Capítulo 5: LA DESHONRA DEL GUERRERO

La deshonra del guerrero

Quinto capítulo de mi novela.



5

   –¿Qué te ha dicho mi padre? –preguntó Tsuki con interés cuando Raiko volvió al área de entrenamiento.
   Él maldijo, no solo por que Toshiro le pidiera que no le contara nada, sino también porque le avergonzaba ese asunto. Le sorprendió que ella estuviera al corriente de aquella reunión. Dudó un momento antes de decidirse a contestar. Intentó encontrar alguna mentira, sin éxito.
   –Se enteró de que viniste conmigo la otra noche cuando yo hacía guardia –confesó, procurando evitar datos.
   Al oír eso, la chica frunció el ceño y desplazó la mandíbula inferior hacia delante en un gesto de rabia. Volvió por un momento la mirada hacia Takumi, quien estaba practicando su puntería con el arco.
   –¿Y qué te ha preguntado? –indagó después la guerrera.
   El ninja vaciló.
   –Me ha dicho que no te cuente nada –confesó incómodo–. Que dejaría de confiar en mí si lo hacía.
   –¡Dímelo! –Tsuki le agarró por el uniforme con fuerza con ambas manos y le miraba fijamente a los ojos.


   –Qué... si hay algo entre tú y yo y cosas así –tuvo que responder Raiko.
   Tsuki asintió, y adoptó una expresión reflexiva.
   –Voy a hablar con mi padre –informó, y echó a andar a paso raudo en dirección a la casa.
   Raiko la observó alejarse, indeciso. Quería seguirla y escuchar la conversación entre padre e hija, pero por otro lado no quería acabar metido en la discusión que parecía que iban a mantener. Se volvió, decidido a retomar su entrenamiento, pero entonces cambió de idea y corrió tras la chica, pues ya estaba involucrado de alguna forma.
   –Eso no importa, Tsuki. Te... –decía el señor Karubo cuando Raiko se acercó lo suficiente para oír la conversación.
   El joven guerrero permaneció oculto tras una esquina.
   –¿Quién ha sido, padre? –preguntó la chica, interrumpiendo a su progenitor. Levantó la voz, malhumorada–. ¿Ha sido Takumi?
   –Sí –Toshiro respondió, como vencido–. Escúchame, hija...
   –¿Le pediste tú que nos espiara?
   –Lo cierto es que no. Tsuki, sólo me preocupo por ti. Haku parece un buen chico, pero apenas le conocemos.
   “Me conocéis aún menos de lo que creéis”, lamentó Raiko.
   –Ya no soy una niña, padre. Creo que sé con quién me conviene relacionarme y con quién no. Eso dejó de ser elección tuya hace años.
   “¿No está siendo demasiado dura?”. Al joven ninja le pareció excesiva la reacción de la chica contra su padre. Casi se sintió obligado a intervenir para intentar apaciguar la situación.
   –Si decido salir con Haku, o con quien sea, te lo contaré yo misma
   –volvió a hablar Tsuki–. Aunque estás perdiendo el derecho a enterarte de mi vida por cosas como esta. Deja de violar mi intimidad de una vez, por favor.
   Tras eso, Raiko oyó unos pasos dirigirse en su dirección, por lo que se apresuró a salir de nuevo de la casa para evitar ser descubierto. Esperó frente a la entrada de la vivienda a que Tsuki saliese.
   –¿Qué haces aquí? –preguntó ella en cuanto le vio. Su expresión se-guía siendo de enfado, pero en su voz no había reproche.
   –No he podido evitar venir a ver lo que pasaba –El príncipe desterrado estaba en tensión. Esperaba cualquier tipo de reacción por parte de la chica.
   –¿Nos has oído?
   Él iba a responder negativamente, pero decidió ser sincero, aun temiendo disgustar a su interlocutora.
   –Sí –confesó.
   Pero no sólo no pareció que Tsuki se irritase por aquello, sino que su semblante se dulcificó.
   –No vuelvas a meterte en nuestros asuntos –no dijo aquello a modo de advertencia.
   Raiko asintió sumiso. Volvieron al área de entrenamiento. Mientras él retomaba sus actividades, vio a Tsuki dirigirse hacia Takumi. Le dijo algo y después éste la siguió hasta algún lugar apartado de la vista del resto de los guerreros, por lo que el antiguo monje supuso que hablarían o discutirían por lo de espiarla. La expresión de ambos era ceñuda.
   Apenas un minuto más tarde, Takumi reapareció, en solitario, y Raiko se dio cuenta de que su instructor le miró con hostilidad por un instante antes de volver a su entrenamiento.
   “No han acabado bien”, dedujo. Se concentró en su entrenamiento, algo tenso por la situación actual. Miraba de vez en cuando a Takumi de reojo por si éste le observaba a él. Entrenó durante largos minutos, hasta que volvió a acordarse de Tsuki y comprobó que ella no había vuelto todavía. Preocupado, decidió ir a buscarla. Supuso que tal vez la encontraría junto al arroyo que había no muy lejos del área de adiestramiento, donde a ella le gustaba darse un baño al anochecer para relajarse. Dio un rodeo para evitar ser visto por su instructor o por cualquier otro.
   Llegando al arroyo, empezó a caminar con mayor cuidado por si sorprendía a la chica en un mal momento, debiendo con ello retrasar su encuentro. Para su alivio, Tsuki sólo estaba tumbada junto al agua. Parecía completamente serena. Se acercó a ella despacio pero no con sigilo para que le oyera acercarse. Tuvo en cuenta la posibilidad de que ella le pidiera irse de allí.
   –Haku –dijo Tsuki cuando le vio.
   –¿Estás bien? –Raiko permaneció por el momento de pie a su lado.
   La chica se incorporó, para permanecer sentada.
   –Sí. Sólo he venido a relajarme. Puedes sentarte –el joven ninja se sentó junto a ella–. ¿Has venido a buscarme por preocupación?
   –Sí. ¿Qué ha pasado con Takumi? –Raiko preguntó aquello rápidamente, tanto por interés como por evitar un momento que pudiera parecer romántico ante la guerrera.
   –Es el que nos espió. Lo has oído antes, ¿verdad?
   –Sí. ¿Qué interés tiene él en nosotros, o en ti?
   –Él es el chico con el que te conté que tuve una relación... de esas.
   Tsuki no miró a su interlocutor en ningún momento, manteniendo la mirada fija en el agua.
   –Ah –Raiko pensó que quizá no volvería a tratar con Takumi de la misma forma, en caso de que volviesen a hablar–. Entonces... ¿está celoso?
   –No me lo ha dicho, pero yo creo que sí.
   –¿No dejasteis el tema claro cuando terminó?
   –Creía que sí –el tono de Tsuki fue de cansancio.
   Cogió una piedra cercana y la lanzó al arroyo. El antiguo monje creyó notar algo de rabia en aquel gesto–. Pero al parecer él aún está interesado en mí, el muy imbécil... Creía que podríamos volver a ser sólo amigos, pero quizá no sea suficiente para él. Puede que haya despertado sus celos el verme tan interesada en ti. Nunca había hecho cosas como escaparme a escondidas por la noche para hacerle compañía a nadie. Ni siquiera a él –Tras eso reinó el silencio durante un rato, hasta que ella lo rompió–. ¿Tú aceptarías volver a la simple amistad después de dejar el romance con tu novia, aunque tú quisieras tener algo más?
   –Sí –contestó él, convencido–. Mejor ese tipo de relación que no tener ninguna.
   –¿Alguna vez te has sentido como un prisionero en tu propia casa? ¿Como si te obligaran a hacer cosas que no quieres?
   –Siempre tuve bastante libertad.
   “Aunque mi obligación fuera ser el emperador después de mi padre”.
   Aunque le infundía respeto, a Raiko empezaban a gustarle ciertos aspectos del carácter de Tsuki.
   –¿Siempre habéis vivido aquí en el bosque? –siguió el guerrero.
   –No siempre. Aunque yo era muy pequeña cuando nos mudamos aquí. En el bosque hay una tranquilidad que no se encuentra en una ciudad o en una aldea. ¿Dónde están tus padres, Haku? ¿Siguen vivos?
   –No –Raiko agradeció poder ser sincero, pero esperó que ella no indagara más.
   –¿Cómo murieron?
   El antiguo monje maldijo antes de responder.
   –Mi madre murió por enfermedad.
   –Igual que la mía –informó Tsuki.
   –A mi padre... Raiko casi contó que su padre fue asesinado, pero supuso que la mujer preguntaría por el motivo, metiéndole en una situación aún más comprometida en la que quizá debiera inventarse otra mentira más–. Él murió de la misma forma –resolvió decir–. Desde entonces estuve con los monjes.
   Poco después Tsuki adoptó una actitud más juguetona, como pretendiendo pasar a un tema más alegre. Miró a Raiko sonriente.
   –¿Cómo era aquella chica que te gustaba? ¿Se parecía en algo a mí?
   Aunque en aquella ocasión no tenía motivos para mentir, al antiguo monje le avergonzaba hablar sobre la chica que le interesó.
   –Era más... tierna –se sinceró. Tsuki agudizó la sonrisa, como si hubiera esperado una respuesta como esa. Desvió la mirada hacia los árboles del otro lado del arroyo. Entonces el antiguo monje decidió hacer una pregunta, intentando parecer poco interesado–. ¿Estarías preparada para otra relación con otro hombre?
   Tsuki volvió a mirarle, con sorpresa en sus ojos.
   –Tal vez. Si él vale la pena –respondió. Recorrió con la mirada los rasgos faciales de su interlocutor–. ¿Te gusto? –preguntó con osadía. Ante esa pregunta, su interlocutor se dijo entre maldiciones que había sido un error preguntar por el tema de la relación. Desvió la mirada, avergonzado, sin saber qué responder. Intentó eludir la respuesta, pero la guerrera no olvidó el asunto–. Sé que te gusto. Lo veo en tus ojos. Lo sé desde hace días. Puedes decírmelo. Sin vergüenzas. A mí me pareces muy mono, si te soy sincera –reveló aquello con total naturalidad–. Me lo pareces desde que te encontré, huyendo del palacio imperial, aunque no te lo creas. Y ahora que has dejado la túnica y te ha crecido el pelo, todavía más –hubo un instante de silencio, por el que el ninja miró a su antigua instructora a los ojos–. Confiesa –ordenó entonces Tsuki, y por la forma en que lo dijo, aquello no parecía ser más que un juego para ella.
   Raiko mantuvo la mirada. Empezó a sentir que su temperatura corporal aumentaba, hasta alcanzar una fiebre inconsciente. Creyó que, si abría la boca, sólo soltaría alguna idiotez. Se inclinó y le dio a Tsuki un rápido beso en los labios.
   Al hacerlo, la ninja le miró con sorpresa.
   –Perdona, he perdido la cabeza –se apresuró a explicar él cuando fue consciente de lo que hizo. Apartó la mirada, ahora más tenso que antes. Temió empezar a sudar por el bochorno–. No he podido evitarlo. Puedes pegarme. Sé que lo merezco.
   Esperando una respuesta, sintió que unos delicados dedos le agarraban por el mentón y le obligaban a girar la cabeza de nuevo hacia la chica. Entonces vio que ella empezaba a acercarse, con los ojos entornados y la boca semiabierta. Atónito, se echó ligeramente hacia atrás de forma instintiva, como para evitar el contacto, pero luego se quedó paralizado. No se atrevió a moverse.
   Los gritos provenientes de área de entrenamiento les interrumpieron.
   –¡NOS ATACAN! –anunció un hombre desde el área de entrenamiento.
   –¡Coged las armas! –gritó otro.
   –¡No! –Tsuki cogió su espada, la desenvainó y echó a correr a toda prisa en dirección a los gritos–. ¡Vamos! –le ordenó a Raiko.
   El antiguo monje desenvainó también su arma y echó a correr tras ella. Pensó que Tsuki tendría más coraje que él al lanzarse así a una batalla. A él le inquietaba enormemente dónde iba a meterse, pero debía luchar, debía defender su nuevo hogar. Se armó de valor y corrió lo más deprisa que pudo.
   Atravesó el área de entrenamiento para llegar a la residencia de los Karubo. Entonces se detuvo. Aunque por el camino supo que vería una escena como aquella, al hacerlo se llenó de dudas. Los ninja luchaban encarnizadamente contra guerreros samurái, los guerreros de su hermana Oyuki. Algunos de éstos luchaban montados a caballo. Algo impidió a Raiko enfrentarse a ellos. Sintió como si los guerreros imperiales estuvieran de su lado, aun sabiendo que eso dejó de ser así cuando huyó del palacio imperial. Observó la batalla impotente, preguntándose cómo les habrían encontrado, pues la ubicación de aquel lugar era secreta.
   –¡Padre! –Tsuki llamó la atención de Raiko mientras buscaba a Toshiro.
   Corrió hacia el interior de la casa y el príncipe desterrado la siguió. La batalla podría estar desarrollándose también allí.
   Y así era. Toshiro luchaba en solitario contra algunos samurái hasta que Tsuky y Raiko se unieron a él. El joven sorprendió por la espalda a su primera víctima. Le arrancó el yelmo para cortarle el cuello y después buscó a la siguiente. Lucharon los tres ninja mano a mano hasta que acabaron con aquellos hombres.
   –Tsuki, quiero que te escondas en el bosque ahora mismo –dijo Toshiro con severidad cuando tuvieron un momento de tranquilidad.
   Raiko no le había visto nunca antes tan determinante.
   –No pienso dejaros –replicó ella con firmeza.
   –Es muy probable que acaben con nosotros. No podría soportar que te capturasen o te matasen.
   –¡No pienso dejarte solo!
   –Esta vez no admito discusión. Haku, por favor, debo pedirte que la saques de aquí. Ponla a salvo.
   –Pero señor... –a Raiko tampoco le gustaba nada salir de la batalla, llevándose además a Tsuki. Aunque sentía que debía obedecer por su honor y, en parte, estaba de acuerdo con poner a la chica a salvo.
   –Hazlo –el tono de Toshiro fue tajante.
   El joven ninja fue hacia Tsuki y le inmovilizó los brazos con un fuerte abrazo desde su espalda. Entonces procedió a llevársela.
   –¡No! ¡Suéltame, imbécil! ¡No! ¡Padre! –la joven Karubo se resistía. Se agitaba violentamente para librarse de su apresamiento. Aún tenía su espada en la mano, por lo que Raiko temió que acabara hiriéndole de alguna forma, aunque no fuera intencionadamente.
   El señor Karubo salió de la casa sin decir nada más para unirse a sus guerreros en la batalla que aún se libraba en el exterior.
   –¡Haku, como le pase algo a mi padre, te mataré! ¡Lo juro! –advirtió la agresiva guerrera cuando ella y Raiko se alejaban ya de la justa–. ¡Suéltame! –el joven ninja se dio cuenta de que lloraba desesperada–. ¿Por qué haces esto?
   –Sólo hago lo que tu padre me ha pedido –respondió él, esforzándose por mantenerla retenida.
   Hizo acopio de voluntad por seguir arrastrándola y ser leal a Toshiro, pero finalmente se rindió. La desesperación de ella le impidió seguir y la soltó. No pudo continuar alejándose mientras sus compañeros luchaban por sus vidas. Tenía que estar combatiendo junto a ellos, al igual que sentía que Tsuki debía estar luchando junto a su padre, defendiendo su hogar. ¿Cómo se sentiría si masacraban a los ninja, a su nueva familia, y él ni siguiera estaba allí? ¿Y cómo habría afectado aquello a su amistad con Tsuki? Probablemente le matara ella misma. O tal vez le abandonaría para siempre, teniendo que buscar así su propio camino.
   En cuanto se vio libre, la chica corrió de nuevo en dirección a la batalla. Raiko le dio algo de ventaja antes de seguirla. Había ya muchos cadáveres, de samuráis y de ninjas, esparcidos por el suelo. A simple vista, casi habría jurado que había más muertos de los suyos que de sus enemigos. Ninguno de éstos últimos iba ya a caballo. Al ver a unos arqueros enemigos que disparaban sus flechas desde una distancia segura, Raiko decidió dar un rodeo para sorprenderlos por detrás y eliminarlos.
   Mientras lo hacía oyó un grito de Tsuki.
   –¡PADRE! –fue un grito desgarrador, cargado de miedo–. ¡NOOO!Pero no era momento de detenerse. Cada segundo podía ser significativo en el fragor de la batalla. Aunque quería ir junto a Tsuki, Raiko siguió corriendo para acercarse a sus enemigos. Ya tendría tiempo de comprobar qué había pasado cuanto terminase la batalla, si sobrevivía. Cuando llegaba ya hasta su objetivo, aminoró el paso para acercarse sin ser oído. Pudo eliminar a dos de los arqueros antes de ser descubierto. El tercero intentó defenderse a la desesperada con el arco, pero el ninja cortó el arma con una estocada antes de clavarle la espada en el cuello y dejar que se ahogara en su propia sangre. El cuarto y último arquero se dio a la fuga, pero Raiko cogió el arco y una de las flechas de uno de los samuráis caídos, apuntó al blanco y disparó.
   Al volver a la refriega, vio que Toshiro estaba tendido en el suelo, con una flecha clavada en el pecho, cerca del corazón, y otra en un riñón. Tenía una mano sobre el rostro de su hija, que estaba arrodillada a su lado, al igual que otro ninja que intentaba socorrerle. En esa ocasión, el príncipe desterrado dudó sobre si debería acercarse a intentar socorrer al caudillo, pero decidió que seguía siendo prioritario acabar con el enemigo antes. De todos modos no habría podido ofrecerle al herido más ayuda de la que ya tenía. Se sumó a sus compañeros en la liza y luchó lo mejor que supo. Mientras combatía, recordó al antiguo general de su padre, Ryuji Akimoto, que ahora debía de servir a su hermana. Se preguntó si estaría allí combatiendo en persona, pues hasta los generales samurái debían combatir. Se dijo que, si daba con él, debía eliminarlo si podía, que ahora era su enemigo y pretendía aniquilar a su nueva familia.
   Entonces visualizó en su mente la imagen de Toshiro herido en el suelo y Tsuki entristecida a su lado, y sintió que aquello le infundía fuerza, una fuerza vengadora e implacable con la que eliminaba a un enemigo tras otro, sin importarle estar cubriéndose con la sangre de sus víctimas, hasta que los samurái que aún quedaban vivos emprendieron la huida.
   Se preguntó por qué huían, pues parecía que estaban ganando. Pero supuso que volverían en otro momento y con más hombres, como anunció otro ninja al terminar la batalla.
   –¡Volverán, y serán más numerosos! –dijo aquel mientras algunos otros corrían tras los samurái intentando darles caza.
   Raiko corrió por fin junto a Toshiro y se agachó junto a él. Las flechas que le alcanzaron seguían donde estaban.
   –Tienes que vivir, padre –decía Tsuki, llorando desconsolada. Agarraba con fuerza la mano de su padre–. Vas a vivir.
   –Me muero, hija –el señor Karubo hablaba entre quejidos de dolor. Tenía la boca ensangrentada.
   –¡No!
   –Escúchame... Estoy orgulloso de ti, Tsuki. Siempre lo he estado, a pesar de nuestras discusiones –Toshiro tosió, expulsando sangre por la boca. Muchos de los ninja se habían congregado en círculo a su alrededor–. Me recuerdas a tu madre. Ahora tienes que ser fuerte, ¿me oyes? Tienes que dirigir a estos guerreros.
   –No... –Tsuki empezó a lagrimar con mayor intensidad.
   –Sé que serás una gran líder, hija. Siempre lo has sido. Estoy seguro de que devolverás la paz al imperio.
   La chica permaneció mirando a su moribundo progenitor, hasta que se fue de allí corriendo hacia el interior de la casa. Raiko habría querido ir con ella, pero a Toshiro no le quedaba mucho tiempo.
   –Haku... –llamó el moribundo–. Acércate, hijo –Raiko se acercó lo suficiente como para que Toshiro le susurrara al oído–. Prométeme que protegerás a Tsuki.
   –Lo haré, señor –el joven ninja estaba resuelto a cumplir la última voluntad del caudillo.
   –Ahora recae una gran responsabilidad sobre ella. Creo que tú eres un muchacho sensato. Ayúdala a tomar la decisión correcta si es necesa... –Toshiro tuvo otro ataque de tos, más fuerte que el anterior, antes de terminar la frase.
   –Lo haré, señor –repitió Raiko–. No me apartaré de ella.
   Entonces vio toser de manera aún más preocupante al moribundo líder. Algunos hombres más se agacharon a su alrededor intentando ayudarle, pero nada podían hacer.
   –Señor, no nos deje, por favor –suplicó uno.
   Contemplaron a Toshiro impotentes hasta que éste dejó de respirar. En ese momento la pesadumbre cayó sobre Raiko con gran fuerza, como si se le hubiera derrumbado un edificio encima. ¿Qué pasaría aho-ra que el que consideraba su padre adoptivo no estaba?

Caplítulo 1 aquí.
Capítulo 2 aquí.
Capítulo 3 aquí.
Capítulo 4 aquí.
Capítulo 6 aquí.
Capítulo 7 aquí.
Capítulo 8 aquí.

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