Mi novena novela: Divididas


Divididas es la segunda y última parte de la serie Perdidas.

Sinopsis:
Catorce años después de los sucesos de Rotas, Kimberly Rayder, ahora llamada Edén Neville y refugiada en Alaska, vuelve a encontrarse con un viejo y poco amistoso  conocido, quien, pidiendo su ayuda, le lleva a volver a Canadá, país al que se había prometido no volver jamás, para para bien o para mal, enfrentarse a sus también viejos enemigos.

ISBN papel: 978-1-365-83308-3
ISBN ebook: 978-1-365-83316-8

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Fragmento del libro:


Prólogo



   El crimen.
Era algo que siempre, desde muy joven, había ocupado un puesto, no precisamente de honor pero sí importante, en la mente de Gregor Wallace. Era algo que preocupaba a este hombre hasta el punto de haber acabado decidiendo alzarse en su contra. Y especialmente desde hacía unas semanas, pensaba con pesar en las generaciones jóvenes, en cómo el crimen, con su poder de corrupción, podía moldear inevitablemente a una persona inocente, a una víctima, transformarla para siempre, hasta quizá convertirla en otra despreciable criatura como si del sistema de reproducción de una especie degenerada se tratase.
Me cago en todas las formas del agua…

Gregor se arrebujaba en su abrigo, muerto de frío, hasta casi romperlo. Aunque detestaba estar en el extremo más septentrional del continente americano y encima entrando en invierno, había tenido que viajar hasta Anchorage, una ciudad de la costa sur de Alaska. Ya se sentía mayor para aquello, para todo en lo que estaba metido. Del mismo modo, tampoco soportaba ya las bajas temperaturas como antes.
Su búsqueda le había llevado a varias poblaciones de la costa norte del estado para preguntar en compañías petroleras. La información más reciente que tenía de la persona a la que buscaba era que había estado trabajando en un barco de petróleo. Al parecer, esa información había cambiado, lo que no fue sorprendente dado el motivo por el que aquella persona se había mudado a Alaska. Mudanza que el propio Gregor le había ayudado a realizar.
Al final tuvo que recurrir a su influencia policial, logrando al fin una pista de la ubicación de alguien que parecía coincidir con la descripción que casi nadie reconoció.
Por suerte esa descripción no había quedado demasiado desfasada.

Siguió la pista hasta el campamento de trineos de perros llamado Malamute Land. No le pareció un mal lugar en el que su objetivo hubiese decidido instalarse, aunque quizá sí que era peor que un barco para su propósito.
¿Acaso su objetivo había olvidado finalmente ese propósito para llevar una vida mas tranquila?
Fuese como fuese, esa persona había vivido con un par de zorros además de con caballos en Calgary. Tampoco parecía extraño que le gustase estar allí, rodeada de criaturas.
Gregor observó a los alegres animales, entre los que se contaban huskies siberianos, alaskan malamutes y algún perro de Groenlandia. Los entusiasmados turistas reían acariciando a los cánidos y se amontonaban esperando con entusiasmo su turno para disfrutar de la aventura. Los recuerdos de su familia que aquello le traía a Gregor, instaló en su faz una sonrisa triste.
¿Puedo ayudarle? –Un hombre de pelo negro, mandíbula prominente y carrillos hundidos, bastante delgado pero de presencia imponente y una cabeza más alto que Gregor, le sobresaltó, interrumpiendo su observación y sus taciturnos pensamientos.
Sí. Estoy buscando a… a Edén. Edén Neville.
Puede hablar de trineos conmigo, caballero.
A Gregor no le pasó desapercibido que la sonrisa del tipo se suavizara ligeramente, al mismo tiempo que su ceño se arrugaba. Le sorprendió el repentino cambio de actitud. Sólo un poco.
No es un viaje lo que busco, amigo –respondió–. No estoy aquí de turismo. Soy un viejo conocido de Edén. Me han dicho que tal vez podía encontrarle aquí. Me gustaría hablar con ella –El alasqueño le examinó con recelo–. Oiga, he venido desde Canadá para esto –insistió Gregor–. Es evidente que conoce a Edén. Es importante que le vea, por favor. Como he dicho, soy un viejo amigo.
¿A quién debo anunciar?
A Gregor Wallace.
Acompáñeme, por favor.
Gregor siguió al tipo hasta una de las cabañas de madera más grandes del lugar. Una vez en la puerta, tuvo que esperar en el exterior, desde donde pudo oír al alasqueño hablar con alguien en un idioma que desconocía, entendiendo únicamente entre sus palabras los nombres de Edén y Gregor Wallace. La respuesta femenina tardó un rato en llegar. Él llegó a temer que la chica se negase a recibirle. E incluso que le expulsara del campamento sin verle siquiera. Opciones para las que él ya se había preparado, de todos modos. Cuando Edén respondió por fin en el mismo idioma, Gregor se preguntó intrigado qué aspecto tendría aquella joven e indómita adolescente que conoció catorce años atrás, en el lejano mil novecientos ochenta y dos. Ahora debía de ser una mujer de unos veintiocho años.
El alasqueño se asomó por la puerta, sin haber cambiado su severa expresión.
Puede entrar.
El interior de la cabaña era sorprendentemente cálido, aunque no demasiado. Tras recibir la dirección en la que ir, Gregor tuvo la libertad de caminar a solas hasta lo que parecía algo así como un gimnasio, en el que había algunas barras, pesas y otros aparatos de ejercicios. Casi no pudo creer el enorme cambio físico que había sufrido aquella chica. Edén Neville, antes llamada Kimberly Rayder, podía ahora mirarle a los ojos sin apenas alzar la vista. Ella debió de haber estado haciendo ejercicio, pues le encontró algo sudorosa, con unos ceñidos pantalones deportivos y un top con manchas de sudor que le dejaba la mitad inferior del tronco al descubierto. Aquello le permitió examinar una vez más el viejo tatuaje de aquel caballo a la carrera en su espalda, que se había ensanchado junto con las caderas. La larga cicatriz del riñón izquierdo, así como las de sus piernas, también seguían allí. Suponía otro cambio más su pelo, que aunque conservaba el tono tostado, era ahora bastante corto, casi masculino. Sus antes delgados muslos habían adquirido una notable masa muscular. Eso y su atlética figura trajeron otro recuerdo: el de que le gustaba el deporte. Entre ellos, correr era su preferido.
Al menos lo último parecía seguir igual.
Gregor Wallace –Edén ni siquiera le miró cuando él llegó a la puerta, limitándose a beber agua de una botella.
Gregor no notó en la joven la menor señal de que le alegrase el reencuentro. Predecir la fría bienvenida le habría hecho sonreír si se hubiera presentado con un humor distinto. Únicamente en parte, y tal vez en una menor parte, entendía por qué ella seguía negándose a ser más agradable con él.
Todavía me cuesta llamarte Edén. ¿En qué idioma habéis hablado?
Ruso.
Ah.
Hay muchos rusos en Alaska.
Sí, algo había oído. Tu amigo casi me hace pensar que no me permitiría verte. Parece que has encontrado a alguien que cubra tus espaldas.
Artyom me protege –Ahora ella le miró–. Es un buen amigo.
¿Sólo amigo?
Sólo amigo. Pero si me pica, él me rasca. Eso es todo.
Ah –Ahora sí, Gregor tuvo que sonreír. La sincera espontaneidad de la joven tampoco había mutado.
He esperado mucho para poder hacer lo que me de la gana –comentó ella como si le hubiese molestado la sonrisa.
Gregor recordó con cierta nostalgia en día en el que habló de ello con la chiquilla de catorce años en la comisaría. Una chiquilla cuyo recuerdo de su personalidad le hacía también sonreír a pesar de no ser entonces una muchacha muy amistosa. Revivió en su mente todos los métodos con los que ella había intentado eludir la prisión, unos más simpáticos que otros.
Se moría por crecer. Por ser una mujer –Aquello divertía y entristecía al mismo tiempo a Gregor, quien pasaba la mayor parte del tiempo maldiciendo no ser al menos unos diez años más joven–. Ahora es adulta. Y, si sigue siendo como cuando le conocí, dudo que eche de menos la juventud”.
Lo sé –asintió él–. Te veo muy bien.
Tú en cambio estás…
¿Hecho un vejestorio? –aventuró Gregor, sonriente.
Bastante estropeado. Aun para tu edad. ¿Cuantos años cargas ya? ¿Sesenta?
Casi. Y no duermo mucho últimamente.
¿Va todo bien? ¿Pareces cansado y tenso? ¿Aún te pongo tenso? –Edén esbozó una sutil sonrisa maliciosa.
Es por este frío”, quiso mentir Gregor. Prefirió eludir el tema por el momento, buscar un camino menos directo.
¿Te preocupa mi salud? –preguntó, aunque lo dudaba.
Me preocupa por qué estás aquí. ¿Cómo me has encontrado?
He estado siguiendo la pista de todos los supervivientes de tu internado desde que se derrumbó.
¿De todos?
Así es.
¿Están todos… vivos? –Edén desvió la mirada mientras se limpiaba el sudor del rostro, de las axilas sin depilar y del pecho por debajo del top con una toalla, como si le incomodara el tema–. Me refiero a los alumnos.
Todos lograron salir a tiempo.
Bien. Así que nos rastreas. ¿Te preocupas por nosotros, inspector?
Me preocupo. Quería asegurarme de que no os pasaba nada desde aquello. Aun así, me ha costado un poco encontrarte a ti en particular –Gregor echó un vistazo al lugar–. Parece que no te va mal–. Entonces… ¿te sientes… en buena compañía? –preguntó vacilante. La última vez que aludió al miedo a la soledad de Edén, acabó con dolor de mandíbula. Y no sabía si ese miedo seguía existiendo en ella. Como Edén sólo le miró con profunda hostilidad, se apresuró a explicarse–. Lo digo por lo de haberte mudado a otro país sola. Lejos de tu familia. Para algunos podría ser difícil.
Estoy perfectamente.
Hubo una pausa tensa.
Cambiemos de tema –sugirió Gregor–. ¿Monitora de trineo? ¿Por qué? ¿Por qué dejaste la industria del petróleo? Si puedo preguntar.
Los animales no hacen daño a nadie –Los almendrados ojos claros de Edén se fijaron en Gregor con una expresión peligrosamente severa.
Entiendo.
Y los trineos son lo más parecido a montar a caballo que conozco. Creía que perderme en medio del mar sería más seguro, pero me di cuenta de que prefería la tierra firme. Más amplia. Más abierta. Un barco es demasiado limitado. Es una jaula grande –Torció los labios en un gesto reflexivo–. Hay una distancia importante entre Toronto y Alaska. ¿Qué haces aquí?
¿Es que no puedo venir a ver si una vieja amiga está bien?
Amiga –sonrió Edén, entre burlona y sorprendida.
Tú eres la que más lejos ha terminado de entre todos aquellos chicos. La única que dejó Canadá.
Me ayudaste a esconderme. Me ayudaste a cambiar mi identidad. Ya te di las gracias por ello. Pero nuestra relación nunca fue amistosa. Para haberme tenido tan controlada todo este tiempo, yo no he sabido nada de ti en catorce largos años –bromeó la joven–. No me has llamado, no me has visitado… No has venido simplemente a ver cómo me va. Por eso me preocupa tanto el motivo por el que estés aquí.
Me preocupabas de verdad, Kimberly.
¡Edén!
Cierto. Lo siento –Gregor comprobó que no había nadie a su alrededor que pudiera haberle oído. Después pensó en cómo proceder. Sabía que iba a entrar en terreno movedizo–. Mira, tu tía Amy…
Mi madre –gruñó Edén.
Tu madre. Ha estado…
Edén le interrumpió con un resoplido. Después se dirigió al armario.
Seguiremos con esta conversación fuera –anunció dirigiéndose al armario.
¿Con este frío?
El frío me gusta. Y voy a necesitar aire fresco. Necesito sentir el viento en la cara. Parece que va a ser una conversación larga. O por lo menos desagradable. Presiento que voy a tener que gritarte, y prefiero hacerlo donde no pueda perturbar a los clientes. Por otra parte, las paredes tienen oídos. Mejor que hablemos en privado. Dame un momento.
Al ver que la chica empezaba a desnudarse allí mismo, de espaldas a él pero en su presencia, Gregor se dio rápidamente la vuelta para salir de la estancia.

Ya vestida con prendas más hechas al frío y gafas de esquiador, Edén anunció a sus compañeros que se llevaría uno de los trineos. No había problema con eso, puesto que el campamento estaba en un momento de descanso. Era casi la hora de comer. Gregor temió acabar cayéndose de aquel trasto que tan inseguro le pareció, por lo que ella le invitó a rodearle con los brazos por la cintura. Él agradeció el agarre, aunque procurando evitar aferrarse con demasiada fuerza. El contacto físico había sido otra cosa que a la joven le costaba soportar, aunque no dio señales de que eso siguiese siendo así.
Bien, ¿qué querías decirme de mi madre? –preguntó Edén desde el interior de su capucha, ya en plena marcha.
Amy ha estado buscándote desde que… desapareciste. Aún hoy lo hace –Gregor notó cómo Edén se agitaba incómoda. Continuó igualmente–. Oye, entiendo el motivo por el que prefieres que ella no sepa de ti. Conozco el peligro al que podría exponerle la información. No te pediré que cambies de parecer. Pero es difícil tener que mentirle cada vez que me llama por teléfono preguntándome si sé ya algo de ti. Casi parece mi mujer. Algunas de esas veces incluso se desplazó a Toronto desde Calgary, como si esperara que al vernos las caras le diría algo. Empiezo a creer que sospecha que le miento. Y lo cierto es que mentirle a la cara es aún más difícil. Aun después de haber archivado tu caso hace mucho tiempo, sigue suplicando mi ayuda. Yo no hago más que recordarle que se acabó, que ya hice lo posible por encontrarte, insistiendo en que ella debería olvidarlo y seguir adelante, que insistir sólo traería dolor a su familia. Después de tantos años, sigue creyendo que estás viva, en alguna parte.
Supongo que sabe que Evan está…
Sí. Eso sí que lo sabe. Aunque no hubo cuerpo que enterrar.
¿No encontrasteis el cuerpo de mi padre? –Edén se mostró algo molesta.
No. Lo siento. Si te soy sincero… tampoco quisimos indagar demasiado tratándose de… Ya sabes.
Me prometiste que no volveríamos a tratar ese tema –recordó Edén tras lo que pareció un silencioso pero doloroso momento–. ¿Vas a sugerirme que vaya a ver a mi madre?
Gregor negó con la cabeza aunque Edén no pudiera verle.
Sólo te informo de lo que ha estado pasando.
Quizá debiste decirle que encontrasteis mi cuerpo aplastado entre los escombros o algo así. Quizá así me habría olvidado. Siento obligarte a mentirle. Nada me gustaría más que Amy supiera al menos dónde estoy. Que estoy viva. Me duele que esté preocupada por mí. Me duele mantenerle en la ignorancia. Pero no debe saber nada. Nadie debe saber una mierda. Fin de la conversación. Era más fácil para mí creer que todos me habían olvidado, así que Gracias, Gregor –Edén no estaba nada agradecida–. Muchas gracias por contarme todo esto. ¿Hay alguna mierda más por la que hayas venido a tocarme el coño?
No sigue en Alaska sólo por mantenerse a salvo tanto a sí misma como a su familia –dedujo Gregor–. Le aterroriza volver a casa después de lo que le pasó a su tío, su padre adoptivo. Se siente culpable”.
Ya no tengo casa, Edén –Como la aludida sólo ladeó la cabeza intrigada, Gregor se explicó–. He tenido que irme.
Pues lo siento. Todos tenemos problemas. Espero que no hayas pensado en mí como tu nueva amante –bromeó otra vez la joven, dejando parte de su irritación a un lado–. Puede que me halagase que hubieses venido hasta aquí por eso, pero…
No –sonrió él con poca gana–. Claro que no. No es que me haya divorciado ni nada parecido.
Pero la señora Wallace te ha echado por algo.
Tampoco es eso.
¿Entonces?
Todo ha sido decisión mía. En realidad…
Vamos, inspector, suéltalo.
He venido a pedirte ayuda.
Gregor no podía verle la cara a Edén, por lo que sólo el brusco enderezamiento de la espalda de ella reveló su sorpresa.
Mi ayuda –repitió divertida–. ¿Qué clase de ayuda crees que puedo ofrecerte?
He tenido que irme de casa por mis salidas nocturnas. Por mis secretos. Secretos que ya empezaban a preocupar a mi mujer. Cada vez me hacía más preguntas. Le dije que debía irme un tiempo por unos asuntos personales. Aún estoy pensando en qué explicación le daré cuando vuelva.
No serás el primero que acabe así. Debiste ocultar mejor tus infidelidades. O a tus putas. Lo que sea. Yo no me meto ahí.
No te rías de mí. No es eso. Creo que, desde que mataste a los miembros del… del Consejo en Toronto, un nuevo gobierno se ha impuesto entre… ellos.
¡Vale, largo de aquí!
Gregor se vio de pronto rodando por el frío suelo blanco. Edén le había expulsado del trineo en plena marcha, deteniendo a los perros sólo después, con brusquedad.
Espera un momento –Él se levantaba lenta y dolorosamente, aún impactado por la inesperada agresión.
¡¿Has olvidado por qué estoy aquí?! –Edén lanzó una bola de nieve, de la que Gregor se protegió a duras penas–. Me mudé para alejarme de ellos. Hasta me he asegurado de no llamar la atención en todos estos años cometiendo delitos. Esperaba no volver a oír nunca nada más de ellos –Otra bola de nieve–. ¡Y ahora tú me los traes!
Por favor, escucha…
Otra bola más.
Ya he oído bastante –asintió ella, volviendo al trineo con aparente intención de dejar allí a Gregor.
No te hablaría de esto si no fuera realmente importante.
Pues más vale que termines de hablar antes de que deje de escucharte y le pida a Artyom que te eche de aquí a patadas –Edén se había armado con otra bola, que no llegó a lanzar–. Cosa que hará con placer. Y eso si no te hecho yo misma.
Ha habido numerosas desapariciones de bebés por toda Canadá durante los últimos años. Así como en otras partes del mundo. Bebés, Edén. Los padres desesperados acosan casi sin descanso y durante días a la policía cada vez que un niño desaparece.
¿Y por qué me lo cuentas a mí? ¿Qué cojones hace Gregor Wallace en este cubito de hielo en lugar de hacer tu trabajo? Son cosas que se me escapan.
¡Tampoco soy inspector ya! –Gregor ya sabía que podría fácilmente perder la calma. Se esforzaba mucho por ser paciente con Edén desde que conoció su difícil historia. Tarea que siempre había sido complicada–. He tenido que dejar también el trabajo por la investigación que he estado llevando a cabo.
¿Por qué? –El interés parecía estar despertando ya en Edén, aunque no demasiado–. ¿Es que no es un caso para la poli?
Gregor asintió solemnemente.
Desde luego que lo es. Mis superiores frenaban o interrumpían constantemente la investigación con cualquier excusa barata. Tú y yo conocemos perfectamente el motivo.
Parece que ese caso te afecta de verdad. ¿Así que por fin has decidido enfrentarte a ellos? Tu preocupación por mí llega tarde, de todos modos.
¿Cómo?
Tú ya conocías la existencia de esos desgraciados. Desde mucho antes que yo. Pudiste haberme prevenido la primera vez que hablamos, cuando me arrestasteis.
La acusación ensombreció el semblante de Gregor.
Tú eres la única de los supervivientes que conoce su existencia. Es mejor que los demás sigan sin conocerla. Ya sabes lo que podría pasar. Sabes lo que podría habernos pasado tanto a vosotros como a mí si hubiese ido por ahí difundiendo el gran secreto. Secreto que, en realidad, nunca conocí realmente hasta que TÚ me lo revelaste. Nunca supe lo que eran realmente. Lo que más mantenía mi boca cerrada era que me mantuvieran en mi puesto bajo algo que olía muy sospechosamente a amenaza contra mi familia. Ahora mismo me estoy arriesgando mucho hablando de esto contigo.
Tienes que tener unos huevos muy gordos para venir aquí a hablarme de eso. ¡Para venir a traerme el pasado! ¿Se te ha ocurrido que nos pones en peligro a los dos? ¿Por qué cojones no debo echarte de aquí? ¿Qué ayuda esperas exactamente de tu “protegida” Edén Neville?
Mi nieto es uno de los bebés desaparecidos.
Tu nieto –Edén no mostró demasiado interés–. Ya veo.
Un crío de apenas dos años. Y mi hijo ha sido asesinado también. La misma noche en la que desapareció el niño. Al parecer luchó contra alguien. Yo creo que pudo intentar proteger a su hijo.
Gregor dejó que Edén rumiara los hechos un momento, mirando en dirección al campamento mientras se alejaba unos pasos más de él.
Así que pretendes impartir tu propia justicia y esperas que yo te ayude –afirmó ella–. ¿Es eso? ¿Por qué crees que han sido ellos?
No tengo del todo claro que sean ellos. Pero hay indicios que parecen señalarles.
¿Como cuáles?
En muchos casos han sido forzadas a golpes puertas o ventanas que no habría podido forzar cualquier hombre. Parece haber sólo dos opciones: o se trata de bandas de culturistas que actúan por gran parte del mundo o son ellos. A mí, francamente, me parece más verosímil la segunda opción.
Sí…
Y por supuesto está también lo de que mis jefes se negasen a investigar el caso. Aunque si de verdad son esos malditos los que están detrás de lo de los bebés, se me escapa el motivo. Por lo que sabemos, no habían hecho nada parecido, al menos, desde que yo conozco su existencia. Nunca habían llamado la atención de manera semejante. Siempre habían sido muy… discretos. Tienen formas más sutiles de hacer las cosas. Y todo esto empezó poco después de la destrucción del internado.
¿Y los cuerpos?
No se han encontrado muchas víctimas. La mayoría suele encontrar a su hijo desaparecido por la mañana. Sin haberse enterado de nada. Pero las víctimas presentan normalmente brutales roturas de cuello. Y tal vez de alguna pierna o brazo también.
¿Ninguna herida? ¿Nada que…?
Nada. ¿Lo ves? Tú les conoces. Sabes cómo operan. Conoces sus debilidades.
Lo dices como si hubiese sido una de ellos –gruñó Edén con sorpresa ofendida–. Me tuvieron prisionera y me cargué a algunos, sí. Y casi muero yo también en el proceso. Aún recuerdo el derrumbamiento del puto internado como si fuera ayer. Estar a punto de morir aplastada no es algo que se olvide fácilmente –añadió casi en un susurro, frotándose la mano izquierda.
Pero tú…
Si esperabas que te diese alguna pista sobre dónde podría estar tu nieto o qué le han hecho, has perdido el tiempo. No sé nada, joder. Dices que todo empezó después del derrumbamiento. ¿Qué pasa? ¿Crees que es culpa mía? ¿Crees que debo asumir mi responsabilidad y hacer algo al respecto o algo así?
Nada de culpabilidades. Lo único que quiero es que vuelvas conmigo a Canadá.
¡¿Qué?! Debes de estar completamente ido. Me juré a mí misma no volver a pisar Canadá. ¡Sabes lo peligroso que es para mí! Tanto porque pueden estar buscándome como porque… no me conviene alterarme.
Ah. Eso. ¿Cuánto hace que no…? –empezó a preguntar Gregor, sin atreverse terminar.
Edén adivino lo que quería preguntar.
Hace años que no sufro… crisis de mierda –Siempre había hablado de su epilepsia con dolor y esfuerzo–. Pero el riesgo seguirá ahí. Y tú ya me estás alterando –informó con rabia, apoyándose con las manos sobre el trineo con evidente tensión, como si intentase contener su propio cuerpo.
Soy consciente del peligro al que te…
Lo siento, Gregor. No soy una heroína. Y mucho menos la que estás buscando.
Lamento haber tenido que venir a perturbar tu pacífica vida con esta mierda, pero eres la única a la que puedo recurrir.
Fuera de aquí.
Yo he matado a algunos también –Gregor logró despertar de nuevo cierto interés en la joven. ¿O aquella mirada tenía más de preocupación?–. He estado interrogando a algunos de ellos.
¿Les has estado cazando? –Edén le miró con sorpresa. O con miedo.
Supongo que puede llamarse así.
¡¿Sabes a qué estás jugando, viejo chocho?!
Estoy cerca. Sé que estoy muy cerca de saber qué demonios hacen con los niños. Pero no sé si podré seguir solo. Cuanto más me acerco, más se complica todo. Creo que he llegado a un punto muerto. Por eso estoy aquí. Necesito tu ayuda.
Fuera de aquí, Gregor. Que yo sepa, ellos sólo tienen una debilidad. Y si ya has matado a alguno, tú también debes de conocerla. No tengo nada nuevo que contarte. Tienes mi respeto por seguir vivo, pero eso no durará mucho si te empeñas en seguir con esa estupidez.
Sólo…
¡No! Tu mujer ya ha perdido a bastantes miembros de su familia. ¿Y ahora tú también le has abandonado?
No le he abandonado.
Mucho dolor estará soportando ya. Tenías también una hija, si mi cerebro jodido no me falla.
Así es.
Pues si quieres un consejo de tu vieja “amiga”, olvida todo esto antes de que destroces a tu mujer completamente. Vuelve a casa antes de que acabe peor. Porque acabará peor. Es una verdadera lástima lo de tu hijo y tu nieto, pero esta es toda la ayuda que puedo darte. Ahora largo.
Por los puños apretados y temblorosos de Edén, Gregor sabía que estaba conteniendo una furia que podría estallar de un momento a otro. Ella parecía a punto de llamar a Artyom. O de echarle de allí ella misma.
Nunca les has olvidado –siguió él tras vacilar un momento. Ella le miró con odio antes de darle la espalda–. Has pasado todos estos años con miedo, mirando por encima del hombro. Lo noto en tu cara. En el temblor de tu voz.
Estás hablando demasiado, Gregor –Edén empleó un tono amenazador.
Y sé lo importante que es para ti tu familia. He visto la fotografía del jinete en pleno rodeo que tienes en la pared allí dentro.
Basta.
Estás deseando volver a casa. Volver a ver a Amy. A Kaley.
Cállate. Te lo advierto.
¿No quieres que el miedo desaparezca? ¿Poder salir de la sombra de esos malditos y vivir por fin en paz? Puede que este refugio helado tuyo no te proteja para siempre. Seguramente ellos estén también aquí.
Se acabó. ¡Fuera de aquí!
Edén se acercó a Gregor para empujarle en dirección a la carretera. Al ver que no lograba convencer a la chica, él se vio obligado a ir por un camino aún más abrupto.
Me lo debes.
¡Oh! Me preguntaba cuánto tardaríamos en llegar a eso –sonrió ella, sin dejar de empujarle–. Me temo que el “favor” que me hiciste no fue nada comparado con lo que me estás pidiendo. Porque me estás pidiendo meterme en un juego muy peligroso. Un juego en el que difícilmente podríamos ganar. Lo siento. No voy a poder pagar esa deuda esta vez.
Sabes lo que hice por ti. Recuerdas tus crímenes, ¿no? –El propio Gregor temía más y más lo que estaba haciendo a medida que hablaba. Hasta intuía que sería lo peor que podía hacer. Volver a ser agredido por aquella chica parecía cada vez más eminente. Ni siquiera le habría sorprendido que intentase asesinarle. En el fondo lo habría entendido. Le habría dado la razón. Ya se sentía el cabrón más despreciable del mundo por recurrir métodos tan viles. Más aún al utilizarlos contra esa joven en particular. Aun así, creía necesario correr el riesgo. Necesitaba su ayuda con desesperación–. Yo creo que lo que te pido no es nada comparado con los secretos que he mantenido ocultos durante todos estos años. Secretos que yo mismo tuve que destruir de forma ilícita. Ya arriesgué mucho por ello. Y todo por una chiquilla descontrolada e incapaz de evitar meter en problemas tanto a sí misma como a quienes le rodeaban. Incluido yo mismo. Yo te encontré en aquel callejón oscuro, llorando, cubierta de tu propia sangre. Sabías que no debías volver con tu familia y te hice caso. En cierto modo sabía que tendrías razón. Cualquier otro te hubiera devuelto a tu familia sin más, por lo que ahora podríais estar todos muertos. Os salvé.
Hijo de puta… –La expresión de Edén se desfiguraba con la cólera–. ¡¿Tienes los huevos de amenazarme con eso?!
Te lo imploro –Gregor borró ya la severidad hostil de su faz, deseando ahora suavizar las cosas–. He sacrificado mucho en esta investigación.
Fuera de mi vista –Edén apretaba los dientes con fuerza.
Sé que siempre fuiste reacia a llevarte bien conmigo. Aunque ya no soy policía, no te pido que eso cambie. Para serte sincero, eres la última persona a la que me gustaría pedirle esto, pero también eres la única con quien puedo contar. Te estoy suplicando tu ayuda.
Una súplica de lo más curiosa. ¿Quieres hablar de sacrificios? –Con las lágrimas ya descendiendo por su rostro, Edén se quitó el guante de cuero de su mano izquierda, dejando ver que le faltaba la mayor parte de los dedos anular y meñique. Gregor pudo ver mejor ahora las cicatrices de los múltiples cortecillos de sus brazos, y especialmente las de sus muñecas, mucho mayores y visibles–. ¡¿Recuerdas tú esto, cabrón?!
Gregor apenas pudo mantener la mirada en aquello, no porque le resultase desagradable, sino porque imaginar lo mucho que ella había sufrido, lo que había tenido que pasar para estar allí ahora, lograba amedrentarle, hacerle sentir aún peor de lo que ya se sentía, hacerle sentir sin el menor derecho a pedirle nada.
Lo recuerdo muy bien.
Creo que sé mejor que tú lo que es perder algo –Ella volvió a ocultar sus estigmas.
Edén, lo siento.
¡Fuera! –La chica perdió finalmente todo rastro de serenidad. Le propinó un puñetazo al ex policía con la mano derecha, haciéndole rebozarse en la nieve una vez más–. ¡FUERA DE AQUÍ, CABRÓN DE MIERDA! ¡LARGO!
El agredido corrió para irse con un labio sangrando. A Edén se le daba mejor golpear ahora que cuando era niña. Aún oía los improperios de la enfurecida joven a muchos metros de distancia. Dolido tanto por lo que le había hecho como por tener que volver a Canadá solo, decidió que irse era lo mejor.
Se alejó dispuesto a coger el vuelo de regreso a su tierra lamentando haber viajado a Alaska sólo para levantar tensiones.


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Gregor Wallace volvió a la pensión en la que se alojaba. Eran casi las once de la noche. Tras un largo y agotador día, su cuerpo sólo le pedía recobrar energías para retomar su actividad al día siguiente.
Siempre procurando pasar desapercibido, caminaba despacio, con sigilo. Del mismo modo giraba la llave en la cerradura. Lo primero que hacía siempre al llegar a su habitación, antes incluso de encender la luz y de entrar, era comprobar que no había nadie, que todo excepto la cama y el baño seguía tal como lo había dejado. Esa era su rutina desde hacía unos ocho meses. Sin embargo, esa noche se vio obligado a actuar con normalidad, salvo porque entró sin siquiera encender aún la luz. La que entraba por la ventana era suficiente. De espaldas a la cama, se desprendió de la cartera. Con pulso tembloroso, sacó con cuidado el cuchillo de su funda. Acarició el acero mientras respiraba profundamente y, de improviso, saltó sobre la cama con un rugido, cuchillo en alto.

¡Me cago en…! –El intruso, aparentemente dormido, despertó del susto, viéndose de pronto aplastado por Gregor. La punta del cuchillo amenazando con penetrar hasta su corazón–. ¡Gregor, soy yo!
¿Kimbe…? Joder… ¿Edén?
Coño, ¡¿estás loco?! ¡Me has dado un susto de muerte! ¿Quieres quitarme ese cuchillo de encima ya? Me aplastas y me haces daño.
Gregor se apresuró a encender la luz.
¿Que YO te he dado un susto de muerte? ¡¿Qué coño haces aquí?!
¿Tú qué coño crees? –Airada, Edén Neville intentaba tranquilizarse desesperadamente antes de que se le pudiera ir de las manos–. Antes de perderte de vista en Alaska, me dijiste que podría encontrarte en la pensión Owl Lurkey de Surrey, si cambiaba de opinión. Bien, pues aquí estoy.
No deberías aparecer así –A Gregor aún le temblaba el pulso con el miedo que por unos instantes había sentido. Permaneció de pie, sin guardar el cuchillo–. ¿Sabes en qué situación me encuentro? Creía que eras uno de ellos, que finalmente me habían encontrado. Mierda. He estado a punto de matarte. Y podría haberlo hecho sin vacilar de no haber visto tus bragas por el suelo.
¿Salvada por las bragas entonces? –sonrió ella–. Ahora lo recojo –Recogió las distintas prendas que había por el suelo–. No te importa que me haya dado una ducha, ¿verdad? Necesitaba relajarme.
Claro que no –Gregor empleó un tono irónico–. Estás en tu casa.
Ya me parecía que esa no era una cálida manera de dar la bienvenida a una amiga –Edén volvió a arrojarse sobre la cama para desperezarse con un sonoro bostezo–. Debí pensar que reaccionarías así. Y yo tampoco debí bajar la guardia. Culpa mía. Estaba agotada después de tanto viaje.
¿Te importa taparte? –preguntó él, ya más calmado.
Claro –Edén se puso los pantalones vaqueros y el abrigo por encima de la camiseta de manga corta escotada.
¿Cómo diablos has entrado?
Parece que eres tú el que ha olvidado quién soy, después de todo –Edén comentó aquello con cierta sorpresa–. O quién era. Puede que esté algo oxidada pero aún sé algunos trucos. No te preocupes: no es que pretenda pasar las noches aquí… contigo. Sólo he cerrado un rato los ojos esperándote. Me he hecho con mi propia habitación.
¿En esta pensión?
¿Debo entender que me quieres lo más lejos posible? –preguntó ella, divertida.
No quería insinuar eso.
Por supuesto que la he pillado en este mismo antro. Tendremos que estar juntos si vamos a ser compañeros, digo yo. Con un mínimo de distancia. Eres un hombre al fin y al cabo. Largo es tu deseo como prolongado es tu… –Con exagerados gestos de poeta, Edén miró a la entrepierna de Gregor con una sonrisa juguetona– pigmeo.
¡Una poetisa! Eres una verdadera caja de sorpresas, Neville.
Gracias –presumió ella con una jocosa y exagerada reverencia.
Pero dejemos de hablar de mi pigmeo. Eres muy joven para que semejante cacharro esté en tu boca.
Edén se dejó caer de nuevo sobre la cama, desprevenida y muerta de risa.
Bien jugado, galán.
¿Al final has decidido venir? Francamente, no creí que lo harías. Y ha pasado más de media semana desde que nos vimos. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
No lo sé. ¿Tu talante divertido? ¿Tu agradable conversación? –sonrió ella con malicia.
Si eso es una indirecta, la cojo. Ya que estás aquí… me gustaría darte la disculpa que no pude darte en Alaska.
Esperaba una disculpa –Edén cruzó los brazos divertida–. Adelante.
Fui un auténtico gilipollas egoísta por pretender meterte en esta guerra. Que al fin y al cabo, no es la tuya. Tú ya tuviste tus propias batallas. Y las cosas que te dije estuvieron… totalmente de más. Lo siento. La desesperación me cegaba.
Bah… Eso está superado, gilipollas. Disculpas aceptadas.
Ahora en serio. Seguro que no fue mi persuasiva labia lo que te convenció. ¿Qué fue?
En realidad no estoy segura. Tal vez soy una estúpida, pero tenías razón.
¿Sobre qué?
Necesitaba volver. A Calgary. Por otro lado, supongo que te debo una muy gorda por lo que hiciste tan desinteresadamente por mí. Por aquella mocosa tonta y…
¿Y desagradecida?
Y desagradecida –aceptó Edén, sonriente–. Nunca te di las gracias por aquello. Ahora te las doy.
No era necesario, niña. Ahora soy totalmente consciente de la realidad gracias a ti. A lo que hiciste. Tú me abriste los ojos. Estamos en paz.
Y claro que es mi guerra. Si sigo viviendo a su sombra, me volveré completamente loca.
¿Estás decidida a correr el riesgo? Mierda, ahora que estás aquí, lamento aún más haber ido a Alaska.
Calla, viejo chocho –Edén empleó un tono amistoso–. No cargues con esa culpa. Yo lo he decidido. Puede que siga siendo algo irresponsable pero ya soy adulta. Sé cuidarme sola. Quizá ir a Alaska fuese lo mejor que podías haber hecho.
¿En serio?
Al menos para mí. Sin tu aparición, seguramente habría seguido escondiéndome para siempre.
Y eso sí podría haber sido lo mejor para ti.
­–No. De eso nada. Lo que he hecho durante estos catorce años no era vivir.
Gregor abrió la boca como si fuese a soltar otra réplica. Decidió guardársela.
¿Entonces has ido a Calgary? ¿Tu familia te ha visto?
Edén se tomó una pausa para recordar. Como necesitaba hablarlo, liberarse de algún modo, le dio a Gregor la mayor parte de los detalles.
Así que sí. Fui a casa –reconoció para terminar, volviendo al presente tras el largo relato, tumbada en la cama con la mirada fija en el techo–. Y mi familia sigue sin saber nada de “Edén Neville”…
Estás decepcionada –afirmó Gregor.
Claro que sí –Edén se incorporó de golpe, permaneciendo sentada–. Creo que esperaba ver aquello como era antes. Como cuando estaba Evan. Cuando mi prima tenía… Debo de ser una tonta ilusa. Pero ha pasado tanto tiempo sin verles…
No, no eres una tonta. Creo que encontrar mi casa muy distinta después de muchos años también habría sido difícil de asimilar para mí. ¿Piensas volver a Calgary? ¿Algún día?
Sería raro volver a un lugar tan distinto de como lo recuerdo. Y tan… vacío. En parte siento que ni siquiera queda ya mucho para mí allí, que ya no pertenezco a ese lugar. Me sentiría como una intrusa en mi propia casa. Una casa que yo misma mancillé…
No digas tonterías. Tu familia sigue esperándote. Seguro que Amy se alegraría mucho si volvieras. A pesar de… todo lo que pasó.
¿Qué dices? –sonrió Edén–. ¿Después de no haber dado señales de vida en tanto tiempo? Amy se pondría hecha una furia. Seguro que me partiría la cara de un guantazo o más como cuando hacía alguna tontería de cría. Y eran bastantes tonterías…
De eso estoy seguro –bromeó él.
No te pases.
Que un hijo mío al que hubiese dado por muerto durante años reapareciese de repente tampoco me haría saltar de alegría en un primer contacto. Aun así, le recibiría con los brazos abiertos, por supuesto.
Ya. Supongo que Amy también. Pero sí, creo que debería volver. SÉ que debería volver. Pero me cargué nada menos que a los miembros del Consejo. No puedo volver a ese lugar. No mientras este bonito culo pueda ser de los más buscados. Lo que podría ser para siempre, joder. Y después de lo de Evan…
No te desanimes. Por desgracia no puedo prometerte que vayas a librarte de ellos algún día, pero sí que intentaré hacer el mayor daño posible. Y con la ayuda de Edén Neville, estoy convencido de que será mucho daño.
¿Te estás riendo de mí, anciano?
En absoluto. Simplemente creo que serás eficiente.
Eficiente. Sea lo que sea que ocultes tras ese término, gracias por tener alguna confianza en mí.
No oculto nada –sonrió él.
Pero no harás tanto daño.
¿Y eso por qué? –se sorprendió el ex policía.
En cuanto sepas algo de tu nieto o de lo que pasa con los críos desaparecidos, cumplirás tu venganza. Después abandonarás esto.
No hago esto por venganza. O no únicamente. Si fuera así, no te habría pedido ayuda. La venganza no me devolverá a mi hijo ni a mi nieto. Simplemente alguien debe detener toda esta mierda. No tengo intención de parar hasta que lo consiga.
Entonces sigues soñando más de lo que puedes permitirte.
¿Acaso no tienes esperanzas de vencer a esos cabrones? –se extrañó Gregor–. ¿Qué haces aquí entonces?
Edén resopló.
Necesito esto. Necesito hacerles daño, intentar salir de su lista negra de una vez. Si te pareces algo a Evan, estoy segura de que no me fallarás. No mientras estés empeñado en esta lucha. Él me enseñó que un padre hace cualquier cosa por un hijo.
Un gran hombre tu tío –Así reconoció Gregor la verdad en aquello–. Perdón, tu padre.
Además –Edén se levantó de la cama, lista para ir a donde fuera, para hacer lo que fuera–, tengo que asegurarme de que te llevas mis oscuros secretos a la tumba. Algo para lo que no debería faltar mucho, de todos modos.
¡Estamos todos de buen humor! Perfecto. Porque podría venirnos muy bien en los próximos días. Pero si vas a estar llamándome constantemente cosas como viejo terminal…
No –rió ella–. Lo siento. A veces suelto cosas como esa sin pensar. Tendrás que tener mucha paciencia conmigo.
Muchísima. Lo sé desde que nos conocimos.
¿Cuando te dedicabas a perseguirme como un adolescente enamorado? –se burló Edén.
Lo que me recuerda que aún me debes una cartera –añadió Gregor como quien no quiere la cosa, en un tono más bajo de la voz y sonriendo.
¡Uuuuuuy! Ambos vamos a tener que armarnos de paciencia –sonrió también Edén–. Bien, Gregor, te ayudaré. Pero voy a tener que poner alguna norma para que la convivencia funcione.
Soy todo oídos –Ahora cruzó él los brazos.
Necesito tomarme las cosas con la mayor calma posible. Así que, por favor, no te enfades conmigo. No me grites. No me alteres de ningún modo –Agitó el envase de sus anticonvulsivos ante Gregor para darle a entender el motivo–. Y todo debería ir bien.
Eh…
¡¿Ya vas a replicar?!
Ede, ¿qué creías que ibas a hacer aquí? Este trabajo puede ser muy… movidito.
Sólo me llaman Ede mis amigos.
Ah. Perdón.
¡Es broma, Gregy! –Edén borró la fingida severidad para volver a reír.
¿Gregy?
Somos amigos ya. Llámame como quieras. Sé perfectamente que te estoy pidiendo mucho con lo de no enfadarte con Edén Neville. Y que esto no será precisamente un trabajo de oficina. No soy tan estúpida. Pero puede que tenga que dejarte lo más “excitante” para ti, truhán.
Y tu mano. ¿Supone algún…?
No. Me apaño bastante bien con la zurda.
Pues fantástico. El carcamal y la budista. Vaya dos pájaros nos hemos juntado para esto. No creas que mi cuerpo aguanta la misma marcha que hace catorce años, niña. Esos tiempos están ya muy atrás.
Aguantaste la marcha que te di en Alaska, ¿no? –Edén volvió a exteriorizar su malicia–. Aún no estás tan mal.
Por lo menos salí entero, sí… Aunque por poco.
Nos irá bien. No por echar un mal polvo tiene que salir un niño necesariamente mal. ¿Estás conmigo?
Interesante pero certera reflexión, supongo. Aunque no sé si puede aplicarse a esto. Aquí tenemos que tomar muchas precauciones, cariño –Gregor emuló con humor un tono de galán de película, lo que divirtió a Edén.
Muy certero.
¿Quién iba a decirme que acabaría… trabajando contigo? Con aquella mocosa tan… difícil.
Edén rió.
Estoy segura de que usas expresiones más amables de lo que te gustaría para describirme. Habla con libertad. Ya te haré saber con un buen mamporro si te has pasado.
Por eso prefiero evitar tanta libertad.
¡Que te atizo un mamporro, abuelo!
¡Es broma, es broma! –Con una sonrisa, Gregor levantó las manos en señal de rendición–. Ya he probado ese aviso tuyo demasiadas veces.
Sí que parece un chiste de mal gusto que acabemos tú y yo así, ¿eh, Gregy? –Edén rodeó el brazo de Gregor con el suyo–. Con lo poco que nos soportamos tú y yo. A mí, desde luego, nunca se me habría ocurrido buscar tu ayuda si estuviera en tu pellejo. ¿Por qué Surrey, por cierto?
Surrey es sólo un escondite. Algo así cómo mi base de operaciones. Preferí esto antes que acercarme demasiado a Vancouver. Ese es mi auténtico objetivo. Y Surrey está cerca.
¿Qué ocurre en Vancouver?
He descubierto que ellos tienen una gran actividad allí. Sospecho que su auténtico gobierno canadiense puede estar en esa ciudad. Vancouver puede ser el núcleo de todo.
Edén volvió a sentarse en la cama, con aire ausente.
Vancouver…
¿Ocurre algo?
Siempre quise ir a Vancouver. Cuando era pequeña. Hice lo posible por llegar. Muchas… tonterías. Creo que te harás una idea. Nunca lo logré. Ahora que por fin voy a hacerlo…
¿Preferirías no hacerlo? ¿Tienes miedo?
Joder, claro que lo tengo. Tenía la fuerte esperanza de que Vancouver fuese a ser para mí algo así como un renacimiento. El inicio de una nueva y mejor vida. Ahora parece más el final. Nuestra pequeña cruzada podría terminar allí. Y no como esperamos. Si como sospechas ese es su mayor centro de poder, lo único que deseo es correr en dirección opuesta. Volver a Alaska.
Yo también he vivido con miedo durante los últimos meses. No creas que no me gustaría alejarme también. Estar con mi mujer. Tengo más miedo del que me atrevo a reconocer. Pero mi hijo y mi nieto me impiden permitir que ese miedo me detenga. Hago esto por ellos, pero sobre todo por todos los niños que han desaparecido y que aún podrían desaparecer. No puedo volver a casa, seguir viviendo como si nada después de lo que ha pasado. No con todo lo que ahora sé. Tú estás a tiempo de irte si crees que esto es demasiado. Tus deudas están saldadas.
Y una mierda. Yo también tengo una cuenta pendiente con ellos. No pienso volver a huir como una maldita cobarde. Ni me gusta dejar tirado a un amigo que me pide ayuda –Tras eso, Edén recuperó una actitud más jovial, volviendo a levantarse de la cama casi de un salto–. No te preocupes, abuelo cascarrabias. Aunque pienso ayudarte todo lo que pueda, no es que tenga intención de dejar todo el trabajo para los dos solos.
¿Hum?
Necesito que me digas dónde encontrar a alguien que podría sernos muy útil.
A alguien.
No creo que haya mucho problema con eso. Supongo que es otro de tus protegidos.
Sea quien sea, Edén, le pondrás en peligro también.
No necesariamente. No pretendo pedirle que venga con nosotros. Sólo pedirle cierta ayuda.
¿Qué clase de ayuda?
A Edén le divirtió el recelo de Gregor.
No te preocupará que sea también un delincuente o algo así, ¿verdad? ¿Después de buscar mi ayuda y de lo que llevas meses haciendo? Estás actuando al margen de la ley, hombretón. Ya es hora de dejar al Gregor policía atrás. Ahora eres como yo, un villano peligroso y sin escrúpulos.
Oh, no me digas eso… –pidió él, decaído pero con humor.
¡Cállate! –Ella le empujó ofendida pero con humor–. Pero no, el tío del que te hablo no es un delincuente. O al menos no lo era la última vez que le vi. Supongo que tú estarás más al corriente de su vida que yo. Sea como sea, no importa.
¿Entonces sabes cómo pedirle esa ayuda sin hablarle de ellos? Te dije que era lo mejor que nadie más supiera nada.
No creo que me exija una explicación. Nunca lo hizo. Como tampoco creo que me niegue la ayuda, de todos modos. Aunque no nos hayamos visto desde hace tanto tiempo.
Así que era otro buen amigo, ¿eh? Que tampoco ha sabido nada de ti. Que probablemente te da por muerta.
Ojalá hubiera podido mantener el contacto al menos con él sin ponerle en peligro.
Aun así, no me convence nada que metas a otro en esto. El simple hecho de reencontrarte con ese chaval puede ser peligroso. Si le pasa algo, será responsabilidad tuya. Si ellos te reconocen, podrían seguirte hasta él. Podrían haberte seguido en Calgary.
Y asumiré mi cagada si llega a pasar algo. Pero analiza la situación un momento. ¿Con qué armas pretendes llevar a cabo esta empresa?
Sólo con este cuchillo.
Pf… ¿Has llegado hasta aquí sólo con esa porquería de cuchillito?
Es discreto. Discreción es lo que más necesito. Y no me ha ido demasiado mal hasta ahora.
No durarás mucho más. ¿Qué crees que es esto? Vamos a librar una guerra, Gregy. Necesitamos algo mejor. Esta mierda de pensión a las afueras de esta mierda de ciudad ni siquiera es un escondite real. Algún día encontrarás a uno de ellos en tu habitación como me has encontrado a mí. Y no le encontrarás dormido y desarmado. Puede que mueras sin saber siquiera qué cojones ha pasado. Hasta yo podría haber esquivado fácilmente tu cuchillito de no haberme pillado por sorpresa. ¿Y qué coño es esto? –Edén cogió una bolsa de plástico y empezó a sacar su contenido–. Bolsas de patatas fritas, chocolatinas, bebidas energéticas…
¿Has estado cotilleando mis cosas?
Unos calzoncillos sucios y un poco de olor fuerte no iban a asustarme, hombretón –Otra vez la malicia–. No iba a recriminarte algo tan viril y tan… de soltero. En mayores guarradas he metido las manos –La sonrisa de Edén desapareció en ese punto, volviendo a los tiempos en los que trabajaba en el petróleo pero sobre todo a aquellos en los que vivía esclavizada con Drake Rayder, su ahora difunto padre biológico y el hombre al que más había odiado. Después volvió al más alegre presente–. Y necesito saber cómo se maneja mi compañero. ¿Con toda esta mierda es como te has mantenido todos estos meses?
Bueno, es…
Ni hablar. Si voy a tener que confiar en que me cubras las espaldas, voy a necesitarte en buena forma. Ágil, fuerte y bien nutrido. Un tarugo torpe y lento tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir a esto. Ya no tienes la misma figura que hace catorce años. Podías ser hasta atractivo en aquellos tiempos aun para tu avanzada madurez.
¿Podrías dejar mi edad en paz?
Mírate ahora. ¡¿Qué coño es esto?!
¡Niña! –Gregor se quejó cuando Edén le agitó los michelines dolorosamente–. Puede que tengamos que trabajar esas confianzas.
¡Te estás poniendo como un cerdo! Mañana te invitaré a una comida de verdad.
Prefiero no dejarme ver demasiado por restaurantes y esas cosas. Es muy arriesgado. ¿Crees que me mantengo a base porquerías por gusto?
Pues iremos de compras a supermercados y cosas así. Como abuelo y nieta. Nada que llame la atención, creo.
Oye, mi hija no es mucho mayor que tú, ¿sabes? –replicó él con humor–. No soy tan viejo y tú, encanto, tampoco eres ya tan joven y virginal.
Edén sonrió con ojos y boca muy abiertos.
Así que te gusta jugar sucio, Gregy.
No te hagas la tonta. Es lo que hay y lo sabes perfectamente. Aún recuerdo que eras bastante lista a pesar de tus múltiples estupideces.
Aún más sorprendida por la sinceridad de su interlocutor, ella quiso replicar. Probablemente lo habría hecho, enfurecida, de no tratarse de Gregor y de haber encontrado qué decir. Esta vez se vio irremediablemente vencida.
Vale, como padre e hija. Y ahora volvamos a lo del superviviente.
Está bien… –El semblante de Gregor perdió también parte del humor–. Creo que podré decirte dónde encontrarle.
Gracias.
Lo que no sé es si podré seguir ese hilarante humor que has adquirido en los últimos años.
No te pases…
En cuanto a lo de la calma, haré también lo posible por evitar que su Majestad se me desmaye cuando más falta puede hacerme su ayuda.
Edén no sólo no pudo reírle esa broma, sino que adoptó una expresión entre deprimida y hostil. Ni siquiera replicó, perdonándole la revancha al ya hostigado Gregor.

Segundo capítulo aquí.
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