Capítulo 3: Cristalino

Cristalino

 Capítulo 3 de Cristalino:


3

   Todavía no había asomado el sol cuando el teléfono de mi habitación del hotel empezó a sonar a la mañana siguiente, arrancándome de un descanso de lo más agradable. Inesperadamente agradable. Creo que no había dormido tan bien en mucho tiempo. Mirar el reloj me hizo sospechar que el sol en las islas Orcadas no funcionaba exactamente como en Londres. Me desperecé con un rugido de frustración antes de obligarme a contestar a la llamada dando por echo que sería Randa, que pretendería que nos pusiéramos en marcha ya.
   –¿Hora de moverse? –pregunté con los ojos cerrados y voz perezosa.
   –¡Monroe! ¿Aún estás durmiendo? ¡Levántate de una vez! Buenos días, por cierto.
  –Randa, no son ni las siete de la mañana. ¿A qué viene tanta prisa? No se nos va a escapar ningún avión. No se nos va a escapar nada. Un poco de calma, por el amor de Dios –Suspiré cansado–. Ahora me visto y nos vemos abajo.
   –Yo no estoy en el hotel.
   –¿Qué? ¿Dónde…?


   –Me fui en mitad de la noche. A echar un vistazo a la casa de Murray. La quemada.
   –¡¿Cómo que…?! –Me incorporé rápidamente.
   –Sí, parece que lo has deducido solito –comentó riendo–: me he colado en la casa.
   –¿Has entrado sin más? ¿Estás loca? No nos han dado permiso para inspeccionarla.
   –Por eso me he colado, cerebrito. ¿Ves? Sabía que no harías más que gruñir. Por eso no te desperté para que vinieras conmigo. Por eso y porque era mucho más fácil pasar inadvertida yendo sola.
   –¿Por qué lo has hecho?
   –Tenía que hacerlo. Tú mismo lo dijiste: teníamos que echar un vistazo. ¡Y la impaciencia me estaba volviendo loca! Necesito saber qué le pasó a Murray. Y qué quería decirme.
   –Pero…
   –Tranquilo, gruñón, no me ha visto nadie.
   –No estarás en esa casa todavía, ¿no? La policía podría volver a presentarse allí en cualquier momento.
   –No soy idiota. Por supuesto que ya no estoy allí. Aunque no he podido echar un vistazo a fondo.
   –Por falta de tiempo.
   –Pf… ¡Porque he encontrado algo muy interesante!
   –¿En la casa? ¿Qué has encontrado?
   Sin responder a mi pregunta, me ordenó que me presentara enseguida en el apartamento de Murray de Kirkwall. Por Dios, esa mujer acabaría conmigo… Primero me preocupa, después me dice que ha encontrado algo…
   Randa parecía entusiasmada. Mucho. Tras esa conversación, no me habría sorprendido demasiado que hubiese robado ese algo que había encontrado. ¿Tendría que ver con el secreto de Murray? Fue el interés más que otra cosa lo que me llevó a vestirme, meterme un escaso desayuno en el estómago y salir del hotel con prisa a aquellas frías y oscuras horas. Encontrase lo que encontrase, debía de ser algo muy importante para ella si le hizo detener su inspección clandestina.

   –Mira, Monroe, esta es Firtha Wingfield –me dijo Randa cuando llegué.
   –Wingfield –repetí.
   –La actual dueña de la casa.
   –¿Pariente de Murray?
   –Su hija –La joven esbozó una sombra de sonrisa.
   –Su…
   –Desde hace treinta años, al parecer –señaló Randa. Sus ojos muy abiertos y labios apretados mostraban lo que le sorprendía ese hecho.
   –Treinta…
   Casi me quedé sin palabras. No tenía ante mí un simple objeto inanimado, sino a una mujer. Una mujer joven, esbelta, de melena ondulada de oro. Poseía unos ojos celestes grandes y penetrantes. ¿Descendiente directa de Murray? Entonces… ¿Murray Wingfield había tenido una hija? ¿Y no habíamos oído hablar de ella en todo el tiempo que trabajamos con él? Me extrañaba mucho. Él nunca había mencionado retoño alguno. Ni siquiera a una esposa, amante ni nada parecido. ¿Y esa señorita existía desde hacía más o menos del doble de tiempo del que nosotros conocíamos al anciano?
   En la mesa circular, frente a Firtha, había un plato con el esqueleto limpio de un pez, por lo que ni siquiera me acerqué a la joven para saludarla. En el centro había un viejo tablero de ajedrez. Firtha y Randa habían empezado una partida de aquel juego del que, al parecer, la Wingfield era aficionada. Mi compañera y yo permanecimos de pie frente a nuestra anfitriona.
   –¿Hija de Murray? –le pregunté. Sentada en un sillón con las piernas cruzadas y apoyada contra el respaldo, con la uña de su pulgar entre los dientes y un vestido de color a juego con sus ojos, la chica asintió–. Y… Bueno… ¿Qué…? –Mi torpeza debía de ser evidente. Todavía intentaba asimilar la situación–. ¿Quién es… su madre? Murray nunca nos contó…
   –Mi madre es irlandesa –El tono de voz de Firtha era muy dulce, casi infantil–. Eso me dijo mi padre. Nunca la conocí.
   –¿Usted también es irlandesa?
   –Yo vivo en Dundee.
   –Cerca de Edimburgo –señaló Randa–, donde vivía su padre antes.
   –Yo no sabía ni que era escocés hasta que supe de él, fíjense. Creo que lo de mis padres no fue más que una breve aventura. Mi nacimiento debió de ser indeseado. Mi madre me dio en adopción cuando nací.
   –Vaya. Lo siento.
  –Pero recibí una carta de mi padre –Rió–. ¡De mi padre biológico! Me invitó a venir a verle. ¡Después de treinta años! ¿Pueden imaginarse mi sorpresa? Así que… aquí estoy.
   –¿Vino directamente? –seguí yo–. ¿Sin más?
   –¿Qué habrían hecho ustedes? Al principio dudé si debía venir a verle –Se encogió de hombros y se tomó una pausa para reflexionar–. ¿Saben? Desprecié a ese hombre durante toda mi vida, aun sin conocerle. Estuve a punto de rehusar, de pedirle que se metiera su invitación por… Pero era mi padre, y he deseado ver su cara desde que tengo uso de razón.
   –¿Llegó a ver a su padre antes de que desapareciera?
  –Volvió a hablar Randa–. Porque yo no llegué a verle cuando vine. Desapareció el día anterior. ¿Pudo conocerle?
   –Claro. Pude pasar unos días con él. Sólo unos pocos días. Siempre quise conocerle. Y ahora no está… –La joven dejó escapar una risita triste. Salvo en ese instante, su miraba oscilaba constantemente entre los ojos de Randa y los míos–. Sus propiedades son ahora mías y ahora me veo aquí, sola, buscándole otra vez. Parece una broma de mal gusto. ¿Nunca les habló de mí? ¿O de mi madre?
   –No. Nunca. Y me extraña mucho.
   –Supongo que no es sorprendente.
   –Encontré a la señorita Wingfield en Rousay, Monroe
   –Me informó Randa–. Se había colado en la casa sin permiso –Agudizó su sonrisa–. Igual que yo.
   –¿De verdad? ¿Qué hacía allí? –Me dirigí a Firtha con recelo.
   –He decidido quedarme en las islas un tiempo más por si hay noticias de mi padre –Volvió a encogerse de hombros–. Como ya no está, puede que deba volver pronto a Dundee. Cuando la policía me lo permita…
   –¿Sabe que al entrar allí ha podido interferir en el caso? ¿En la búsqueda de su padre?
   –Sólo quería… recuperar algo de mi padre. Hacerme con algo suyo. Con un recuerdo. Con las dos casas no me basta. Ni siquiera tengo intención de quedármelas. Quería algo más… personal, algo que me hablara de él y que pudiera llevarme conmigo, como una fotografía. Me enseñó muchas cosas, como jugar a esto –Señaló el tablero de ajedrez–, pero creo que no tuve tiempo de conocerle bien. Apenas pensaba en algo más que en sus animales.
   –A ver si me entero: ¿treinta años sin saber de él y le pidió que viniera hace menos de un mes? ¿Y hasta le entregó en herencia sus propiedades? –Bueno, soy su única hija. Aunque igualmente resulta curioso, ¿verdad? No estoy segura, pero creo que mi madre y él no acabaron bien.
   “Qué casualidad…” Aquello me era familiar.
   –Puede que, en el fondo, yo le importara a mi padre –siguió la chica, con aire pensativo–. Durante todo este tiempo. En fin, debió de dedicar tiempo a buscarme, ¿no? Puede que, por algún motivo, no se atreviera a reunirse conmigo hasta ahora. Quizá se sentía… No sé… Podría estar avergonzado por haberme abandonado.
   –Puede que se sintiera mayor y no quería dejar pasar la oportunidad de conocer a su hija –aportó Randa.
   –Sí, es posible.
   –Y… ¿qué estuvo haciendo con él durante esos días? –seguí yo.
   Firtha sonrió.
   –¿Qué suele hacer alguien con un padre al que acaba de conocer? Mi intención era conocerle, recuperar todo el tiempo posible a su lado. Es lo más habitual, ¿no?
   –¿Nada más?
   –También le ayudaba con su investigación, si eso les interesa.
   –¿Buceaba con él? –indagó Randa.
   Me pareció notar un matiz de sorpresa en su voz.
   –Sí. Él me lo pidió –afirmó Firtha–. Lo pasábamos bien bajo el agua. Y me encanta el mar.
   –En eso se parece a su padre –sonrió mi compañera.
   –Para mí era una forma de pasar tiempo juntos.
   –Entonces… ¿estaba con él cuando murió? –seguí preguntando–. ¿Vio lo que pasó?
   –No siempre iba con él, inspectores. No siempre me pedía que le acompañase. Creo que no quería abusar de mi ayuda. A veces se metía en el mar solo, como siempre había hecho antes de mi llegada.
   –¿Él buceaba todos los días? –dijo Randa.
   –Al menos lo hizo desde que yo llegué. Durante más o menos tiempo, lo hacía. Sólo en contados días no lo hizo. Era casi imposible impedírselo.
   –La casa ardió el mismo día que desapareció, ¿verdad? –pregunté–. ¿Tiene idea de cómo pudo pasar?
   –No.
   –¿Murray manipulaba objetos inflamables o…?
   –Ahora que lo recuerdo, la cocina funcionaba con gas. Es probable que olvidase el gas abierto. No me pregunten qué habría podido hacerlo arder mientras la casa estaba vacía. No tengo la menor idea.
   –¿Y cuando la casa ardió? ¿Estaba su padre en el mar?
   –¿Cuándo no estaba en el mar? –rió–. Es probable. Él podía pasar mucho tiempo allí. Pero no puedo garantizárselo.
   –¿Y usted?
   –¿Dónde estaba yo? A veces me iba por ahí. Cuando me apetecía o cuando él no me necesitaba. Aunque pasaba la mayor parte del tiempo con él en Rousay, yo estaba aquí en Kirkwall, en esta casa, cuando pasó todo. Aquí me instalé. Si hubiera sabido que aquello pasaría, me hubiera quedado con él.
   La señorita Wingfield parecía sincera y, a pesar de ello, yo me preguntaba si algo de lo que decía era cierto. Con la misteriosa desaparición de Murray, la curiosa aparición de su hija desconocida… Todo parecía extraño. Debo señalar también que no la vi muy dolida por
la reciente pérdida de su padre. Claro que le conocía de poco tiempo y, según su relato, él la abandonó.
   –Su padre me envió una carta pidiéndome venir –comentó Randa–. Por casualidad no sabrá qué quería decirme, ¿no? ¿Podría querer hablarme de usted? ¿De su encuentro?
   –¿A usted? No… no lo sé, lo siento. Debía de apreciarla mucho si la eligió a usted para confiarle un secreto.
   –Fuimos buenos amigos hace años.
   –Parece una mujer bella, señora Green. Fuerte.
   –Oh, gracias –En esta ocasión, Randa se mostró modesta ante el cumplido–. Dígame…
   –¿Está casada? ¿O lo estuvo?
   –No y… no.
   –¿Tuvo algo romántico con mi padre? –Tras la aparente indiferencia de la Wingfield me pareció ver una mirada inquisitiva.
   Randa se apresuró a responder, con una sonrisa más suavizada.
   –No. No, no.
   –¿Le hizo creer que lo tenían?
   –¡No! Nada de eso, señorita Wingfield. No pasó nada de eso, se lo aseguro.
   –Quizá por eso confiaba tanto en usted.
   –No, no, no. De verdad.
   –¿Son ustedes pareja? –Ahora Firtha se refirió a Randa y a mí. Aquello empezaba a hacerse incómodo para mí también.
   –En absoluto –Respondí yo, secamente.
   –Dígame: ¿se comportaba su padre de forma extraña últimamente, señorita Wingfield? –Mi compañera retomó la investigación por fin.
   –¿Extraña?
   –En su carta me pareció algo… nervioso. Alterado. ¿Sabe si podía tener algún enemigo?
   –No sé quién podía desearle algún mal. De todos modos, no sé demasiado de su vida. Desde que le conocí, siempre parecía… inquieto. Sobreexcitado tal vez. Pensé que quizá sólo era su forma de ser.
   –A usted no le… hacía daño, ¿verdad?
   –No –A Firtha le sorprendió la pregunta.
   –Perdone si parezco atrevida o… insolente. Es importante que sepamos estas cosas.
   –Inspectora, mi padre era un buen hombre, a pesar de todo. No intentó conocerme durante treinta años. Quizá su intención era protegerme a mí o… protegerse a sí mismo. Pero nunca me puso una mano encima.
   –Y me lo creo. No obstante, no le he visto desde hace unos catorce o quince años. Podría haber cambiado en ese tiempo. Da igual. ¿Qué estaba estudiando su padre cuando desapareció?
   –A las focas grises, que yo sepa. Eso fue lo último que yo observé con él.
   En ese punto, Randa adoptó una actitud más… Bueno, más suya. Cruzó un brazo bajo el pecho, apoyó su mentón sobre el puño del otro brazo y adquirió una expresión más… ¿soñadora?
   –¿No le parecen unos animales adorables? –preguntó con ojos entornados.
   –Lo son, ¿verdad? –Los ojos de Firtha brillaron. Sus labios se estiraron mostrando su dentadura.
   –¡Ay! ¡Una de las mías! Por estas cosas me caía tan bien su padre. Teníamos muchas cosas en común.
   Carraspeé intentando que aquella molesta conversación de adolescentes volviera a un cauce más serio. Debió de ser una intervención algo brusca, pero… ¿qué diablos era eso?
   –¿Y a ti qué te pasa? –me preguntó Randa, molesta.
   –Hemos venido a trabajar –recordé.
   –Claro, gruñón…
   Firtha mantuvo fijos sus ojos en los míos, en una inquietante mirada por la que casi me arrepentí de haber intervenido. Randa recuperó la compostura. Se aclaró la garganta y siguió preguntando.
   –Me dijeron que Murray acompañaba a unos pescadores de Rousay para meterse en el mar. ¿Qué puede decirme de eso?
   –Sí, eso me dijo mi padre –asintió Firtha.
   –¿Usted no iba también con ellos?
   –No. Desde que yo estoy aquí, él nunca se fue con esos pescadores. Prefería pasar más tiempo conmigo.
   –Normal.
   –Yo sólo le acompañaba cuando se metía en el mar directamente desde la playa. Entonces siempre íbamos solos. Siempre. En plan familiar.
   –Quizá usted sepa de algo que podría haberle pasado en el mar.
   –Pues…
   –Los animales. ¿Tuvieron alguna vez un encontronazo con alguno? ¿O algún otro problema?
   –Mi padre estaba en bastante buena forma física. Era un gran nadador, por supuesto. ¿Cómo no? –sonrió la joven–. Pero era un hombre mayor. Ya lo saben. El mar es… impredecible. Traicionero. Quizá algo le sobresaltase y sufriese un infarto. O se golpease contra algo. Quizá se distrajo durante demasiado tiempo y se le acabase el oxígeno antes de poder volver a la superficie. Pudieron pasar tantas cosas…
   –Sí, la última opción parece probable…
   –Me siento un poco culpable, ¿saben? Llevo preguntándome si debí pedirle que no se metiera en el mar sin mí desde que desapareció. No debí dejar que lo hiciera solo.
   –De acuerdo. Señorita Wingfield, mi compañero y yo hemos venido desde Londres para buscar a su padre.
   –¿Desde Londres? –se sorprendió Firtha.
   –Su padre trabajó con nosotros allí. No supimos nada de él durante años, hasta que me envió la carta. Pero era un buen amigo nuestro. ¿Puede decirnos algo más que nos ayude a encontrarle?
   –No quiero parecer grosera, inspectores, pero deberían volver a Londres. Dejen las Orcadas.
   –¿Disculpe?
   –Los isleños están hechos de otra pasta. Este no es sitio para ingleses.
   –Señorita Wingfield, desconozco la opinión que tienen aquí de los ingleses, pero somos perfectamente capaces de ocuparnos de esto. Hemos venido a ayudar en lo que…
   –No me malinterpreten. Ustedes no están hechos a este clima. A este terreno. Parecen buenas personas. Desde que desapareció mi padre, me preocupa lo que pueda haber o pasar en esas aguas. Me preocupa que les pase a ustedes algo también si se meten en el mar. Porque supongo que pensarán hacerlo, si no lo han hecho ya.
   –Pues…
   Antes de que Randa pudiera responder, Firtha se levantó para coger sus manos.
   –Le agradezco que haya acudido con rapidez a la llamada de mi padre, señora Green, pero él ya no está. Debe de llevar ya mucho tiempo muerto, esté donde esté.
   –Aun así…
   –No son de estas islas y ya no tienen motivos para permanecer aquí. Los escoceses pueden encontrar a mi padre sin su ayuda. Por favor, vuelvan a casa.

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Capítulo 4 aquí.

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