro evento público mientras él, algo reacio no solo a bailar sino también a hacerlo junto a su hermana mayor, prefería que ésta eligiera a otro para ello, pues sabía que cualquiera habría bailado con ella encantado, especialmente los hijos de los invitados de su padre, muchos de los cuales la miraban embelesados. Aunque en aquel momento no le habría importado bailar una vez más con su hermana, pues lo echaba de menos. Ella siempre había bailado con movimientos seguros y elegantes, mientras que él siempre había sido bastante torpe, igual que en aquel momento.
   Después del baile, Tsuki y Raiko salieron a los jardines en compañía de los dos hermanos, donde conversaron con júbilo hasta que llegó el momento de despedirse.
   Mientras los ninja entrenaban al día siguiente, Toshiro envió a uno de sus guerreros para decirle a Raiko que el líder quería verle. Así que éste se dirigió en busca del señor Karubo. Pensó que quizá tenía otra misión para él, pero recordó que siempre se las había comunicado a través de su hija, por lo que se preguntó qué querría decirle.
   El padre de Tsuki le esperaba, para su sorpresa, en el exterior de la casa, en un lugar oculto entre los árboles.
   “¿Es para tener más intimidad?” caviló.
   –¿Quería verme, señor? –preguntó cuando llegó junto a su líder.
   –Sí, Haku. Siéntate, por favor –ambos se sentaron en el suelo el uno frente al otro, entrecruzadas las piernas. Desde que estás aquí te he considerado como a un hijo, muchacho. Quiero que lo sepas. Puede que lo que te voy a preguntar te resulte embarazoso, pero no tienes que preocuparte, simplemente quiero hablar. Te pido por favor que seas sincero y hablemos de padre a hijo. ¿Lo serás?
   Inevitablemente, Raiko empezó a preocuparse.
   “¿Que sea sincero? Ni siquiera conoce toda la verdad sobre mí”, lamentó. Intentó imaginar de qué querría hablar para decirle aquellas poco tranquilizadoras palabras.
   –S... sí, señor –respondió inseguro.
   –Sé que mi hija se fue la otra noche a escondidas para estar contigo. “Mierda –el antiguo monje se puso aún más tenso. Se preguntó avergonzado cómo sabía Toshiro aquello–. Por Tsuki no debe ser, o de lo contrario Toshiro lo habría comentado”, supuso.
   –Señor... –empezó a decir, pero no encontraba las palabras.
   –Intento proteger a mi hija, Haku –explicó el líder–. Supongo que lo entenderás. Sólo quiero saber si hay algo entre ella y tú. Algo más allá de la simple amistad.
   –No, señor, no hay nada.
   El príncipe desterrado tenía la esperanza de zanjar el asunto en ese punto, aunque temió que Toshiro no le creyera o siguiera adentrándose en un terreno aún más íntimo. El caudillo ninja le observó en silencio por unos segundos. No pareció desconfiar.
   –¿Qué sientes hacia ella?
   El antiguo monje maldijo una vez más antes de responder.
   –Es una chica increíble y la admiro –reconoció–. Pero sólo somos amigos, y no pretendo tener algo más con ella.
   –Al parecer ella también te tiene aprecio. ¿La has besado o te ha besado ella en algún momento? Hay unas reglas en todo tipo de relaciones, y creo que Tsuki podría pasarlas por alto si lo cree oportuno.
   Raiko lo habría negado, pero recordó el momento en el que Tsuki le besó, y que estaba hablando en ese momento con Toshiro porque alguien le habría visto en compañía de la chica.
   –Ella... me besó, señor –se sinceró–. Pero sólo en la cara.
   –Bien, creo que es suficiente, Haku. Te agradezco tu sinceridad. Porque has sido sincero, ¿verdad? Si alguna vez nos mientes a mí o a mi hija, tendré que replantearme mi opinión sobre ti.
   –Sólo he dicho la verdad.
   –Entonces eso es todo.
   –¿Le habría importado a usted que hubiera algo entre su hija y yo? –el joven ninja hizo la pregunta sin pensar en un arranque de valor cuando dieron la reunión por terminada. Casi se arrepintió en cuanto la formuló–. Es por... –estuvo a punto de decir “curiosidad”, pero, ¿qué imagen podría haberle dado eso? Supuestamente fue la curiosidad lo que le llevó hasta los Karubo, y por lo que Tsuki le consideró un estúpido. Resolvió decir algo distinto–. Por aclarar una duda.
   Toshiro sonrió. Si le sorprendió la pregunta, no hizo nada que lo de- mostrase. Nada cambió en su carácter tranquilo.
   –Os daría mis bendiciones, muchacho. Si ambos os queréis, estaré orgulloso de ello. Únicamente te pediría a cambio que la tratases como es debido.
   –Lo haría, señor.
   –Y una cosa más... Tsuki odia que la espíen. Si se entera de esto seguramente se enfade y discuta conmigo. Así que, si puedes evitar contárselo, te estaría muy agradecido.
   “Nos espiaron, ¿eh?”
   –Sí, señor.

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